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Los libros

Ver, oír y callar

  • En Mañana sin falta, Justo Vila dibuja un retrato de la década de los sesenta y setenta hasta un presente no menos trágico y convulso
  • El escenario de la novela es Badajoz, donde se sobrevive mediante el oscuro mundo del estraperlo o sometiéndose a las pésimas condiciones de trabajo

Publicada el 26/07/2019 a las 06:00 Actualizada el 25/07/2019 a las 20:05
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Mañana sin falta
Justo Vila

Trifaldi
Madrid

2019

 
  La narrativa de Justo Vila (Helechal, Badajoz, 1954) se nutre de una calculada mezcla de realidad y de fantasía, y se sustenta técnica y temáticamente por un esplendido trabajo previo de documentación. Porque el escritor extremeño demuestra que domina la historia reciente de esta singular región, Extremadura, conoce el territorio y, en algunos de sus escenarios, La Siberia y La Serena, que resultan espacios geográficos reconocibles, ambienta con gran habilidad y certeza sus historias, donde desarrolla una trama bien urdida, al tiempo que hace gala de una asombrosa capacidad para el lenguaje y la expresión textual. Su amplia formación de historiador le ha llevado a ensayar sobre sucesos de la Guerra Civil en su tierra, en títulos como Extremadura: la guerra civil (1983), La guerrilla antifranquista en Extremadura (1986), El movimiento guerrillero de los años cuarenta (1990) y Badajoz, agosto de 1936 (1997), y su vocación viajera a escribir sobre La Serena: El secreto es la luz, La Siberia: La leyenda del agua o Tierra de Barros: Elogio del horizonte.


En 1994 iniciaba una interesante y prometedora obra narrativa cuyo primer título, La agonía del búho chico, cuenta la historia de un grupo de personas que, tras acabar la guerra civil española, abandonan sus pueblos por miedo a las represalias, y se esconden en las sierras extremeñas de La Siberia y de La Serena. Son hombres y mujeres que sueñan con recuperar las libertades arrebatadas por el nuevo régimen, y serán capaces de sobrevivir en condiciones muy precarias, pero continúan en la lucha, con la esperanza de que los aliados intervengan a favor de su causa. Siempre algún día (1998) narra el periodo de la desamortización, que supuso un fracaso desde el punto de vista de una reforma agraria, y que todavía sigue pendiente, protagonizada por gentes que no se resignan, perdedores que luchan por cambiar el mundo. La memoria del gallo (2001), dividida en capítulos independientes, ofrece un relato que muestra mediante una panorámica cómo las gentes de dos pequeñas localidades han sufrido la historia española del siglo XX; Lunas de agosto (2006) es una historia inspirada en hechos reales que han contado personas que vivieron lo acontecido en Badajoz en el año 1936, un relato que rompe algunos tópicos sobre la batalla en esta ciudad, que no fue tomada al asalto sino que hubo militares del regimiento Castilla III y milicianos que la defendieron con uñas y dientes; y acaba de entregar a sus lectores Mañana sin falta (2019), un retrato de la década de los sesenta y setenta hasta un presente no menos trágico y convulso.

El fenómeno de las migraciones marcaría la demografía española de estas décadas, sobre todo las del cincuenta, sesenta y setenta en la geografía interior española. La reconversión, la mecanización y las nuevas oportunidades que ofrecían las ciudades provocó el éxodo rural, y así las migraciones internas desplazaron a más de cuatro millones de personas, mientras casi un millón y medio de españoles emigraron hacia Europa. Ese supuesto crecimiento económico tuvo su reflejo en un profundo cambio social, y España entraba en la llamada sociedad de consumo, se modificaba el modelo familiar, la mujer se incorporaba al trabajo remunerado y la influencia extranjera aumentaba; incluso la Iglesia parecía abrirse a nuevas mentalidades. En lo político, el régimen apenas se modificaba, las pocas reformas eran superficiales y pretendían apuntalar el sistema, no cambiarlo. Los dirigentes franquistas creían que el crecimiento económico permitiría la paz social, mientras la oposición se reorganizaba (PCE, PSOE, Democracia Cristiana) y surgían nuevos sindicatos como CCOO y USO, que preparaban una alternativa democrática.

El escenario de Mañana sin falta es la ciudad extremeña de Badajoz, a donde el protagonista llega cuando la sombra de los tiempos de la posguerra sigue siendo alargada y los visos de la represión y la miseria protagonizan la vida cotidiana, donde se sobrevive mediante el oscuro mundo del estraperlo o sometiéndose a las pésimas condiciones de trabajo, y donde aún perduran las secuelas de ese enfrentamiento civil que marcará a las generaciones posteriores. El joven Dámaso Quintana, que proviene de la inmigración rural, intentará abrirse camino en el paisaje de una España triste y lúgubre: llega a la ciudad, se instala en una modesta pensión, busca trabajo y no tiene expectativas de conseguirlo. Pronto, el narrador Vila nos muestra los personajes variopintos que se relacionan con el joven: doña Olvido, la carismática dueña, y, entre los huéspedes, Javier Polo, funcionario de prisiones franquista, que habla de una España gloriosa que no existe; el campesino Octavio Camacho, de trato amable, se pasa las mañanas a las puertas de la residencia de ancianos para ver a su mujer; Remedios Vargas, la vendedora de tabaco, en cuyo rostro lleva escrita una historia de carencias y amarguras; y no menos curioso el vendedor de libros Pacífico Olegario, o Simbad que se decía capitán de marina, y Candela, la sobrina, encargada de la limpieza y de las compras; y en las primeras jornadas, en su deambular por la ciudad, ejerciendo todo tipo de oficios, conoce a Violeta en una frustrada presentación literaria, y será ella quien lo impulsa a escribir pero sobre todo a sobrevivir.

Por su estructura, la novela avanza y vuelve la vista atrás una y otra vez, el narrador quiere proporcionar al lector un lapso de tiempo suficiente, cuatro decenios, en los que parece que nada ha cambiado: la misma lucha por la supervivencia en aquel Badajoz, que ahora parece repetirse y cuyo futuro deben afrontar sus hijos, las mismas escenas de desvalimiento y sinsentido que vuelven 40 años después. La crónica del momento histórico obligará al joven Quintana a sobrevivir sin trabajo ni medios para pagar la pensión y el sustento diario; desesperado, se verá envuelto en el mundo del contrabando, el famoso estraperlo y, asustado, cruzará peligrosamente la frontera desde Portugal hacia el río Guadiana, escondiéndose entre la maraña de matorrales y espinos de la orilla, aguantando para no ser descubierto. Ese y no otro será su contacto con una realidad inmediata que nunca había soñado vivir, después vendrán otros trabajos, nuevas miserias, y también descubrirá la biblioteca, un magnífico lugar donde hacer tiempo y huir del agua y del frío en invierno. Encontrará también las primeras lecturas, Para curar el cáncer no sirven las libélulas, de Manuel Pacheco, inequívoca referencia literaria, así como evidencias temporales a la política internacional y las manifestaciones contra la guerra del Vietnam, la oposición universitaria ante la Ley de Educación de Villar Palasí, o los estrenos cinematográficos, como Muerte en Venecia o El Padrino.

El autor construye su relato en tres planos que titula “Como un náufrago”, “Mañana sin falta” y “A cántaros”. Ofrece un desorden temporal que, según la narración, saltará hacia delante o hacia atrás, porque la acción se desarrolla a lo largo de más de cuatro décadas. El lector avanza porque Vila ha conseguido agilidad y una amenidad admirable en su relato, pese a los oscuros y sombríos momentos de aquella España de posguerra que el narrador comparará después con la visión de una actualidad no tan alejada de aquellos momentos vividos. Vila cuida su prosa, elige acertadamente su vocabulario para reproducir el mundo del estraperlo de café o los comienzos de la especulación inmobiliaria, retrata de manera magistral a los curas obreros y los periódicos clandestinos y subraya su particular visión de la sociedad actual, donde toman el relevo los problemas en la piel de sus dos hijos, que sufrirán la actual crisis de una España sin expectativas para los jóvenes como él mismo experimentara.

El joven Dámaso ha conseguido, con el paso del tiempo, solo parte de sus sueños, nunca logró embarcarse y viajar a Alaska o a Malasia, y finalmente los anhelos del hijo de un jornalero se verán truncados por la dura realidad de una larga posguerra que, entre otras miserias, marcarán las angustiosas ansias de un hombre que busca su identidad. Solo el poder de la imaginación, como sabremos a lo largo de sus páginas, lo sana y lo confunde: “Sin embargo, a fuerza de acomodar la historia, Dámaso acabaría por no saber distinguir muy bien la parte que era real de la que era inventada, si es que, al final, no eran lo mismo”, afirma el narrador en la página 74. Pero el protagonista se ha casado con Candela, que tiene sueños premonitorios, y ha tenido dos hijos con ella, Andrés y Esther, y pese a estar instaurada la democracia durante tantos años, Dámaso, destacado luchador antifranquista, ahora verá cómo su hijo empieza a simpatizar con la extrema derecha; su hija Esther oposita a convertirse en profesora, aunque sin suerte, y es amante de un hombre casado, director de una academia. La sombra y el recuerdo de Violeta vuelve, muchos años después, en forma de whatsapp. Y ahora, cuatro decenios después de que Dámaso llegara a la ciudad, tras una vida plagada de lucha y de privaciones, aunque algún que otro éxito también, se encuentra de nuevo en la casilla de salida, y el protagonista de Mañana sin falta en un espectacular guiño del destino, tomará al borde de la jubilación, una decisión trascendental: realizar un golpe de efecto en la biblioteca donde trabaja en estos últimos años, y emprender el viaje de su vida.

Justo Vila ofrece en Mañana sin falta una aguda reflexión crítica sobre la sociedad española, sigue las pautas narrativas de una presentación formal radicalmente novedosa, porque los acontecimientos descritos, tan sarcásticos como mordaces, resultan de algún modo innovadores, alterna objetividad y subjetividad narrativa, voces que apelan a la complicidad de los lectores, utiliza un léxico rico, lleno expresividad fática. La angustia existencial y la incertidumbre forman parte del eje temático de esta novela, tan realista como crítica, tan irónica en su parte final, y ejemplo de ese ambiente provinciano tan característico en la mejor narrativa española de los últimos decenios.
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Pedro M. Domene es escritor.

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1 Comentarios
  • pantera pantera 18/08/19 11:24

    Muy buena propuesta de lectura. Lo voy a proponer en mi Club de Lectura. Gracias

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