Muros sin Fronteras

Con palestinos o sin ellos

Oriente Próximo en general, y Palestina-Israel en particular, parecen territorios condenados a la desesperanza por alguna misteriosa maldición; es como si todos los actores, principales o secundarios, se hallaran atrapados en una rueda de violencia de la que no saben, no pueden o no quieren salir.

Las tres religiones del Libro (Judaísmo, Cristianismo e Islam) no aportan cordura en nombre de sus dioses, que en el fondo son el mismo dios, sino que son utilizadas por los hombres como almacén inagotable de gasolina para que el incendio no cese. Sin líderes locales sensatos ni divinidades apaciguadoras, solo se puede confiar en las llamadas potencias extranjeras, sobre todo EEUU y la UE que por razones distintas se mantienen atrapadas en una parálisis inexplicable.

La primera, por motivos político-militares: Israel es un portaaviones occidental en medio de un mundo convulso y con mucho petróleo; la segunda, por una mala memoria histórica, aún anda penando su responsabilidad en el Holocausto. En el caso estadounidense influye el lobby judío. Pese a ello, las relaciones entre Netanyahu y Obama se encuentran en su punto más bajo. No hay química ni respeto político mutuo. Obama piensa como Clinton, que el israelí es la peor persona con la que ha tratado, y el primer ministro judío considera que el presidente es un inútil peligroso.

La matanza de cuatro rabinos y un policía en una sinagoga en Jerusalén Oeste se produce en un mal momento para los palestinos, cuando en la UE se han puesto en marcha los motores para reconocer un Estado Palestino en las fronteras de 1967, las legalmente reconocidas por la ONU. Pese a que es un brindis al sol, como lo es la declaración del martes de las Cortes españolas, el retorno a esas fronteras es imposible. Una cadena de reconocimientos solo representa una advertencia a Israel de que la paciencia internacional no es infinita, lo que dadas las circunstancias parece casi revolucionario.

Esta coincidencia es casual, como lo fue la muerte de los tres jóvenes colonos de Hebrón que sirvieron de excusa para la operación militar en Gaza. Entonces, la muerte de los jóvenes colonos llegó en otro mal momento para las autoridades palestinas, justo cuando habían logrado limar años de asperezas y guerra civil con Hamás y formado un Gobierno de unidad. 

No relaciono estos hechos de una manera torticera, ni planteo la posibilidad de una teoría de la conspiración que adjudique a la mano negra estos ataques. En ambos casos son extremistas palestinos los que mataron a los jóvenes colonos y los que han asesinado a cuatro rabinos, tres estadounidenses y uno británico, y a un policía. Los radicales no suelen moverse con inteligencia ni estrategia.

Tras este atentado contra civiles, el Gobierno de Benjamín Netanyahu ha prometido una respuesta contundente más allá de la muerte a tiros de los dos atacantes. ¿Está pensando en Gaza otra vez? ¿En anexionarse todo Jerusalén y expulsar a los palestinos de la ciudad?

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No necesita grandes alharacas porque de hecho ya está anexionada y los palestinos se ven obligados a dejar sus casas ante un clima político que los asfixia. Hamás, que tampoco brilla por su inteligencia, ha felicitado a las familias de los 'mártires', que así están las cosas en la guerra del lenguaje, que es paralela a la guerra de la tierra y los dioses. Es un conflicto que parte de 1948, o quizá de un poco antes, del mandado británico tras el hundimiento del imperio otomano, y que tiene todos los visos de seguir otros 67 años.

Benjamín Netanyahu sí tiene una estrategia: adelantar las elecciones y ganarlas. Al cerrar por 24 horas la Explanada de las mezquitas hace unas semanas sabía que ponía en marcha una dinámica que podía acabar en una tercera intifada, o en una guerra de religión, pero también sabía que ponía en marcha al electorado más conservador. Una eventual guerra de religión sería peligrosa para Israel, pero sus gobiernos no parecen mirar el largo plazo, se mueven en un cortoplacismo inquietante. Se echa de menos a Ariel Sharon, que supo salir de Gaza, y quizá lo hubiera hecho también de Cisjordania.

Estamos ante dos opciones para acabar con la violencia permanente, con la crisis enquistada, dice Juan Cole, en su siempre imprescindible Informed Comment: la solución de los dos Estados con capital compartida en Jerusalén, más simbólica que otra cosa para los palestinos, o la solución de un Estado. Un Estado es lo que tienen Netanyahu, y el movimiento colono y ultrarreligioso que le sostiene, en la cabeza. Esta segunda posibilidad tiene a su vez dos variaciones: con palestinos o sin ellos. No hace falta ser muy inteligente para saber qué es lo que se busca al final de este largo camino de ocupación consentida.

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