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Plaza Pública

Soluciones digitales ilimitadas

Publicada el 12/07/2020 a las 06:00

Ya antes del tsunami sanitario, social y económico derivado de la pandemia de este coronavirus las conocidas como GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft) se habían hecho con la hegemonía empresarial global en esta parte del mundo. Su auténtico poder radica en al control cuasi monopólico del software (Android, Windows, iOS), del big data y de los vertiginosos desarrollos de inteligencia artificial.

De estas tecnologías dependen hoy las finanzas, la logística, la defensa, los sistemas energéticos, las manufacturas y, como aquí veremos, cada vez más servicios a escala global. Con intensos flujos aéreos, navales y de cadenas de producción que no son ajenos a una transmisión casi instantánea de lo bueno y lo malo (como una pandemia sanitaria… fiscal, ambiental, laboral o social).

Prescindo de una hipótesis conspiratoria. Me es suficiente tomar nota aquí de cómo esta maquinaria, ya hegemónica, ha pillado al vuelo en esta pandemia global una oportunidad de oro (shock disruptivo) para ocupar espacios que se le venían resistiendo en mayor o menor medida. Y la están aprovechando a tope con el concurso de los muchos gobernantes y consumidores que compran su solucionismo digital sin pestañear. Revisemos brevemente algunos ejemplos.

Los servicios educativos presentaban para las GAFAM y sus satélites una doble dificultad: su carácter en buena medida público y su naturaleza presencial, humana, directa. Para lo primero ya contaban con la corrosión de la enseñanza concertada y privada, pero es para lo segundo que la pandemia está siendo una oportunidad de oro. Para vender la tele docencia online, su software y sus aparatos. Con un potencial centralizador y monopolizador ilimitado.

Porque si en una primera fase lo asumiesen los docentes (en vez abordar un excepcional refuerzo de las plantillas junto a una reorganización radical de los espacios, turnos y calendarios educativos que anclen al máximo lo presencial como irrenunciable), poco a poco las economías a escala de la teledocencia harán que casi todo aprendizaje acabe siendo negocio privado con muy poco empleo… aunque pagado por el Estado.

Y así, con la excusa de la distancia social, profundizaremos la incomunicación social. Y de una diversidad humana de maestros y profesores pasaremos a una uniforme IA con manuales de instrucciones estándar para todo. De lo oral-impreso a lo visual-digital.

En los servicios sanitarios a las dos dificultades anteriores hay que sumar las muy sensibles de privacidad de los datos (historiales médicos por ejemplo). También aquí las GAFAM y sus criaturas privativas han venteado oportunidades para que el Estado les abra una brecha creciente de negocio. Para rastrear los contactos personales, para cubrir consultas online, muy pronto para incorporar (en el entorno 5G) sensores e IA con servicios sanitarios a domicilio. Y así, poco a poco, irán accediendo al big data sanitario de un país. Todo ello en detrimento de una sanidad pública universal basada en la atención personal igualitaria. Privatizando prestaciones y con cada vez menos empleo.

En los servicios de dependencia o para tercera edad, más de lo mismo. Y aunque ha sido una gestión privada especulativa y temeraria de las residencias lo que ha explotado como una bomba criminal con la pandemia, va a resultar ahora que serán empresas privadas las que nos ofrecerán la alternativa: tele asistencia online y software para supervisar/tutelar a los mayores. Sin embargo, la alternativa a todo esto es de manual: una red capaz de ayuda domiciliaria personalizada y residencias con –mucho más- empleo público digno. Ese empleo que tanto escasea en otros sectores cada vez más automatizados.

En los servicios comerciales tratan de arrinconar las ofertas físicas y de proximidad. El comercio online ya venía creciendo en España a tasas de casi el 30 % en 2018 (mientras el comercio en tiendas físicas lo hacía escasamente). Y lo venía haciendo en no pocas especialidades comerciales (ver aquí). Todo lo asociado al turismo (agencias, transporte, hoteles) va en cabeza junto al grupo “otros” (Amazon o Alibaba, que crecen a tasas del 40% anual). Pero también se dispara en ropa, juegos, ocios, deportes, marketing, publicidad, grandes almacenes o hipermercados. Será así que, con el control de una red difusa de distribución y transporte, como mucho sobrevivirán apenas peluquerías, estancos y farmacias en nuestras calles.

Toda una galopante dependencia, nada resiliente, de las GAFAM y sus criaturas. De nuevo con muy poco empleo directo y con proveedores deslocalizados. Que cuando se conozcan los datos de este 2020 nos dejarán con la boca abierta. Un ejemplo de manual de la inconsciencia de millones de trabajadores cuando actuamos como consumidores.

Con estas premisas poco tiempo de vida les queda a los actuales servicios financieros. Para empezar porque la ventaja competitiva de una red física basada en la atención personal la están laminando ellos solitos hacia la relación online. Y, hecho esto, lo que pueda ofrecer la banca tradicional frente a las criaturas de las GAFAM tiene los días contados. Ya están en ello y los banqueros lo saben. Amazon puede vender, financiar, hacer producir y colocar en tu casa todo lo que necesites. Incluso sabe, antes que tú, lo que necesitas. Las peluquerías puede que resistan, pero oficinas bancarias cada vez menos.

Podríamos seguir razonando igual con servicios de seguridad, con realización de actos sociales virtuales, con evitar el soporte papel,… todos ellos ejemplos de cómo la pandemia les está permitiendo vender presuntas alternativas más seguras. Y, como no, más rentables para su alternativa privativa y automatizada.

Lo que supone dar por sentado que la seguridad para nuestra salud frente a una pandemia, en todos los casos anteriores, no se puede ni debe conseguir con más y mejor precaución y organización social colectiva: educativa, sanitaria, geriátrica, comercial, turística o financiera. Con más recursos y empleo humano directo, con medidas físicas de protección.

Conclusión

Depender cada vez más de la digitalización y de pantallas no solo lamina las oportunidades de empleo y de atención personalizada, sino que pone a huevo hacer mutar empleos bajo convenio laboral en falsos autónomos o colaboradores. Pues si ya fue posible hacerlo con miles de chóferes con furgoneta y un móvil (Ken Loach, 2019), imagínense lo que puede hacerse con millones de trabajadoras con una mesa, en una habitación de casa y una conexión a internet.

Y así lo que tendría que caminar hacia una reducción de jornada laboral rotunda y generalizada, se transformará en una ampliación difusa de unos servicios online que no se sabe cuando empiezan y cuando acaban. Y al que se resista y se ponga estrecho se le recordará que “la digitalización es global”, (Garamendi dixit) con lo que a la inicial desalarización y externalización del teletrabajo se le añadirá una deslocalización galopante.

Siendo así que, además, se trata de una apuesta de extrema fragilidad e incertidumbre social. Porque hoy, por ejemplo, una sola empresa controla la mitad del tráfico de internet de España. Algo que sumado al control de las GAFAM (Google, Facebook, Amazon o Netflix tienen sus contenidos guardados ahí) nos ayuda a explicar por qué en el horizonte del 5G, la IA y el big data, el gobierno chino ha tomado la enigmática decisión de erradicar el hardware y software occidental en todos sus organismos públicos antes de 2022. Levantando un telón de precaución ahora no de acero, pero sí digital.

Por todo lo que antecede el solucionismo digital, cuando resolvemos cada vez más cosas de nuestras vidas en las pantallas, podría acabar siendo una apuesta de aún mayor riesgo social que el derivado de la no precaución frente a una pandemia biológica.

No ya porque, como suponen con acierto en China, la seguridad militar y de aprovisionamientos estratégicos la ponemos en manos de una plutocracia (GAFAM) foránea y lejana sino porque, al así hacerlo, tiramos por el fregadero el capital social que nos permitió avanzar hacia una sociedad decente. En palabras de dos de sus máximos gurús: “... se puede usar la tecnología digital para poner patas arriba las sociedades e incluso hacerlas trizas” (Eric Schmidt y Jared Cohen). Moscas: ¡sí, se puede¡. Recomiendo tomar buena nota de este aviso lapidario y, en justa correspondencia, actuar con esta tropa mucho más enérgicamente que con la entrañable tasa Google.

Acabo. España en suma, como parte activa de una estrategia compartida en la Unión Europea, debiera navegar con rumbo propio lejos tanto de las dos trincheras digitales del Pacífico (Google o Baidu), como de un hipercapitalismo depredador del Estado de Bienestar que ambas trincheras comparten. Para ser cada vez más, y no menos, resilientes, soberanos e inclusivos.

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Albino Prada es investigador de ECOBAS, autor del ensayo “Crítica del hipercapitalismo digital” (2019), acaba de publicar “Caminos de incertidumbre. Tecnologías y sociedad” ambos en Los libros de la Catarata.

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8 Comentarios
  • W. SMITH W. SMITH 18/07/20 12:34

    APROVECHANDO LA OPORTUNIDAD: Mientras las economías del mundo se desploman a tasas superiores al 10% en la primera mitad del año 2020 a causa de la pandemia del covid-19,
    el fondo de inversión Blackrock

    … anota crecimientos de sus beneficios superiores al 20% : https://www.europapress.es/economia/finanzas-00340/noticia-blackrock-amplia-21-beneficios-patrimonio-gestionado-recupera-casi-todo-valor-previo-covid-20200717142704.html
    Este fondo de inversión participa en la mayoría de las grandes empresas
    del negocio digital a escala global

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  • Dver Dver 12/07/20 20:37

    El problema es que hasta que a uno no le dan un buen sopapo físico no sabe lo que es, por mucho que lo vea en el cine o se lo expliquen. Por lo tanto, lo que el artículista predice yo creo que sucederá. La clave, entonces, será encontrar consumidores, porque si no se reparte el dinero, no hay consumo posible. Esperpenticemos. Alguién privado consigue construir una gran máquina que lo produce todo, lo material y lo inmaterial, los bienes básicos, los de confort y los servicios. Solo hace falta darle a un botón para que salga el producto o servicio deseado. El problema será como cobrar ese producto o servicio si nadie tiene renta. La máquina solo le servirá a su propietario para rascarse los cojones. Naci en los cuarenta del siglo pasado, he jugado al futbol con pelotas de todo tipo, hasta de papel, he ido en bicicleta, nadado en ríos y acequias y subido a los árboles para comer fruta; y alguna vez me he descalabrado. He olido el campo, tocado la tierra, oído el canto de los pájaros y los ladridos de los perros, he visto a burros montar a las burras, y saboreado los melones a la luz de la luna. Entiendo que la historia cambia las sociedades y sus relaciones, pero dudo de que los cinco sentidos que tenemos se vayan tan deprisa por el sumidero de una digitalización que nos los atrofie. Otra cosa es cómo harán los gobiernos para sacar la pasta (impuestos) y mantener una sociedad que pretende ser civilizada con tales tecnologías. Ahí está la clave. Quién y como y a quién le cobraran los impuestos para repartir la renta. Porque si la gente no tiene dinero, desde luego, esas tecnologías no sirven de nada, porque nadie podrá pagar su utilidades.

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  • jorgeplaza jorgeplaza 12/07/20 13:30

    Todas estas consideraciones voluntaristas se olvidan de un factor decisivo: el coste. Los primeros que han facilitado la apabullante hegemonía de las "tecnológicas" son los ciudadanos. En el sector de la prensa se ve muy claro: Se dejaron de comprar periódicos de papel pero ni siquiera se quiso pagar un precio menor por el contenido de los digitales. Esa afición desmedida e irresponsable al "todo gratis" forzó a las empresas periodísticas a fiarlo todo a la publicidad que, de todas formas, también ha terminado casi monopolizada por Google y compañía. Luego nos quejamos de que los periódicos se arruinen y terminen dependiendo no solo en lo económico de sus financiadores, cuando lo que ha pasado es una consecuencia inevitable y fácilmente previsible de la actitud de los ciudadanos, sobre todo de los más jóvenes.

    Lo mismo puede que termine pasando en el trabajo en general y la enseñanza en particular, sobre todo en los niveles superiores. Conozco a varios físicos de alto nivel, algunos amigos personales, que son muy reputados investigadores pero detestan la enseñanza. No le van a poner pegas a los cursos enlatados. Eso desde el lado de los docentes. Desde el de sus empleadores, tampoco se los van a poner Harvard o el MIT si el beneficio por curso impartido telemáticamente es mayor que el de un curso tradicional. Ni el Estado, quebrado durante muchos años como va a estar inevitablemente, se los va poner en España sea cual sea el Gobierno de turno.

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    • W. SMITH W. SMITH 12/07/20 13:58

      ¿Voluntarismo?: cierto. Lo barato nos puede salir muy caro ... por eso no confundir valor y precio. Y distinguir coste privado (del bolsillo) y coste colectivo (empleo, ingresos fiscales, autonomía, resiliencia, ...). Y verlo no solo como consumidor, también como productor.
      No solo como usuario. Muy oportuna su referencia a como Google gestiona y controla cada vez una parte mayor del mercado publicitario de los medios de información digitales y no solo. Y si comen mucho de su mano amiga ... big brother.

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  • Ayla* Ayla* 12/07/20 09:19

    Totalmente de acuerdo.
    Dependencia total de las GAFAM e inconsciencia general de dónde estamos metidos.
    Hay muchos aspectos en los que ya hemos ido entrando y veo difícil marcha atrás, en nuestra mano está bajar al pequeño comercio en vez de pedir online, no permitir la educación online, ni la sanidad y sobre todo, que no quiten el dinero en efectivo.
    No somos conscientes que estamos dejando en manos de unos pocos la posibilidad de parar el mundo (tecnológicas y eléctricas).
    Si un día deciden cortar la energía o parar servidores no se podrá hacer nada.

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    • jorgeplaza jorgeplaza 12/07/20 13:02

      Pero la eliminación del dinero de papel tendría otras ventajas: sería mucho más fácil, por ejemplo, rastrear el fraude fiscal, la evasión de impuestos o el dinero procedente de ciertas actividades delictivas como el tráfico de drogas.

      Por otro lado, si la población mundial está tan amedrentada como lo está en España, que es la que conozco de primera mano, va a aceptar encantada que la "protejan" con el teletrabajo, la reclusión o lo que sea. Creo que los ganadores con la COVID son ciertamente las grandes empresas "tecnológicas" (*), a las que el propio conformismo y sumisión de nuestra sociedad les está facilitando enormemente el dominio mundial a las empresas "tecnológicas". Los otros ganadores son los ecologistas: se está consumiendo mucho menos crudo y emitiendo menos CO2 a la atmósfera porque la paralización de la economía en general y de los viajes, el turismo y el transporte en particular hacen que la demanda haya bajado drásticamente. No parece que a nadie le importe mucho que esa mejora de ciertos parámetros ambientales sea a costa de la ruina del país y la estrechez o incluso la miseria para muchos españoles.

      (*) Tecnología solía significar algo distinto y mucho más concreto que tratamiento de datos o modernas técnicas informáticas. Antes se refería a cómo se trataban los materiales y se fabricaban cosas (4. f. Conjunto de los instrumentos y procedimientos industriales de un determinado sector o producto). Es muy significativo el desplazamiento contemporáneo del significado.

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      • Ayla* Ayla* 12/07/20 18:24

        Rastrear el fraude fiscal, la economía sumergida...
        Cuando apuesten por eliminar los paraísos fiscales (Irlanda, Luxemburgo, te suenan?), Los mil subterfugios para que el capital pague sus impuestos... Entonces me creeré que se quiere acabar con el fraude fiscal.
        Mientras tanto, quiero poder comprar una barra de pan sin que sepan dónde, a qué hora y sin que el panadero tenga que pagar una comisión al banco porque pago con tarjeta.

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  • Canija Canija 12/07/20 08:19

    Es un artículo demoledor y creo que los sindicatos y ciudadanos en general estamos lejos de entender lo que se nos viene encima y, por tanto, no nos estamos preparando para luchar contra ello

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