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Elegir bien

Esta semana un par de amigas me contaban que ya habían formalizado todos los trámites de la primera matrícula universitaria de sus hijos. Papeles, pagos y la ilusión de que la etapa que están a punto de empezar, la más determinante en su vida como estudiantes, arranque con buen pie. Saben que cuando acaben se toparán con la realidad, habrá que buscar trabajo y entonces llegará el momento de la verdad: saber si la carrera que han elegido les abre o no las puertas del mercado laboral.

Demasiadas veces he escuchado en los últimos meses eso de “¿pero esta carrera tiene salidas?”. Y se te cae el alma a los pies cuando alguien que está mirando el mundo buscando su vocación lo haga con esa mirada tan corta, limitándose a las salidas laborales que tiene. Nos pasó a nosotros, bien los sabemos aquellos que decidimos estudiar Periodismo. Se nos hizo bola cuando lo dijimos en casa, al menos a mí: era la carrera del paro, de la mochila y el bocadillo como decían algunos, de acabar trabajando en todo menos en esto. Pero el gusanillo de contar lo que pasaba en el mundo estaba ahí y aunque sabías que iba a ser difícil, querías intentarlo.

Pero ahora lo de la vocación se aparca por pura necesidad y pesa más el dato de la empleabilidad de cada profesión. Las crisis es lo que tienen, que lo condicionan todo dependiendo de en qué época vital te pillan. Si has crecido escuchando que los jóvenes tienen trabajos precarios, que muchos tienen que salir fuera porque aquí no tienen salidas, se te desarrolla un nuevo instinto, de supervivencia nata, de aprovechar y exprimir cada oportunidad, de no perderse en preámbulos y de ir al grano. Y eso, que está muy bien, que te ayuda mucho en determinadas situaciones, tiene un gran pero: que te desnuda de cualquier motivación puramente emocional y te hace pensar con cabeza fría. Hay pocas oportunidades y, las que se ofrecen, hay que aprovecharlas.

Y lo triste es que a los que piensan y eligen su futuro universitario con ese criterio los informes les dan la razón. Esta semana sabíamos que casi tres de cada diez universitarios no encuentran trabajo cuatro años después de haber terminado la carrera. Que sus estudios universitarios no les abren esas puertas que ellos buscaron empujar con ahínco mientras pasaban horas estudiando. Somos el país europeo donde más universitarios tenemos empleados en puestos de baja cualificación y no es por una cuestión de preparación, sino de oportunidades.

Y como siempre, las peor paradas, ellas. Ellas consiguen peores empleos, y peor pagados. El informe desvela que aunque, de media, terminan su carrera con mejor nota que ellos, al cabo de los cuatro años ellas tienen peores condiciones laborales que sus compañeros de clase. Esto es lo que hay y desgraciadamente lo saben. Así que cuesta empujarles a buscar aquello que les motiva, aquello que les apasiona, aunque sepas que lo van a tener muy crudo, aunque sepas que su camino va a ser un Tourmalet interminable. Pero la vida es siempre complicada, cierto, escojas el camino que escojas. Y las ganas y la ilusión por aquello que te apasiona a veces se pierden por el camino, cierto. Y tienes que hacer el esfuerzo de pararte y volver a encontrarlas. Incluso cuando nadie te da la oportunidad de demostrar lo que vales, incluso cuando las puertas se cierran una y otra vez.

El informe del Ministerio demostraba que la preparación y el talento de nuestros universitarios son altos, igual que el del resto de universitarios europeos. Así que ahí no está el problema: el problema está en la dinámica de nuestro tejido empresarial. La mayoría de las empresas no pueden invertir en investigación y desarrollo y eso limita las ofertas laborales que pueden realizar. Quienes más preparados salen de la universidad menos salidas laborales tienen.

Por tanto revertir esas cifras de empleo en universitarios es necesario abordar el problema desde varios frentes, hace falta implicar a las empresas, y a un mercado laboral que cada vez se convierte en un mayor embudo.

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