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VERSO LIBRE

La autoridad del mal

Leo En la orilla (Anagrama, 2013), la última novela de Rafael Chirbes. La imagen de un pantano en el que la naturaleza se resuelve en fango, podredumbre y corrupción, me hace pensar en la autoridad del mal, en el absolutismo del mal.

Rafael Chirbes es uno de los novelistas más importantes y convincentes de la literatura española contemporánea. Obras como La buena letra (1992) o como Crematorio (2007), hacen que la narración entre y salga de la historia colectiva, de la intimidad de los personajes, de la conciencia del lector, para trazar el examen minucioso de un país amargo que perdió una guerra, soportó la insolencia de los vencedores, empezó a soñar de nuevo y vio cómo los sueños se corrompían por culpa de la avaricia y la frivolidad. El compromiso de la esperanza dio paso al tiempo de la deslealtad.

El monólogo y la tercera persona, lo que agita por dentro a los personajes y lo que se ve en las calles, en los hoteles, en los restaurantes, en los periódicos, en los cuerpos, sirven para desvelar los entresijos comunicantes entre el pasado y la actualidad. Para ejemplificar el significado venenoso del éxito, la ambición que ha devorado la vida española, nada mejor que el viaje del joven revolucionario, ya sea en una organización comunista o en la parroquia de los ideales cristianos, que se acomoda después a la política pragmática del PSOE para acabar navegando en el lujo, la falta de escrúpulos y la corrupción inmobiliaria.

Por mucho que el Vaticano ponga ahora en duda su existencia, no es imaginable un mundo sin demonios. El preferido de Rafael Chirbes es Felipe González. El mío también.

La narración de En la orilla da un paso más, como la historia de España. Ya no cuenta el paso de la dignidad al lujo y a la corrupción, sino las consecuencias finales del proceso. El padre del protagonista, viejo militante que perdió la guerra y quiso mantener sus ideales, entró en la amargura al sentirse extraño, habitante de otro planeta, en medio de un festín que le resultaba ajeno. El protagonista se ratifica en la amargura heredada al comprobar que su ambición, su participación en el festín, desemboca en la quiebra del negocio familiar. Ahí está la crisis, es decir, ahí están las tentaciones especulativas, la falta de escrúpulos a la hora de explotar a los demás y el deseo del enriquecimiento fácil que desembocan en el paro, los desahucios y la miseria.

Pese al título, Rafael Chirbes intenta no actuar de moralista, no se queda en la orilla, se mete dentro de la descomposición pantanosa. Hace un diagnóstico. Y su diagnóstico no deja ningún hueco para escapar a la desolación: “la seguridad de que no hay ser humano que no merezca ser tratado como culpable”, confiesa el protagonista. Eva le echó mano a la serpiente creyendo que era un collar de esmeraldas.

Desde este punto de vista hay poco espacio para los buenos recuerdos. Todo se analiza desde la perspectiva de la degradación. El cuerpo es enfermedad y agonía, el sexo una llamada a la suciedad, la amistad un vertedero, el amor una máscara de esa suciedad mezclada con intereses económicos, el pasado un cementerio de banderas muertas y el futuro una intuición de miserias, nuevas traiciones y mezquindades.

Confieso mi admiración por Rafael Chirbes. Confieso que comparto su demonio principal. Confieso que no estoy de acuerdo con el diagnóstico que ofrece En la orilla. ¿Se trata sólo de la experiencia concreta del personaje? Es inevitable que las experiencias personales adquieran en una narración el tono de una filosofía general. La lucha por la vida que se convierte en el absolutismo del mal nos devuelve al pecado original, al todos somos culpables, al no existe espacio ni para la bondad concreta ni para una ilusión colectiva.

Las novelas de Rafael Chirbes me han servido en muchas ocasiones para defenderme de una realidad hostil. Ahora es la realidad hostil la que me defiende del absolutismo del mal que domina la última novela de Chirbes. Con una oligarquía financiera y un Partido Popular empeñados en convencernos de que las víctimas son los culpables, yo no puedo asumir el absolutismo del mal o la democratización del pecado. La crisis no se debe a que la gente haya vivido por encima de sus posibilidades. Cada cual tiene su debilidad, pero la responsabilidad de esta dañina filosofía de vida tiene rostros políticos y económicos muy concretos. La generalización del mal supone la absolución de los culpables. Convine vigilar los laberintos del nihilismo, porque suelen conducirnos a la complicidad con el enemigo.

Y, además, estoy enamorado. Y, además, la vida me sigue proporcionando placeres nobles. Uno de ellos es la lectura de los libros de Rafael Chirbes.

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