Buzón de Voz

La reconstrucción de España y la disyuntiva de Casado

Jesús Maraña

Por enorme que sea la distancia ideológica o partidista entre derechas e izquierdas, debería resultar obvia la necesidad de llegar a acuerdos básicos en esa nonata Mesa de Reconstrucción Económica y Social del país cuya incierta andadura se ha iniciado este jueves con los primeros contactos entre el Gobierno y los grupos parlamentarios. ¿Debería Pedro Sánchez haber actuado de otro modo a la hora de compartir decisiones clave en la gestión del estado de alarma? Probablemente. Pero no nos engañemos: el consenso político imprescindible para salir de la crisis más compleja que hemos afrontado en España las generaciones (todavía) vivas depende fundamental y casi exclusivamente de Pablo Casado. Y para ello el líder de la derecha tendría que asumir y romper definitivamente con el pecado original que persigue obsesivamente a su formación. Me explico (o al menos lo intento).

Es una lástima que la absurda (y peligrosa) formulación de la pregunta sobre los bulos y las “fuentes oficiales” sirva para ignorar o despreciar lo que más importa del barómetro especial del CIS (ver aquí) conocido el miércoles: nueve de cada diez ciudadanos y ciudadanas defienden la adopción de “grandes acuerdos” que ayuden a mitigar el impacto económico y laboral del covid y un “cierre de filas” en apoyo del Gobierno que deje las críticas para más adelante. Es lo que opina no sólo el electorado que se autocalifica como progresista sino que un 74% de los votantes del PP, un 68,7% de los de Vox y un 81,5% de los de Ciudadanos se pronuncian también en la misma línea. ¿Alguien recuerda alguna medida de cualquier gobierno sobre cualquier asunto grave que contara con un 97,3% de apoyo? Pues ese es el porcentaje de quienes consideran “muy necesarias” o “necesarias” las medidas tomadas por el Ejecutivo frente a la pandemia (ver aquí).

Antes y después de conocerse la encuesta, Pablo Casado y su equipo han mantenido en sede parlamentaria y fuera de ella la misma estrategia que vienen desarrollando desde el minuto uno de esta crisis. Sostienen que el Gobierno no sólo es “ineficaz” e “incompetente” sino sobre todo que “miente y engaña” permanentemente sobre todos los datos de la pandemia: las cifras de contagios, de fallecidos, de mascarillas distribuidas y de respiradores entregados a hospitales. Poco importa que una acusación tan grave no se respalde con datos concretos (ver aquí), o que sea como mínimo sorprendente que el PP señale al Gobierno como responsable del aún desconocido alcance del desastre en la gestión de lo ocurrido en las residencias de mayores que dependen directamente de administraciones en manos del PP (ver aquí). Cada intervención de un portavoz del PP, cada mensaje en las redes de su potente batería mediática, remacha sin cesar en el mismo clavo: “Sánchez miente”.

Si repasamos la estrategia del Partido Popular en los momentos políticos clave de las últimas dos décadas comprobaremos que ha venido permanentemente condicionada por la derrota electoral de marzo de 2004, cuando perdió la mayoría absoluta y el poder tras empeñarse José María Aznar, con la colaboración de su sucesor designado, Mariano Rajoy, en señalar a ETA como autora de los atentados del 11-M pese a las evidencias (reconfirmadas más tarde por el Tribunal Supremo) de su origen yihadista. Precisamente en los meses anteriores a aquella fecha, todas las encuestas fiables reflejaban un consenso también abrumador de la ciudadanía en contra de la guerra de Irak y del apoyo de Aznar a los planes de Bush. Durante años, tanto el propio Aznar como el sector aguirrista del PP, así como medios de comunicación, analistas y tertulianos afines han seguido aferrados a las tesis conspiranóicas y a los bulos fabricados para justificar la injustificable gestión del mayor ataque terrorista sufrido hasta entonces en Europa. De los conocidos como líderes del trío de las Azores, Aznar es el único que todavía no ha admitido que la intervención en Irak fue un error y que las “armas de destrucción masiva” fueron un invento.

Entre 2004 y 2011, y pese a los tímidos intentos de Rajoy de alejarse del aznarismo, el PP aplicó exactamente la misma estrategia ante cuestiones tan trascendentes y transversales como el proceso de negociación para acabar con ETA o la reforma del Estatut de Cataluña acordada para frenar el auge independentista. Con una tozudez más acorde con el afán de venganza que con una mínima responsabilidad de Estado, todos los mensajes se resumían en “Zapatero miente”, “España se rompe”, “Usted traiciona a los muertos”, “Ya han negociado la venta de Navarra al País Vasco”… y por ahí sin freno ni pudor hasta enlazar con los “pactos secretos” que llevaron a Sánchez al Gobierno tras la moción de censura y a la “ilegitimidad” del actual Ejecutivo por formar una coalición con Unidas Podemos que en campaña electoral se descartó.

Desde la irrupción de Vox en el escenario político andaluz y posteriormente estatal, la mayoría de los analistas hemos explicado el radicalismo del PP del mismo modo que la derechización autodestructiva que Albert Rivera impuso en Ciudadanos: intentaban disputarse la hegemonía del espacio conservador compitiendo con la misma crudeza con que PSOE y Podemos se atizaban por el liderazgo de la izquierda. Pero a mi juicio ese análisis del ecosistema político español ha quedado ya barrido (como tantas otras cosas) por la explosión del coronavirus y sus efectos.

Casado no sólo hace caso omiso a esa amplia mayoría de votantes (suyos y de Vox) que le piden que apoye al Gobierno y deje las zancadillas para otro momento. También desprecia el hecho de que el PP sea el único partido de oposición en las principales democracias de Europa que no se haya colocado al servicio del Ejecutivo de turno, aislando en casi todos los casos por cierto a la extrema derecha (ver aquí). Que Vox dedique sus máximas energías a desinformar, a potenciar bulos absolutamente infames y quizás delictivos (ver aquí) va en su genética política; si el eco se complica en Twitter o en whatsapp se pasa a Telegram (no hay más que ver el tropel de gente que en los últimos días se ha dado de alta en Telegram, ya sea por conocer o por alentar las posverdades). Lo cierto es que a nadie puede sorprender que Vox intente reventar el sistema, lo mismo da si es difamando a periodistas y medios que alimentando asonadas. Lo tremendo es que el máximo líder de los conservadores, Pablo Casado, le siga los pasos, exigiendo machacona y frívolamente a Sánchez que se ponga una corbata negra, en lugar de sentarse de inmediato a negociar unas bases de consenso para superar la crisis sanitaria, económica y social.

Mientras Casado no quiera (o no sepa) alejarse de la estela de Faes, el bien financiado think tank dedicado a vengar eternamente el fracaso de lo que Vázquez Montalbán definía como “la aznaridad”, será muy difícil un consenso político amplio para esa Mesa por la Recontrucción. De hecho Faes ya ha comunicado sin rodeos que la condición previa para que el PP firme unos Pactos de la Moncloa 2.0 sería que Sánchez rompa con Podemos (ver aquí). Curiosamente, la misma exigencia que plantean los Cebrianes y Caños, entre otros, para un presunto “gobierno de concentración”, como ya hemos advertido (ver aquí). Es decir, pactos sí, siempre que nos saltemos a la torera las decisiones de las urnas y del Parlamento para que no gobierne en ningún caso una coalición de izquierdas. Cuesta muy poco deducir que la siguiente condición para ese hipotético gobierno que entusiasmaría a los sectores que siempre se creen dueños de España (y de la verdad), pase lo que pase y cueste lo que cueste, sería que Sánchez diera un paso atrás (o a un lado) para dejar la presidencia a un (o una) tecnócrata 'de confianza'.

Caben, en mi humilde opinión, dos opciones para Casado. Continuar instalado en el tacticismo cortoplacista y miope de competir con Abascal en el cortejo de los sectores más cavernícolas de la sociedad española (que los hay, por muy confinados que estemos ahora y que asomarán muy pronto más allá de Telegram y de esas notas miserables contra enfermeros o empleados de supermercados) o romper ese cordón umbilical que le une al pecado original del aznarismo más oscuro y a esos ámbitos del poder empresarial y mediático cuyo concepto de la democracia se ciñe a un capitalismo de amiguetes que sólo contempla la globalización como una agenda de contactos con fondos buitres y como un mapa de paraísos fiscales permanentemente actualizado. Al menor descuido, hasta se autoproclaman “patriotas”, con el fin de descalificar cualquier otro amor sincero a la patria, por ejemplo el que la concibe como espacio de convivencia solidaria y generosa.

Si Sánchez logra que las organizaciones empresariales y sindicales se sienten a esa Mesa por la Reconstrucción, y Arrimadas mantiene su inteligente apuesta por el consenso, Casado se verá en la tesitura de quedarse solo ante el peligro de Abascal. Puede que esa ecuación le resulte más sencilla y manejable que la de mojarse acerca del Ingreso Mínimo Vital contra la pobreza extrema, o sobre el compromiso de garantizar un sistema de salud público y sostenible, o sobre una reforma fiscal justa que reduzca la brecha de ingresos fiscales en España respecto al resto de Europa, o sobre la conveniencia de prohibir que sectores tan sensibles como el del cuidado de los ancianos queden en manos de fondos buitre, extractores además de fondos públicos (ver aquí).

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