Plaza Pública

Citar a Azaña en vano

Javier de Lucas

Hay pocos profetas que tengan suerte con quienes se proclaman sus discípulos: en algunos casos, porque éstos resultan ser más papistas que el papa. En otros, los más, porque la invocación del profeta es una coartada, un passe-partout que sirve para realzar el propio ideario, aunque tenga poco que ver con la vida y obra del prócer en cuestión.

Creo que entre nosotros es el caso de Azaña. Después del vituperio al que se le sometió desde el propio bando republicano (desde quienes lo traicionaron, sobre todo) y, claro está, desde el franquismo, se puso de moda en nuestra recuperada democracia citarle a toda hora. Quizá el más conocido caso de tergiversación a ese respecto sea el uso en vano de la figura de Azaña por alguien que se encuentra tan inequívocamente en sus antípodas como José María Aznar.

En el debate de investidura, este miércoles, Xavier Domenech ha echado un cuarto a espadas a la polémica sobre Azaña y la "cuestión catalana" al citar varios textos en los que el que fuera presidente de la II República muestra su respeto ante una hipotética secesión decidida por los catalanes. Se trata, en primer lugar, de una declaración que hizo en el curso de una visita a Barcelona el 27 de marzo de 1930 (“He de deciros también que si algún día dominara en Cataluña otra voluntad y resolviera remar ella sola su navío, sería justo el permitirlo y nuestro deber consistiría en dejaros en paz, con el menor perjuicio posible para unos y otros, y desearos buena suerte, hasta que cicatrizada la herida, pudiéramos establecer al menos relaciones de buenos vecinos”). Aún más claro fue en su discurso sobre la libertad de Cataluña y España, de 17 de julio de 1931: “Nuestro lema, amigos y correligionarios, no puede ser más que el de la libertad para todos los hispánicos; y si alguno no quiere estar en el solar común, que no esté”. Y el 16 de mayo de 1932 en las Cortes españolas durante la discusión del Estatut de Núria (por cuya aprobación arriesgó tanto Azaña) llega a decir: “Cataluña dice, los catalanes dicen: 'Queremos vivir de otra manera dentro del Estado español'. La pretensión es legítima. Este es el problema y no otro alguno. Se me dirá que el problema es difícil, ¡Ah!, yo no sé si es difícil o fácil, eso no lo sé; pero nuestro deber es resolverlo, sea difícil, sea fácil. .. Hay, pues, que resolverlo dentro de los cauces políticos”.

El problema, como resulta por otra parte conocido, es que Azaña evolucionó con mucha claridad hacia una posición muy distinta, sobre todo a raíz de los acontecimientos de 1934. Quien, a mi juicio, es hoy el mejor conocedor de la figura histórica de Azaña, Santos Juliá, ha explicado con claridad esa evolución sobre la "cuestión catalana". Sin duda, el testimonio más importante es el análisis que propone el mismo Azaña en La velada en Benicarló, escrita, recordemos, en abril de 1937. Es la famosa explicación de su alter ego, Garcés, sobre los cuatro factores de la derrota de la República (objeto de una polémica entre Viñas y Juliá, explicada por éste en un artículo de 2013, creo, a propósito de la versión de la importancia de los cuatro enemigos de la República, que dio Azaña en su conocida entrevista con Isidro Fabela en febrero de 1939). No es el más importante, pero la deslealtad y los enfrentamientos en el seno del bando republicano son uno de esos cuatro enemigos que explican a su juicio la derrota en una guerra que Azaña sitúa con toda claridad como fratricida y en la que no hay un enfrentamiento territorial (menos aún, un conflicto de fondo entre Cataluña y España).

Sin duda, no se pueden ignorar las declaraciones de Azaña entre 1930 y 1932, y recordarlo es un mérito de los que las sacan a la luz, como Domènech y Jaume Asens. Todo ello, por demás, disipa el tópico de la supuesta catalanofobia de Azaña y la falsedad de su enemiga al reconocimiento de la especificidad de Cataluña. Pero eso se convierte en una falacia si se deja de tener en cuenta todo lo que sucedió después, insisto, lo que Azaña dice y escribe. Y no sólo en la famosa obra teatral, sino, como recuerda de nuevo Santos Juliá, en su correspondencia con Jaume Vicens Vives (y en su defensa de éste frente a las críticas "patrióticas" de Rovira i Virgili al eminente historiador catalán, por sus denuncias de la superchería ideológica de los pseudohistoriadores vendidos a la versión épico-romántica de la nación catalana).

Más clara aún, como explicaba Juliá en un artículo publicado el año pasado (El último Azaña) es su indignada reacción ante la deslealtad de los representantes en el exilio de los gobiernos de Cataluña y Euzkadi, que en 1938 se habían dirigido tanto al Foreign Office como al Quai d'Orsay con propuestas “mediadoras” sobre una hipotética división de España en cuatro zonas: Cataluña, Euskadi y las zonas ocupadas por cada uno de los dos bandos contendientes. Lo que más dolía a Azaña, subraya Juliá, era precisamente esa pretensión de colocarse al margen, como ajenos, equidistantes respecto a la causa republicana y a la rebelde.

Reorganizar la historia para lucimiento en los discursos y debates, incluso para apoyar la propia argumentación, puede parecer un recurso legítimo. No lo es. Ni cuando se hace puro presentismo, como cuando el por otra parte muy apreciable diputado Joan Baldoví nos descubre que el erudito fraile valenciano Francesc d'Eiximenis adelantó el núcleo conceptual de corrupción como problema político.

Azaña pasó de ser un defensor de los derechos catalanes, empezando por el Estatut de Núria, a desencantarse con la cuestión catalana, especialmente después de que Lluís Companys declarara el Estado catalán en 1934. Al convertirse en presidente de la República en 1936, Azaña expresaba que "por lo visto es más fácil hacer un Estatuto que arrancar el recelo, la desconfianza y el sentimiento deprimente de un pueblo incomprendido". En sus memorias dejó, evocando el aforismo del general Espartero, una frase que sigue levantando polvareda. "Una persona de mi conocimiento asegura que es una ley de la historia de España la necesidad de bombardear Barcelona cada 50 años. El sistema de Felipe V era injusto y duro, pero sólido y cómodo. Ha valido para dos siglos".

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Javier de Lucas es catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política en el Instituto de Derechos Humanos de la Universitat de Valencia.

La impostura del gesto en TVE

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