Plaza Pública

La derrota de Pedro Sánchez

José Sanroma Aldea

En el futuro nadie podrá comprender mejor que nosotros mismos la batalla política que se está librando ahora en España: ¿Quién presidirá el futuro Gobierno? ¿Habrá nuevas elecciones? La cuestión quedó pendiente con el resultado electoral del 20-D. A día de hoy se mantiene la duda de si habrá alguien capaz de ganar la confianza mayoritaria del Congreso.

Sí sabemos quién lo intentará primero. ¡Sorpresa! No será Rajoy, el autoproclamado ganador, con sus 123 escaños. Será Sánchez, con sus magros 89, después de haber tenido los peores resultados del PSOE desde 1977, tal y como se lo recuerdan al alimón desde dentro y desde fuera de su partido.

¿Alguien había previsto este acontecimiento? ¿Alguien cree que estaba diseñado? Si así fuera, ese alguien podría explicarnos mejor que nadie ese premeditado acontecer. Pero como no ha aparecido ese alguien se pueden dar diversas versiones, que son armas para la continuación de la batalla y para la explicación futura del resultado.

Permítame el lector que me ayude de la literatura. El historiador Simón Schama unió dos relatos –mezcla de ficción y realidad, de información bien documentada y de imaginación– en una singular obra que tituló Certezas absolutas y subtituló Especulaciones sin garantía (Editorial Anagrama, 1993). En el epílogo explicaba que ambos relatos disolvían la certeza de los acontecimientos en las múltiples posibilidades de narraciones alternativas; ambos los terminaba con narraciones contradictorias sobre lo sucedido, sobre el significado de las muertes que narraba y sobre el carácter de los protagonistas; y en ambos casos las narraciones alternativas del acontecimiento competían en credibilidad tanto para los contemporáneos como para la posteridad.

¿No creen que algo así ya está pasando en este período crítico que comenzó el 20-D y que culminará con la elección de presidente y la formación de Gobierno o con la convocatoria de nuevas elecciones?

La gran diferencia está en que este tiempo está vivo, que no ha acabado el tiempo del relato. Nuestro presente no es aún historia. A nuestro alcance está no sólo cazar sombras sino descubrir a quienes las proyectan. Podemos distinguir de entre los políticos a quienes quieren representar –y no es fácil– la mezcla de nuestras convicciones, nuestros sentimientos, nuestros intereses. Podemos actuar (nuestra opinión influye) para que la batalla por la credibilidad (tan importante en el funcionamiento de una democracia representativa) sea ganada por quien la merezca.

La suerte de la democracia en este período crítico, después del inédito resultado electoral, discurre sobre el eje de la función deliberativa que cumplen los líderes políticos. Esta se desarrolla en medio de influyentes episodios de opinión pública y en él se producen acontecimientos trascendentes. Algunos sorpresivos, como la espantada de Rajoy. Otros previstos: como la negociación, ya en curso, que anunció Sánchez para el caso de que fuera propuesto como candidato a la investidura. En torno a esta gira ahora la rueda.

Comprender lo que está pasando es capital para la ilustración del pueblo soberano que ha elegido como representantes a los hoy deliberantes. Los acontecimientos políticos no se leen fácilmente aunque nos sean contemporáneos. A través de los medios de (tele)- comunicación se descargan en nuestros oídos y ojos un tobogán de zigzagueantes e interesadas especulaciones e imágenes. Las declaraciones de políticos suministran material abundante. A veces supuran una indignidad miserable, por ejemplo, la del ministro de Interior, que dice que ETA desea "como agua de mayo" la llegada de un gobierno del PSOE y de Podemos. No pocas veces las oímos dichas como certezas absolutas cuando sólo son especulaciones sin garantía. En estos casos vienen llenas de manifestaciones incongruentes entre sí o contradictorias con anteriores, también pronunciadas en su inicio como incontrovertibles. No les demos excesiva importancia a cada una. Apreciemos la tendencia que muestran en su conjunto.

Nadie hará por cada uno de nosotros la tarea de distinguir el grano de la paja; ni la buena de la falsa moneda. Pero distinguir es posible, si se mantiene el interés y la atención. Y sobre todo si se comprende que no sólo importa el resultado (sea la elección de presidente y la formación de su Gobierno o sea la convocatoria de nuevas elecciones) sino el proceso en el que se configura. Así, incluso si se convocan nuevas elecciones estas no serán una mera repetición de las segundas.

Hagamos un breve repaso a algo de lo sucedido hasta el presente momento negociador.

La incomparecencia de Rajoy no ha sido la única sorpresa. Para no pocos lo fue el descubrimiento de que el PSOE –mientras Pedro Sánchez se mantuviera como secretario general– no permitiría ni por activa ni por pasiva la continuidad del PP, con o sin Rajoy, en el Gobierno. Se armó la marimorena. Se presentó como prueba de ambición personal desmedida que –tras los peores resultados desde 1977– se atreviera a decir que se consideraba en el derecho y el deber de intentar su investidura si Rajoy fracasaba en el intento. Se le dijo, recriminatoriamente, que "¡no se puede gobernar a cualquier precio! Y así le vimos, teniendo que repetir esta frase como quien lleva colgado un sambenito que le previene de sus malas intenciones. En realidad lo que no se le toleraba era que no dimitiera; que no se borrara como obstáculo ante un acuerdo con el PP; y que, para más inri de este propósito (por el que ninguno de sus adversarios se atrevía a dar la cara), anunciara que volvería a presentarse como candidato a la Secretaría General. Ganada esta batalla interna, a pesar del coro mediático que tuvieron las baronías adversas, Pedro Sánchez se afirmó y pudo mantener ante el rey que estaba dispuesto a aceptar el difícil reto de la investidura si le llegaba la ocasión tras el fracaso de Rajoy. ¿Se salvó Sánchez? Se salvó el PSOE como alternativa al PP. Los partidarios de recoger cadáveres políticos (el de Sánchez valdría por todos) y aminorar pérdidas (consentir el Gobierno del PP a cambio de algunos acuerdos) tras la "gran derrota" del 20-D tuvieron que plegar velas.

Volvieron a las andadas a cuenta del espectáculo que montó Iglesias a su salida de la entrevista con el rey y su inopinada propuesta de gobierno con su nombre de vicepresidente incluido. Recuerden a los que se sintieron ofendidos de verdad pero también a las indignadas plañideras de pago: Podemos humilla al PSOE y a su secretario general, no tenemos nada que hacer con gente así. Vale. Ni lobos con piel de cordero autoalabándose su exquisita delicadeza con el rey al hacerlo primer destinatario de su propuesta, ni corderos con piel de lobo capaces de asustar a desprevenidas caperucitas rojas. Ahí estaban proclamando: Pedro Sánchez es nuestro candidato a la presidencia y tal y tal. Vale. ¿Llega antes a su destino quien se pasa tres pueblos? ¿Humilla la fanfarronería a quien no se acobarda? Mi opinión es que el secretario general del PSOE no quedó descolocado por la propuesta, aunque pudiera con razón quejarse del modo, pues el medio y el fin deben ser concordes. Tenía la posición política bien tomada: sabía que para tener éxito en su investidura necesitaba negociar con Podemos. Así empezó a comportarse como candidato a la Presidencia antes de serlo para favorecer esa posibilidad. Podría añadir que, a mi juicio, quien entonces empezó a descolocarse con su éxito mediático fue Pablo Iglesias. Si dejándome guiar por Juan Carlos Monedero pensara que Iglesias declina por el defecto de la soberbia intelectual, bastaría con recordarle lo que recomendaba Umberto Eco en Predicciones (Taurus, 2000): ¡Nunca te enamores de tu propio zepelín! Pero no se trata sólo de las cualidades o de los defectos personales de los líderes, sino de la posición que defienden y del modo en que lo hacen. Resulta que Iglesias, en virtud de lo hasta entonces proclamado (nunca Podemos estará en un gobierno presidido por el PSOE) necesitaba escenificar que tiene fuerza y capacidad para marcarle el paso a Sánchez y al PSOE. No haría mal en temer la volatilidad de su electorado, no poco proveniente del descreimiento en el PSOE. Pero los hechos subsiguientes no parecen avalar que pueda conseguirlo.

Antes de investir por su cuenta y riesgo a Sánchez como presidente había jugueteado con la lindeza de que si tenía que hablar con la Casta, con la Susana o con quien fuera, lo haría. Ahora más le vale velar por la propia consolidación de la valiosa representación que han conseguido Podemos y sus aliados, y en comprender que no siempre hay que montar el pollo para salir del gallinero. El líder de IU, Garzón, a pesar de sus sólo dos escaños, con su actitud abierta, con una voz sin estruendos, se hace escuchar con respeto en las filas de todo el electorado que quiere un Gobierno de izquierdas.

Otra sorpresa. Esta, de la fase de negociación emprendida por Sánchez. Los dos partidos emergentes –cuya venturosa navegación electoral se impulsó con el viento de popa del rechazo al bipartidismo– se han declarado una completa incompatibilidad. Ciudadanos acepta negociar la investidura de Sánchez pero excluye a Podemos del pacto deseable, en el que se sitúa a sí mismo junto al PP y al PSOE. Para igualarse a Rajoy sólo le faltaría añadir que debe presidirlo el PP. Especulemos con que a Rivera le surge el sueño de suceder a Sánchez en el intento de ser investido, si fracasa, y nadie del PP quiere el encargo.

Podemos, en cambio, muestra una tan absoluta pasión por un Gobierno de coalición presidido por Sánchez que ni siquiera acepta que este hable con Rivera: tienes que elegir, Pedro, entre Ciudadanos y Podemos; como vicepresidente tuyo que seré, te respetaré como presidente tanto cuanto te han respetado tus baronías como secretario general y como candidato a la Presidencia. ¿Creíble? La metáfora usada como argumento es sencilla: hay una bifurcación y hay que elegir camino. Así que puede contestarse con otra: estamos en una navegación y la mar no tiene caminos, el rumbo es escapar de la tormentosa gobernación del PP y sumar fuerzas para trazar el rumbo de salida; o esta otra: esta situación es inédita, caminante no hay camino, se hace camino al andar, no se escoge una bifurcación sino el espacio por el que transitar.

Resulta pues que la incompatibilidad de los nuevos descarta en seco navegar o andar en busca de la posibilidad de una apabullante suma de 89+69+40 que a no pocos le parecería razonable. Si además se suma la cifra pequeña de los dos escaños de IU-UP (pero estimable número de electores: 923.105) se llegaría a la cifra redonda de 200 escaños. Más que suficientes para un buen entendimiento con el PNV y para una confrontación serena (aunque se discrepe en los medios) con el independentismo catalán, que ha declarado a la democracia española una guerra de leyes y de autoridades. Y suficientemente diversos como para respetar a un PP que conservaría la mayoría absoluta en el Senado.

Sabemos ahora –mejor que la noche del 20-D (aunque los números son los mismos)– por qué es difícil lograr los pactos necesarios para que las elecciones de aquel día den su fruto: elegir un presidente con el programa político del gobierno que pretenda formar. Conocer mejor las dificultades es el comienzo de aprender a superarlas. Algo se ha avanzado.

Además, el candidato a presidente ya tiene nombre. No es el que se esperaba. Este sigue calificándose de ganador, pero por ahora se ha derrotado por incomparecencia. Su coro mediático le aplaudió el escapismo cual si hubiera sido el gran Houdini, porque se libraba así de ir a que el Congreso le cantara a coro el Diguem no de Raimon ; y porque desplazaba la presión hacia Sánchez. Pero la jugarreta –institucionalmente reprobable, políticamente indigna, irrespetuosa con su propio electorado– le salió mal. Vino a asestarle un golpe de gracia que le viéramos, en la moviola de sus éxitos pasados, proclamando "Rita, eres mi amiga; Rita, eres la mejor, ¡Viva Rita!"; y ahora ahí le tenemos sin poderle enviar un explícito mensaje de apoyo para que sea fuerte, pero sí capaz aún de enviarle la señal de su reduplicado aforamiento para que su Rita no se convierta en Rita la cantaora.

Recordemos que tras su renuncia "temporal" a intentar la investidura explicó su proceder mezclando una evidente verdad (no tengo apoyos para lograrla) con una flagrante mentira (PSOE y Podemos tienen un acuerdo y ya están negociando el Gobierno). Continuidad en la indecencia.

Curioso que Iglesias y alguno de los suyos se atribuyeran el mérito del "paso atrás" o "al lado" de Rajoy, cuando sólo le dieron el pretexto para intentar salir con bien de algo que después le ha salido mal por factores ajenos a Podemos.

La propuesta del rey, ante la predisposición de Sánchez a asumir el reto, desbloqueó la primera fase del procedimiento de la investidura. Probablemente la negociación que ahora quiere hacer fructificar el candidato a presidente hubiera estado más despejada si antes hubiera fracasado en su intento Rajoy, que debía ser el primero en intentarlo. Así me lo parece porque en una buena explicación de cada uno de los 'no' frente a Rajoy, en sede parlamentaria, en el rigor de la sesión de investidura, podían empezar a aquilatarse los elementos para eventuales acuerdos de un programa político alternativo al del PP. Pero esas son aguas que ya no pasarán por el ojo en el que mueven la piedra del molino.

Ahora se comparan programas y se ven bastantes puntos compaginables. ¿Cuándo hubo tal atención a los programas? Pero la tarea negociadora sigue siendo compleja. Tanto que se mantiene firme el juicio, el querer, el pronóstico de muchos de que habrá nuevas elecciones; y no pocos afirman que todo esto a la postre será sólo perder el tiempo. Se lo saben todo, pero la ciudadanía no es tan lista y necesita aprender de lo que pasa y ver cómo pasa.

Así pues no fiemos todo al perfil y al hacer de los negociadores. Confiemos también en la influencia que pueden ejercer cuantos quieran que haya investidura de Sánchez, programa político y gobierno concorde. Mejor con cuanto más respaldo. Porque cambiar el rumbo de la recuperación económica para que sea justa y emprender la rehabilitación de nuestro entero edificio institucional no se resuelve a golpe de decreto. Gobernar bien será incluso más difícil que conseguir formar gobierno. Pero este es otro asunto.

Para concluir valga con decir que el secretario general del PSOE tiene que permanecer firme en su derrota. Utilizo el término marinero con el que se señala el rumbo a seguir en la navegación. En su derrotero está escrito que la negociación necesaria es a izquierda y a derecha.

Y a ver qué resulta.

La condición por la que no comparece a negociar Podemos no resulta asumible e incluso nada fácil de explicar a sus electores y aliados. Quizás es que Pablo Iglesias tras el salto inicial de su propuesta quedó un tanto descolocado. No importa tanto. Una clave más decisiva está en el razonamiento de Pedro Sánchez al asumir el encargo de intentar su investidura: los electorados del PSOE y de Podemos no entenderían que en esta situación no nos entendamos. ¿Lo razonará ahora así también Iglesias?

Por mi parte sigo pensando que la resolución de la crisis de la democracia española pasa por que PSOE y Podemos establezcan una relación de necesaria colaboración, inevitablemente competitiva. Estamos en el momento crítico de hacer primar la colaboración.

Y a ver hasta dónde llega.

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