Desde la casa roja

Banderas de vuestros padres

En mi barrio las banderas siguen ahí. Mi hijo las señala con su dedo pequeño durante el paseo. Le extraña el adorno. Tal vez, le parece bonito. Bandera, le digo. Y él repite: bandera. No sé explicarle por qué la gente ata a su ventana un trozo de tela, a quién se lo muestran aquí, por donde solo pasamos los vecinos. No sé decirle por qué nosotros no lo hacemos. Ahí arriba vive un español, entiendo, los papás de tu amigo son españoles que defienden la unidad del país. ¿He dicho yo eso a un niño? No.

No debería preocuparme por darle explicaciones ahora que la bandera, el papel de la monarquía, el himno, el Ejército, el escudo y todo lo que se supone patriótico se van a incluir en el currículo de la escuela. Qué desubicación. Ahora que, si confío la educación de mi hijo al colegio donde yo estudié, en el que creí, alguien va a venir a instruirle en su obligación de defender su país. Espero que a la vez le cuenten lo obvio, que las armas, las que utilizan nuestras Fuerzas Armadas, no garantizan nada; que las armas matan. Imagino que les narrarán la historia completa. Es larga. Y que estas nuevas unidades educativas no restarán espacio a otras que siempre quedaron a la cola del temario o a las que incidan en el reconocimiento de lo diferente o no quitarán horas a algo tan esencial como la prevención del escalofriante bullying.

Y que mientras asistimos a la precarización de la educación pública y sus docentes, lo que es accesible a todos, mientras la inversión sigue cayendo hasta niveles similares a cuando yo estudiaba, años ochenta y noventa, en su pelea contra el fantasma del adoctrinamiento, se ha actuado, y se ha hecho así, incluyendo la fe en los símbolos y sometiendo a una bota malaya al modelo de escuela donde crecimos. Donde se cometieron todos los errores, seguro que sí, pero donde nos hablaron de igualdad. Y de paz. Es que lo recuerdo: educación general básica. Qué otra patria tenemos.

El tema es difícil cuando se pasa por alto el nudo de la historia. Pero aquí no hay complejos: ¿hace falta decirlo? Hemos nacido y crecido en este país. Somos españoles y nuestras abuelas no tuvieron oportunidad siquiera de cruzar nuestras fronteras. Somos españoles como lo somos también de cualquier calle del mundo por la que hemos caminado antes. Formamos parte de un puzzle complejo y antiguo. Pero no quiero que nadie le diga a mi hijo de dónde tiene que sentirse, ante quiénes tiene que doblarse o por qué trozo de tela o de tierra debería jugarse la vida.

Lo que sucede es que sobre esas banderas bajo las que paseamos mi hijo y yo ya ha llovido, ha nevado y ha pegado el sol de todo un invierno. Y no van a pasar del próximo verano sin mostrarse como algo desgastado y envejecido, como algo que no entiende de estaciones ni tiene memoria. ______________Aroa Moreno Durán es periodista y autora de 'La hija del comunista' (Caballo de Troya, 2017).

Aroa Moreno Durán

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