Desde la casa roja

Elecciones: los sueños viables

No sé quién gana los debates electorales. Al día siguiente, jamás hay acuerdo en la prensa. No me parece buen síntoma. Pero casi siempre los perdemos los ciudadanos. Apenas alguna frase queda para la historia de la televisión: esa niña está en mi cabeza, buenas noches y buena suerte, tiene usted menos sensibilidad social que una almeja (todo es real). Primer round. Esperábamos poco de estas noches de abril cuando cuatro hombres vestidos de azul aparecieron en nuestras pantallas. El formato impide que se miren a los ojos unos y otros. Pero nada evita que respondan a las preguntas y no lo hacen: cuántas veces en esa primera noche preguntó Pablo Iglesias a Pedro Sánchez si pactará con Ciudadanos. Nadie les prescribe que no esquiven de una vez los claims repetidos con voracidad y nos hablen de cara. Que se enroquen cada uno en su fuerte. Que el debate produzca debate. Aunque peor resulta cuando clavan la mirada a cámara y en un último monólogo sobreactuado nos lanzan un mensaje final que alguien les habrá escrito hace algún tiempo. Que otro alguien habrá estudiado y revisado mil veces. Ahí miramos hacia atrás, sentados en nuestro sillón: Albert, ¿es a mí? Y entonces nos preguntamos en manos de quiénes está, además, la retórica. No digo que sea fácil.

Quedan cuatro días para las elecciones y anoche hubo segundo round. Malas caras. Cansancio. Subieron las fuerzas, se hablaron peor, hubo propuestas, pero también teatro, cambiaron libros, el respeto se fue apagando. Usted, usted y usted. ¿De dónde vienes? Manzanas traigo. No se dejaron mucho asunto por tocar. Pero incomoda el manejo de las palabras. Las voces sobre las voces. La ironía y el cinismo donde debería estar la verdad. Las formas sin fondo. El tono de voz reconocible y repetido de los miembros de cada partido. La fricción personal entre algunos. La media sonrisa de animal en reposo. Pablo Casado ignorando hieráticamente toda la noche al hombre que está a su izquierda. Esos cuatro señores, salvo algunos destellos –ese momento en que encajan dos piezas y vuelven a separarse casi inmediatamente, la empatía–, no me han dicho mucho durante estas dos noches. Respondiendo al editorial que lanzó hace un par de días la periodista Pepa Bueno en la radio: no, ellos no me hablaron a mí. Ellos querían, simplemente, ganar el debate.

La tensión aparece desde el principio y se agudiza cuando es convocada. Porque nada exalta más hoy que quedar como el verdadero patriota, el más patriota, al menos, de los presentes: medir sentimientos en torno a identidades sigue arrojando damnificados, pero eso da igual, cuando se habla del territorio, muchas veces se olvidan sus habitantes y sus problemas. Me sorprende que solo Pablo Iglesias incluya en su relato un “nosotros”. Y pida seriedad. Y se agradece.

La posible irrupción de la extrema derecha tras estas elecciones nos ha dejado articulados en torno a una falsa diatriba que nos quiere divididos entre el España, sí o España, no. No sé cuántas veces Albert Rivera habló ayer de liquidar España. Y no se trata de destrucción o de salvarla por apropiación indebida. De si la unimos o la rompemos. Si la desintegramos. O la vitoreamos bajo la bandera grande de Colón para hacernos una foto. Si se trae su unidad o fractura a todos los foros, debería traerse también la voluntad firme y real de encontrar una salida política para este callejón en el que nos encontramos. Por favor, “formúlese una respuesta/ en sueños viables”, son versos de la poeta Ida Vitale, quien ayer, Día del Libro, entre combate y combate, recibió con humildad el premio Cervantes en Alcalá.

Dentro de las estadísticas, de esos semicírculos coloreados que veremos los próximos días, dentro de los recuentos que se produzcan tras estas elecciones, no solo estarán ellos, los cuatro hombres que son la cara visible de algunas de las opciones políticas, allí adentro también sumaremos nosotros. Las encuestas intuyen un ganador, pero no tanto un Gobierno. Si estos debates no resultan tan decisivos como prometen, estas elecciones generales sí lo pueden llegar a ser. Porque entre todas las opciones existe la que coloca a la extrema derecha como parte del juego: armas, muros, deportaciones, mujeres que no pueden decidir sobre sus cuerpos, sesgo ideológico en las escuelas, recortes en la libertad de prensa, olvido histórico. Por algo o contra algo. Voten. Es lo que tenemos para cambiar las cosas. Para subir la altura de próximos debates.

¿A las urnas o al sofá?

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