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Desde la casa roja

'Farewell', Neruda

Me resulta imposible pasar por delante de la Casa de las Flores, junto a la calle Princesa de Madrid, sin pensar que desde allí, tras la balconada de macetas desordenadas, el poeta chileno divisó "el rostro seco de Castilla". Veo su ladrillo nuevo reconstruido tras la guerra, sigo la cicatriz, se dibuja la trinchera que tuvo delante. El fin de los encuentros, el caballo verde tras sus ventanas largas. "Venid a ver la sangre por las calles". Es así. Pero ahora, desde hace muy poco, otra imagen viene a mi cabeza, algo que me cuestiona porque pasó mil veces desapercibido ante mis ojos desde las páginas. Dónde estaba mi juicio. Por qué no me alerté. ¿Me conmoví?

Leí las memorias de Pablo Neruda, Confieso que he vivido, cuando no llegaba a los veinte. Pero he vuelto a ellas por motivos más allá del placer de la lectura en otras ocasiones. Quiero decir, me las estudié de arriba abajo. Vida y obra. El todo completo. Y, aunque existen episodios de su autobiografía que sí saltaron delante de mí con toda la crudeza, este no lo hizo. ¿Por qué? Si sí me planté ante la forma en que abandonó a su hija Malva Marina, nacida con hidrocefalia severa, y reconocí la crueldad en las palabras con las que se refiere a ella en una carta: "Mi hija, o lo que yo así denomino, es un ser perfectamente ridículo, una especie de punto y coma, una vampiresa de tres kilos". Evidente.

Pero Neruda confiesa también —¿reconoce?—, sin hermetismo, sin lugar al malentendido, aunque podría ser que sí a la ficción, o lo que podría hacerlo peor, a la omisión, o el hombre jactándose, y querrán pensar que hay lugar para la ficción aquí, Neruda cuenta un episodio en el que fuerza a una mujer y que tuvo lugar cuando era cónsul en Sri Lanka, entonces Ceilán.

Narra dentro de su anecdotario de aventuras en Asia cómo vivía en un bungalow y tenía que hacer sus necesidades en un cubo. Todas las mañanas, sorprendido, descubría que el cubo aparecía limpio. Un día ve que es una mujer tamil, de "la casta de los parias", la que lo vacía de madrugada y se lo lleva sobre su cabeza. La observa, le atrae, quiere tenerla, le parece la mujer más hermosa que ha visto. Lo escribió así: "Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia".

Y este es mi terror: ¿qué mecanismo actuó sobre mi pensamiento lector cuando leí una y otra vez aquel episodio para no verlo como lo que fue? ¿No tuve siquiera una duda, no titubeé, no un mirar de frente, una solidaridad amarga por esa mujer? ¿Acaso me pareció incluso excitante? ¿Dónde se hundía la raíz que inconsciente me dijo que es el hombre quien puede tomar de la muñeca, fuerza física, arrastrar a la cama a una mujer de casta baja, clasismo, y tomar su silencio como una permisión, violación?

Porque no estoy juzgando una obra, no estoy ni siquiera indagando en localizarla dentro de unas coordenadas espaciotemporales precisas para salvarla o no. Estoy pensando en mí. Que miré sin saber que lo estaba haciendo para otro lado. Que he tenido que leer otros artículos sobre este episodio biográfico para verlo. ¿Lo habría leído de otra forma, precisamente ahora, en 2018? ¿Lo habría leído igual en esta semana? Parece que sí me hacía falta la revolución de marzo.

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Cuántos libros, desde que empecé a leer, han narrado historias de abuso que yo interioricé como notas mentales y fraguaron inconscientemente mi concepción de las relaciones entre hombre y mujer.

¿Volveré a leer a Neruda? ¿O debí parar entonces cuando pudo ser suficiente saber el desenlace de su única hija? Me sé muchos de sus poemas completos de memoria. Ya estuve ahí. Residí en la tierra demasiadas veces. Y puede que, aunque ahora no, alguna vez lo necesite. Quiero evitarme, porque no sé qué juicio seguir, aunque yo sí soy culpable, y cobarde, dibujar el trazo de esa línea de sinuosas curvas que discurre entre el autor y su obra. Porque esto son unas memorias. Por dónde discurre la frontera para exigir a un artista coherencia o moral o juicio limpio. ¿No debería la obra ser por sí misma? ¿Pero y si la obra es su propia vida, narrada o no literariamente? ¿Sería diferente?

No sé si sea esto un Farewell. "Para que nada nos amarre, que no nos una nada". Cuando a la poesía le exiges honestidad, puede devolverte una dentellada. _____________Aroa Moreno Durán es periodista y autora de 'La hija del comunista' (Caballo de Troya, 2017).

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