Desde la tramoya

Guerra de andar por casa

Hay guerras como esta. La ha declarado Macron con toda solemnidad: “Estamos en guerra. Es una guerra sanitaria. No estamos luchando contra un ejército ni contra una nación, pero el enemigo está ahí: invisible, esquivo, en avance. Y debido a que estamos en guerra, todas las acciones del gobierno y del parlamento ahora deben centrarse en combatir la epidemia. Nada debería distraernos ni de día ni de noche.”

También la ha declarado Trump el miércoles. Es la primera guerra que Estados Unidos declara por Twitter: “Quiero que todos los americanos entiendan: estamos en Guerra con un enemigo invisible, pero ese enemigo no podrá con el espíritu y la resolución del pueblo americano… No prevalecerá sobre el empeño de nuestros médicos, nuestros enfermeros y nuestros científicos – y no golpeará el AMOR, PATRIOTISMO y DETERMINACIÓN de nuestros ciudadanos. Fuertes y unidos, VENCEREMOS!” (mayúsculas en el original). La Guerra de Trump, por cierto, aunque el enemigo sea invisible, se libra contra “el virus chino”

Boris Johnson, aunque adopta prácticas de contención de momento menos marciales, también se une a esta nueva guerra mundial: "Debemos actuar como un Gobierno en tiempo de guerra y hacer lo que sea necesario para apoyar a nuestra economía".

Las sobrevenidas arengas militares no surgen solo desde la derecha. En Italia Conte se inspira en el gran héroe de la II Guerra Mundial: “He estado pensando en los viejos discursos de Churchill. Es nuestra hora más oscura, pero lo conseguiremos".

Y aquí Pedro Sánchez aún esquiva tímidamente la palabra “guerra”, pero no su marco general: “El enemigo no está a las puertas. Penetró hace ya tiempo en la ciudad. Ahora la muralla para contenerlo está en todo aquello que hemos puesto en pie como país, como comunidad". “Aunque nos abrumen las cifras de contagio, resistiremos. Aunque nos preocupe el impacto económico, que nos preocupa y ocupa, resistiremos. Aunque nos cueste mantener la moral en pie. Unidos resistiremos los golpes de la pandemia. Jamás nos rendiremos y venceremos”. No solo tienen una misión heroica el “ejército de profesionales que no dejan de pelear sin descanso”, el que forman nuestros sanitarios, que “libran la contienda en primera línea”, sino que “contamos con la voluntad de la mayoría de los ciudadanos para vencer en esta batalla”. Hay “dos frentes” en esta guerra: el sanitario y el económico-social. Y así sucesivamente. Hasta Echenique se suma al ardor guerrero: “Estamos librando una guerra contra el coronavirus (…). En tiempos de guerra, economía de guerra".

Quizá los ciudadanos confinados en nuestras casas en esta guerra de andar por casa deberíamos cuidarnos de los excesos de los escritores de discursos que se vienen arriba. Y de los políticos que no caben en el traje por creerse presidentes en tiempo de guerra. Del uso consciente, repetitivo y masivo del marco mental de la guerra, derivan decisiones bélicas.

El jefe centraliza y ejerce el poder de manera excepcional, que es el sueño de cualquier gobernante sin escrúpulos. Las fuerzas armadas y los cuerpos policiales toman las calles para controlar a los ciudadanos. Se suspenden libertades individuales y colectivas. Quien las trate de ejercer contra las decisiones gubernativas de excepción, será un traidor a la patria y podrá ser castigado. Los procedimientos democráticos habituales –reunirse en asambleas legislativas, promover debates, manifestarse, protestar…– quedan también en suspenso. Los bienes escasos se “incautan” o se “confiscan”. El maravilloso proceso de apertura que Europa había iniciado precisamente tras la segunda gran guerra, se invierte en pocas horas: se cierran las fronteras –contraviniendo, por cierto, las propias recomendaciones de una Organización Mundial de la Salud a la que se escucha solo para lo que interesa–. Se asume el sacrificio que se hace por un supuesto bien común aceptado por la población, o sobre el que no se aceptan discrepancias.

Hay “guerras” como ésta, contra ese enemigo invisible.

Y hay otras guerras que apenas intuimos casi ninguno de los que estos días somos llamados a la heroicidad cómica de quedarnos en casa viendo la televisión, lavarnos las manos o salir a aplaudir a nuestro “ejército de sanitarios”. Suerte tiene ese ejército, que al menos mantiene su empleo. Suerte nosotros, ciudadanos en guerra, que tenemos los supermercados y las farmacias abiertos. Esas guerras, las de verdad, no son de andar por casa. En las guerras de verdad no se dan cursos de yoga online. En la guerra se mata a machete, se bombardea, se fusila. La guerra de verdad raciona alimentos, encarcela disidentes, ejecuta al enemigo (nuestra Constitución recoge aún la pena de muerte en tiempos de guerra, aunque quedara suprimida por la Ley orgánica del código penal militar). En la guerra hay un enemigo humano, visible y armado que mata a su enemigo. “Guerra” debería ser una palabra sagrada en el vocabulario de nuestros políticos. Aunque solo fuera por respeto hacia quienes de verdad la han sufrido.

El lenguaje no define una realidad objetiva que está ahí fuera, sino que la construye. Utilizar un lenguaje marcial en un desafío sanitario como el que tenemos podría tener dos efectos sociales negativos.

El primero, que los líderes nacionales se vean aupados por ese ímpetu expansivo consustancial al poder político. La potestad, si no se controla, tiende a extenderse. Domeñar a esa bestia desbocada es la virtud de la democracia que hoy tenemos en países como el nuestro. Como la definió Giovanni Sartori, la democracia no es el poder para todos, sino que nadie tenga todo el poder. Estamos en peligro cierto de que se repriman libertades y derechos más allá de lo aceptable. Porque en un estado de guerra tendremos que aceptar que cientos de miles pierdan el empleo, que los trabajadores renuncien al pago de sus horas extra, quién sabe si incluso de su jornada habitual, o de sus vacaciones. O que la gente deje de pagar el alquiler de su casa y, entonces, por qué no, también en el supermercado. En una economía de guerra quizá no haya fondos para promover el emprendimiento o la cultura… En una sociedad en guerra todos, unidos, fuertes, invencibles, estamos a las órdenes de nuestra autoridad, sea lo que sea lo que se nos requiera o lo que se nos permita hacer.

El otro efecto posible, hoy más probable, es infantilizar a la ciudadanía: hacer creer a los ciudadanos que son héroes y heroínas, soldaditos de juguete. El resultado puede ser el menosprecio de la guerra misma y el aumento de la insolidaridad con quien la sufre. ¿Para qué vamos a preocuparnos de Siria, del Africa subsahariana o de Irak o de Palestina, si suficiente tenemos nosotros con librar nuestra guerra en zapatillas, la que se extiende desde la frontera militarizada de Andorra hasta las nuevas fronteras que acabamos de levantar con Portugal?

Cuidémonos de la enfermedad, compatriotas, pero también de este nuevo paternalismo nada inocuo y de la trivialización del dolor de las guerras auténticas.

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