Desde la tramoya

Resurrección

Puigdemont esperó hasta la medianoche y no dio lugar a dudas: se presentó en Bruselas con algunos de sus ministros de ERC como el presidente del Gobierno de la República de Cataluña en el exilio, emancipado ya definitivamente, por la fuerza de los votos, de la tiranía de la monarquía española. Agradeció el sacrificio de su vicepresidente y funcionarios encarcelados. Exigió disculpas y resarcimiento por el daño causado por el golpe de Estado, la persecución y la violencia inflingidos contra su país. Y espetó al presidente español, al Ibex 35 y a Europa que, si no le habían escuchado antes, ahora tendrían que hacerlo.

Muchos habíamos dado por muerto al procés y a su Mesías, y tanto el uno como el otro parecían estar más vivos que nunca.  Puede que el president modere su discurso cuando haga la digestión de su "victoria" o asuma la realidad del peso de las leyes a las que está sometido. Pero de momento hoy lo que tenemos es a un visionario reforzado y a un Estado debilitado.

Lo primero que han hecho los medios internacionales, que siempre ven las cosas con más objetividad que quienes estamos dentro, ha sido constatar la renovación de la mayoría independentista y el fracaso de Rajoy. La situación no puede ser más complicada para unos (los independentistas) y para otros (el Gobierno de España).

Contados los votos, tenemos que aceptar que el cese del Govern, la intervención de la Administración catalana y la convocatoria de elecciones no han dado en absoluto los resultados esperados. Debemos asumir también que muchos –ayudados por las imprecisiones en las encuestas–, infraestimamos a Puigdemont y sobreestimamos el tamaño de esa mayoría silenciosa que creíamos por fin movilizada. O no existe esa mayoría silenciosa, o no se movilizará. Sociológica y electoralmente, Cataluña no ha cambiado nada: seguimos viendo esas dos mitades que votan una por partidos independentistas y la otra por partidos no independentistas. Es impresionante que después de lo que hemos visto en los últimos siete años, y tras cuatro elecciones al Parlament, los bloques aparezcan prácticamente inalterados, escaño arriba o abajo.

El problema es precisamente que ninguno de los dos actores –president cesado y en vías de ser reelecto, y Gobierno de Rajoy–  ha logrado una victoria contundente sobre el otro, sino más bien una vuelta a la casilla de salida, una reproducción del hemiciclo salido de las elecciones de 2015.

Si Junts per Catalunya, ERC y la CUP hubieran sumado entre los tres cinco o seis escaños más, quizá Rajoy habría asumido la derrota y habría abierto la posibilidad de un referéndum legal y acordado como en Escocia. Y quizá Puigdemont se habría portado con la magnanimidad del ganador. Pero con una mayoría tan escuálida del independentismo, es seguro que Rajoy no va a ceder ni un milímetro. Tampoco querrá ni podrá hacer nada para evitar que Puigdemont sea encarcelado en cuanto ponga un pie en España. De manera que le veremos defender la aplicación del 155 como la decisión correcta, proclamar el imperio de la ley, y advertir de nuevo que, por muy legítima que sea su elección, Puigdemont no podrá seguir actuando como si fuera el jefe de un nuevo Estado. Rajoy no puede hacer otra cosa que seguir plantando cara al desafío.

Y Puigdemont no puede hacer otra cosa que mantenerlo. Siente –y tiene derecho a sentirlo– que el pueblo de Cataluña ha legitimado con los votos la nueva República de Cataluña que él proclamó.

Por el tono de su breve discurso de la noche electoral, sigue pensando que el pueblo, su pueblo, es solo uno: esa mitad que le votó a él o a sus dos aliados independentistas. Sigue sin comprender que hoy, como ayer, y como hace casi una década, en Cataluña no hay un mayoría social suficiente que sostenga su aventura.

Lo que parece venir es sencillamente un horror. Ninguno de los dos actores principales en esta batalla se ha impuesto con contundencia sobre el otro. En los juegos y las negociaciones, sólo cuando uno de los jugadores tiene un cierto dominio sobre el otro se abre la posibilidad de una negociación. Lo horrososo de esta situación es que esa circunstancia no se da. Que tanto Rajoy como Puigdemont siguen hoy en la misma situación que hace unos meses y que el electorado catalán la ha ratificado con sus votos.

Es cierto que por primera vez en la historia de Cataluña es un partido no nacionalista quien tiene la mayoría electoral y parlamentaria, un éxito meritorio e indiscutible de Ciudadanos y de Inés Arrimadas. Pero eso al president en el exilio le da igual, en tanto en cuanto pueda mantener juntos a sus aliados de ERC y la CUP. Si hace menos de tres meses se atrevió a proclamar la creación de un nuevo Estado, hoy se cree legitimado para exigir a los demás su reconocimiento. Y si Rajoy hace dos se atrevió a cesar a los delincuentes que se saltaban las leyes sin disimulo, hoy no tiene más remedio que aceptar que están electoralmente legitimados para volver a sus puestos. Lo que se vislumbra pinta mal, muy mal.

El perro ladra que ladra, la mujer ladrona es

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