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El mono infinito

Jugada maestra

Héctor de Miguel Quequé nueva.

Una de las frases que más desazón me provocaba escuchar hace años en boca de reconocidos izquierdistas –ahora políticos instalados y tertulianos con plaza fija– era la de: “En España necesitamos un partido de ultraderecha”. Una vez que tenían toda mi atención y un escalofrío recorriéndome la espalda, añadían: “Para saber cuántos son”. Ingenuo de mí, yo pensaba que ya existía un partido al que votaban con gusto las gentes de ultraderecha y no tenía ningún interés en saber cuántos eran, tal vez porque intuía que no eran pocos. Que votaran al PP y que los muy cafeteros se desahogaran con la papeleta de la Falange o la de Fuerza Nueva era un estado de las cosas con el que podía estar conforme, sabiendo que siempre habrá quien se olvide de disimular que ahora son de centro y se le escape un asqueroso “¡Vete al médico!”, del mismo modo que al Doctor Strangelove le costaba mantener el brazo nazi a raya. Tenerlos embridados bajo “la casa común del centro derecha” era para mí un mal menor, quizá porque me crié en Salamanca y viví muy de cerca lo que les ocurría a los afiliados de las juventudes del PP cuando se tomaban una copa de más: a mí me daba por cantar Soy un gnomo y a ellos el Cara al sol.Cara al sol

El deseo de la inteligencia progresista se hizo realidad al cabo de los años y, oh, sorpresa, la ultraderecha empezó a hacer “cosas nazis”, como diria Peter Griffin mirando arrobado a Hitler. A saber: apelar a los instintos más bajos del ser humano, enfrentar a pobres contra pobres, secuestrar palabras y símbolos que se suponían de todos, hacer de la demagogia un arte... pues lo que es la ultraderecha, tan cafre como previsible. Fue entonces cuando escuché a las mismas mentes preclaras sostener ideas como: “Esta es la mejor manera de tener movilizada a la izquierda” o, en un venirse arriba de manual: “La derecha, si sigue así, no va a gobernar en muchos años”. El hecho de que cosecharan cada vez más votos y que empezasen a ser decisivos para sostener gobiernos cada vez en más ciudades y autonomías no parecía preocupar demasiado a quienes defendían esas teorías, porque todo formaba parte de un plan a largo plazo que consistía en diluir a la derecha fomentado a la ultraderecha. Estudiaron Ciencias Políticas, qué podía fallar.

Quizá no midieron bien que ni Madrid –ni nada– es una serie de Netflix ni una peli de Ken Loach. Y que ya son veinticinco años de banda criminal organizada construyendo adosados en lo que eran cinturones rojos y haciendo del urbanismo una de las mayores fábricas de conservadores conocidas por el ser humano. Y que en los barrios obreros también se ven banderas de España en los balcones. El caso es que los mismos que defendían que necesitábamos un partido de ultraderecha, una vez conseguido su objetivo, nos venden ahora las elecciones madrileñas como si fueran la batalla del Ebro y se erigen en salvadores de última hora de una comunidad que, como toda España, lo que quiere es ir al bar. Ya tienen su juguetito fascista para parecer algo. Ni una propuesta sobre qué harán si gobiernan, y qué más da: no quieren votantes, quieren fans. Y el drama es que a la ultraderecha que añoraban cuantificar ya solo la puede parar el PP. Jugada maestra.

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