El mono infinito

Madrid ha muerto

Cartoncillo QueQué

James Altucher regentaba un club de comedia en Nueva York cuando llegó la pandemia. Al quinto mes de encierro, lo vio claro: la ciudad que él amaba había muerto. Lo contó en un artículo que colgó en su LinkedIn bajo el sutil título de NYC is dead forever. Here’s why y enfadó a mucha gente. Por ejemplo, al cómico Jerry Seinfeld, neoyorquino militante, que le contestó más airado que divertido desde TheNew York Times. James sostiene, resumiendo mucho, que si no hay vida cultural, si no puedes ir a tus restaurantes favoritos, si se viene otra crisis inmobiliaria, si los estudiantes no van a llenar los campus y si encima hay una banda ancha magnífica que te permite trabajar desde un chalé de Florida, para qué va a querer la gente vivir allí. La contestación de Seinfeld, disponible en español, apela al orgullo, a la energía, a la vitalidad y a que todo es una cuestión de actitud, no sin antes despreciar a unas cuantas ciudades norteamericanas y afirmar que su oponente, en una guerra de verdad, no valdría ni para coger higos.

Mi tendencia natural sería la de empatizar con un cómico blanco millonario, pero debo decir que a mí, antes del verano, también me dio por pensar que mi NY particular, Madrid, había muerto. Y por las mismas razones: estábamos pasándolo guay en el parque de bolas y van y nos quitan las bolas. Lo cual no deja de ser el lamento de un pijo que ya no puede hacer lo que hacía una semana cualquiera en la ciudad: comer y cenar fuera de casa, ir a algún concierto, quizá al teatro, y pagar un precio desorbitado por un apartamento céntrico tipo loft. ¿Por qué no vivir en un adosado en Palencia con cuatro habitaciones, bodega y piscina privada pagando la mitad? “Pues porque es Palencia”, respondería Seinfeld. Pero claro, en Manhattan no hay un AVE que te lleve a la Palencia de allí en hora y cuarto. Con el gasto público propio de las socialdemocracias europeas no contabas, Jerry.

Lágrimas de pijo aparte, mi pensamiento iba más encaminado a la ciudad que nos encontraríamos después del confinamiento. Que Madrid es un sitio hostil y su centro aún más lo sabe hasta Ayuso, cuya declaración de amor al atasco madrileño en plena campaña electoral ya debió hacernos sospechar que algo no funcionaba bien ahí dentro. Ignoro si en Madrid saldremos mejores de esta crisis, lo que sí sé es que saldremos en coche. En París, donde siempre llueve y todas las calles son la Cuesta de Segovia, la alcaldesa aprovechó el encierro para construir más carriles bici, pero no de los que consisten en pintar una bici en la calzada y ahí te las apañes con el autobús, sino de los de verdad: de los que quitan espacio al coche y no al peatón; de los que quitan el miedo a ir en bici al colegio; de los que no te obligan a ser un héroe. Aquí, el alcalde/portavoz Almeida ha peatonalizado la Puerta del Sol. Sólo quedaba un carril para el transporte público ¡y un carril bici! En breve abre un hotel-centro comercial de lujo. Ni para coger higos.

Ya nadie tose en el teatro

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