El mono infinito

Viajar es de pobres

Viajar era algo propio de ricos que los pobres practicaban muy de vez en cuando. Nuestros abuelos se fueron de luna de miel a Segovia, nuestros padres a Mallorca y nosotros a Cancún. Llegó Curro con sus ofertas al Caribe y después los vuelos low-cost, y así viajar se convirtió en una especie de obligación y en otra conquista de la clase obrera. La de gente que habrá cogido un vuelo barato para asistir a una manifestación con Greta Thunberg, un contradiós. De Suecia también es el movimiento flygskam, la vergüenza de volar en avión. Uno de cada cuatro suecos ha renunciado a hacerlo por lo que contamina, y se ha apuntado al tagskryt, orgullo de viajar en tren. Aquí les quería ver yo queriendo ir a Badajoz y luchando contra la web de Renfe.

A los países donde los futbolistas y los reyes acaban su carrera lo de contaminar les preocupa menos y les sobra el petróleo, así que han inventado los vuelos a ninguna parte. Te subes a un avión, te dan de cenar, echas unas fotos y un rato después estás durmiendo en tu casa. Las aerolíneas se dieron cuenta de que ahí había un nicho de mercado. "Muchos de nuestros viajeros están acostumbrados a viajar en avión cada dos semanas y nos contaban que extrañan la experiencia de volar tanto como los propios destinos". Yo lo diría de otra forma: para mucha gente, lo mejor del viaje reside en que le llamen cuando está en el aeropuerto para poder decir en voz alta: “ESTOY EN EL AEROPUERTO”. Si la llamada les pilla cuando ya están sentados en el avión, para qué quieren más. “ESTOY A PUNTO DE DESPEGAR”. Son los que activan el modo avión cuando la nave ya está cogiendo velocidad mientras les miras el móvil de reojo. Los profesionales. Los que saben qué fila es la de emergencia en cada modelo de avión y viajan con las piernas estiradas. Los que están sentados en la sala de embarque mirando el portátil mientras el resto hacemos cola. Los de las escapadas. Los que viajan para molar. A esa gente y a su Instagram, la pandemia les ha venido regular.

Yo era así hasta hace bien poco. Hasta que un día, no sé por qué, decidí que ya solo me apetecía viajar a Portugal, el país en el que la gente no habla en voz alta ni siquiera en los aeropuertos. En una de mis primeras incursiones lusitanas, nada más cruzar la frontera, paré a tomar un café en un bar en el que un cartel decía “A GRITAR A ESPAÑA”. Cómo no te voy a querer. Hay días en los que hasta me siento portugués y contemplo el horizonte con melancolía. Fantaseo con la idea de tirar hasta Oporto a hincharme de francesinhas un minuto después de que nos digan que nos vuelven a encerrar. A ver cómo es una pandemia en un país civilizado. En coche, claro, lástima de tagskryt. No hay trenes rápidos a Portugal porque saben que nos iríamos.

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