En Transición

Sin ideología

Cristina Monge

Hace unos días Inés Arrimadas, al salir de la reunión con Pedro Sánchez, anunciaba su disposición a apoyar unos Presupuestos "moderados, sensatos" y "sin ideología". Estoy convencida de que la señora Arrimadas sabe perfectamente que hablar de presupuestos sin ideología es un auténtico oxímoron, una contradicción en todo su término. No hay cuentas ni cuentos que carezcan de ideología. Sin embargo, esas declaraciones resultan de sumo interés porque destapan una realidad que ha calado con fuerza en el imaginario español y que puede ser demoledora: la equiparación de "ideología" con "extremismo".

Una ideología no es más que un sistema de pensamiento, un conjunto coherente de ideas que buscan entender y explicar el mundo. Este sistema subyace en prácticamente todos los aspectos de la dimensión humana y, por supuesto, en aquellos que tienen una vertiente colectiva. En el caso de los presupuestos públicos, dado que estas ideas están escondidas en indescifrables códigos y números, hay que acudir a unos cuantos "chivatos" que nos ayudarán a desvelarlas: los impuestos —si se gravan de forma especial rentas altas, si se incrementa el máximo exento de la renta, si se establecen desgravaciones por adquisición de vivienda o por aportaciones a fondos de pensiones, etc.— son fantásticos delatores de las ideas que esconden unas cuentas supuestamente abstractas. Hay más detalles, como por ejemplo las inversiones en educación —y en qué tipo de educación—, en investigación, en protección social, y un largo etcétera.

¿Por qué, entonces, decía Arrimadas que quería presupuestos "sin ideología"? Porque era el corolario de dos adjetivos anteriores: "moderados" y "sensatos". La ideología sería, entonces, lo contrario: "extremista" y "descabellada". De esa forma, la líder de Ciudadanos conseguía dos cosas muy importantes en su vuelta al partido bisagra que jamás debieron abandonar. Por un lado, conectar con esa parte de la sociedad que detesta la política y a los políticos, que asiente cuando escucha eso de que "todos son iguales" y que de vez en cuando recuerdan aquello de "hija, no te metas en política". El segundo logro de Arrimadas tiene un carácter más táctico, pero no por ello menos relevante. Frente a los extremistas de Podemos que forman el Gobierno, ellos representan la moderación y la sensatez.

Traigo esta idea a esta tribuna por el momento en que se encuentran la sociedad, la política y la economía españolas. En un escenario en el que España se va a beneficiar de una importante inyección económica procedente de fondos europeos, existe el peligro de que quieran hacer creer —y que nos creamos— que el destino de esos fondos, así como su gestión, son cuestiones técnicas ajenas a cualquier ideología. Si escuchan eso, desconfíen profundamente. Tanto en la decisión del destino de esos fondos, como en la forma en que esa misma decisión es tomada, existirán siempre ideas del modelo de sociedad, de política y de economía al que se aspira.

De ahí que sea tan importante que tales decisiones se tomen con máxima transparencia y participación de los agentes sociales, políticos y económicos. Ni una comisión de personas expertas, ni Moncloa en su soledad, ni mucho menos una Agencia independiente si no está sometida a ningún tipo de control democrático y participativo deberían asumir esa tarea. Merece la pena pensar bien cómo articular mecanismos que conjuguen el saber experto con la participación, la deliberación y la rendición de cuentas. Porque en todo lo que se haga, y en lo que se deje de hacer, se esconderá una idea de país fruto de haber sabido conjugar las distintas posiciones ideológicas, que debería ser compartida.

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