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En Transición

Orden y seguridad

Ciudadanos, en su suicida pelea por competir con el PP de Casado para ocupar la extrema derecha, no ha tenido empacho en acudir al lema, de evidentes connotaciones nazis, "Orden y seguridad" para lanzar una campaña que pone el foco en los manteros alentando la estrategia del miedo. Los inmigrantes que intentan vender imitaciones en las calles de las principales ciudades se convierten así en el icono de lo que desde Ciudadanos se entiende como enormes amenazas: los que nos quitan el trabajo, los que hacen competencia ilegal a los comerciantes que pagan impuestos, los que acuden en masa a inundar nuestro país, los que llenan de desorden e inseguridad nuestras calles.

Como se ha mostrado en varios medios de comunicación estos días, España es uno de los países más seguros del mundo. Sólo hace falta darse una vuelta por ahí fuera para comprender el valor que tiene poder andar por las calles, regresar a casa por la noche caminando, o dejar que nuestros hijos vayan y vengan solos al instituto. Si lo miramos con perspectiva global, esto es la excepción, y no la regla. Cuestiones que no se valoran porque forman parte de nuestra cotidianidad más asumida son un escándalo… Cuando le dices a un brasileño que prefieres regresar caminando al hotel después de la cena, cuando preguntas a una bonaerense la mejor ruta para llegar a la plaza de las madres de mayo y te mira ojiplática diciendo, “¿Vas tú sola? Bueno, ve mejor por esa avenida. Te robarán, pero no te matarán”, o cuando provocas el escándalo en un hotel de Nairobi intentando conseguir que te dejen pisar la calle por la noche sin necesidad de pasear con dos guardaespaldas. Somos un país seguro y lo sabemos. España está, según fuentes oficiales, entre los países europeos con menos homicidios y crímenes violentos por cada 100.000 habitantes. Y esto lo percibe así la ciudadanía. Según lo reflejado por el Eurobarómetro de junio de 2017 , a la afirmación "mi ciudad, municipio o pueblo es un lugar seguro para vivir", el 69% de los encuestados afirmó estar "muy de acuerdo", el 26% "de acuerdo", y sólo el 5% manifestó estar "en desacuerdo".

El otro eje de la campaña de Ciudadanos contra los manteros se ha centrado en la defensa del comercio frente a la competencia desleal. Hace falta desconocer las más elementales dinámicas del consumo y el comercio, o querer mentir descaradamente, para hacer creer que las falsificaciones que en las mantas se venden a precios irrisorios compiten con los escaparates de la Gran Vía madrileña o del Puerto de Barcelona. En este reportaje comerciantes que conviven día a día con los manteros lo desmienten.

¿Por qué, entonces, Ciudadanos, emprende una campaña sin base argumental ni documental alguna, y alejada del sentir de buena parte de la población? Porque una cosa es que ahora no haya datos que soporten el supuesto peligro, y otra es que sí que existe miedo a lo que puede venir en un futuro. En definitiva, fue lo que le funcionó a Trump, que recibió –junto a los votos de la extrema derecha y de multimillonarios afines– el apoyo de buena parte de las sectores más populares, temerosos de llegar a ser las próximas víctimas de la globalización. Con este factor están jugando los partidos populistas, xenófobos y de extrema derecha que han emergido en Europa.

Lo que hacen Barcelona y Madrid contra los manteros (y lo que no)

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No deja de ser paradójico que las mismas corrientes de pensamiento que defienden el neoliberalismo a ultranza y una globalización despiadada sean después las que se aprovechan del miedo que este "todo vale" genera en las clases populares, alentándolo primero y recogiendo sus réditos electorales después.

El que quiera que nuestras ciudades sean seguras y ordenadas debería empezar por plantarle cara a la desigualdad –madre de la gran mayoría de tensiones sociales–, practicar la tolerancia cero con cualquier forma de machismo –somos nosotras las que sentimos más inseguridad–, crear espacios peatonales llenos de gente y comercios que promuevan el paseo y el encuentro –auténtico fin y sentido de la civis–, y por supuesto, restringir al máximo el tráfico que causa cada año más de 10.000 muertes prematuras en España por contaminación del aire. Esto no implica, por supuesto, negar que el fenómeno migratorio y todas sus derivadas necesitan de políticas y estrategias que permitan afrontarlo como la oportunidad que es y gestionar adecuadamente los riesgos que comporta.

La amenaza de nuestras ciudades no son los varios cientos de manteros que ocupan las aceras de las avenidas comerciales de las grandes urbes, sino los líderes políticos demagogos que, ante la ausencia de propuestas, no tienen reparo alguno en abrir la caja de Pandora sembrando miedo. El problema es que las tempestades nos pueden arrastrar a todos.

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