Tres preguntas trascendentales para un trimestre electoral

Comienza otro trimestre convulso en lo político, con tres grandes preguntas cuyas respuestas pueden dibujar un mapa institucional bastante distinto al actual. Para eso sirven, al final, las elecciones: para elegir a quienes mejor representan un momento social dado. Momento social siempre cambiante, y, en los tiempos actuales de turbopolítca, también veloz.

La primera cita, pese a que esté pareciendo eclipsada por las elecciones catalanas, será en Euskadi el próximo 21 de abril. La pregunta, si se hubiera formulado hace una década, hubiera acaparado toda la atención. ¿Ha dejado la izquierda abertzale de estar vinculada al terrorismo a los ojos de los electores vascos? ¿Se ha normalizado políticamente esta opción hasta el punto de disputarle la hegemonía a quien siempre la tuvo, el PNV? Si así fuera, como apuntan algunas encuestas, estaríamos ante movimientos de fondo de las placas tectónicas de la sociedad vasca. Relevo generacional de los líderes, incorporación de nuevos votantes que ya no han vivido los años más sangrientos de ETA, y una recomposición del espacio de la izquierda, motivada por el viraje de EH Bildu hacia una mayor focalización en temas sociales y económicos dejando en segundo plano las cuestiones identitarias, podrían ser las claves. Todo ello, en una comunidad donde la ciudadanía valora sus instituciones a niveles de como lo hacen los nórdicos. El análisis de los datos por edades dibuja una Euskadi muy distinta a la que conocíamos hasta ahora. (Para profundizar en los detalles, son muy recomendables estos análisis de la politóloga Eva Silván, buena conocedora del terreno).

La segunda cita, que parece haberse comido el primer plano opacando la vasca, se va a producir en Cataluña, llamada sorpresivamente a las urnas el próximo 12 de mayo. Allí el interrogante a despejar es claro e impacta y apasiona a toda España: ¿Se ha acabado el procés y estamos ante un post-procés? Si es así, ¿cómo se define la nueva situación? Las encuestas, como esta del CEO, dan vencedor a Illa, como ya ocurrió el pasado 14 de febrero de 2021, pero no acaban de despejar de forma nítida posibles alianzas de gobierno. ¿Se mantendrá ERC como segunda fuerza o cederá el paso a un Junts capaz de mantener la tensión con el hiperliderazgo de Puigdemont en el centro de la campaña? También el PP se la juega especialmente en Cataluña, con una previsión de crecimiento que, según algunas encuestas, podría llevarles a quintuplicar escaños. El resultado, sea el que sea, tendrá consecuencias en la estabilidad del gobierno de coalición español, necesitado, como recuerdan a menudo dirigentes del PNV, “de todos los votos, todo el tiempo”. Si Illa consigue ser president, la estrategia de Pedro Sánchez recibirá un evidente respaldo. En Cataluña.

Si, como apuntan los sondeos, Bildu ganara en votos en Euskadi aunque no llegara a gobernar por el anunciado apoyo del PSE al PNV, y en Cataluña Illa consiguiera formar gobierno, podríamos afirmar que estamos en el inicio de una etapa distinta en los territorios con mayor pulsión nacionalista, que podría abrir una puerta sustancialmente diferente a la reforma de la financiación autonómica, que es casi como decir a la pendiente reforma de la organización territorial del Estado.

Si Bildu ganara en votos aunque no llegara a gobernar por el anunciado apoyo del PSE al PNV y en Cataluña Illa consiguiera formar gobierno podríamos afirmar que estamos en el inicio de una etapa distinta en los territorios con mayor pulsión nacionalista

La tercera cita, la más discreta, la que menos atención recibirá y probablemente menos participación concite, será la europea. Paradójicamente, la más trascendental de todas. La pregunta, una vuelta a los principios: ¿Sigue Europa apostando por los valores democráticos que propiciaron su creación? Según el artículo 2 del Tratado de la Unión Europea, “la Unión se fundamenta en los valores de respeto de la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías. Estos valores son comunes a los Estados miembros en una sociedad caracterizada por el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre mujeres y hombres”. Comparen esto con lo que, por ejemplo, aquí en España está provocando la ultraderecha en los gobiernos autonómicos donde está presente, y que la derecha asume con evidente complicidad.

Mucho me temo que volveremos a presenciar una campaña que, pese a estar llamada a dilucidar quién nos representa en Europa, será la enésima ocasión para ventilar cuitas domésticas. La ciudadanía considerará esta cita con la urnas como algo secundario, pero sus consecuencias, importantísimas, apenas somos capaces de empezar a intuir. Europa se juega, en un contexto de incertidumbre y clima bélico, su propia razón de ser. Un incremento de la ultraderecha suficiente como para condicionar políticas de los conservadores sería la negación del motivo por el que nació Europa. El regreso al austericidio o políticas expansivas que se traducen en protección social, la transición ecológica para hacer frente a la crisis climática, la dirección que pueda tomar la inteligencia artificial o el papel que Europa asuma en las guerras de Ucrania y en el genocidio de Gaza dependerán de lo que votemos el 9 de junio. Las primeras encuestas, como esta de Ipsos, ya apuntan tendencias claras, pero el futuro no está escrito.

Tres citas electorales, por tanto, de amplio calado político, tanto que unas parecen eclipsar a las otras. Será necesario mantener bien abiertos los ojos y afilar el análisis para extraer todas las conclusiones que las urnas arrojen. Sobre todo si, como parece, se constatan cambios de calado.

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