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A la carga

Esperanza y Libertad

El libro de Raül Romeva, Esperanza y Libertad, está escrito con una lucidez extrema y admirable para alguien en sus circunstancias. La humillación innecesaria y arbitraria de la prisión preventiva, así como la expectativa de pasar una temporada prolongada en la cárcel una vez el Tribunal Supremo dicte sentencia, no le han llevado al resentimiento, la desesperación o la amargura. Antes al contrario, el libro da testimonio de un proceso de fortalecimiento personal y de un grado máximo de conciencia sobre los principios democráticos que deben regir la acción política y aun la vida misma.

Me gustaría dejar constancia de algunas de las reacciones que he tenido leyendo el libro. Déjenme que comience con una aclaración para que el lector tenga toda la información desde el primer momento. Conozco personalmente a Raül, aunque no hemos podido darnos la mano o un abrazo. He estado con él cincuenta minutos justos, nos vimos a través de un cristal y hablamos mediante un altavoz. Fue en la prisión de Lledoners, un domingo de julio de 2018. Un amigo común me dijo que Romeva quería conocerme. Acepté de inmediato: no soy independentista, no tengo simpatía por la causa independentista, pero quería expresarle mi solidaridad ante la reacción del Estado y de buena parte de la sociedad española. Me resulta increíble cómo hemos asumido en nuestro país la cárcel y el juicio penal a políticos que, más allá de lo que cada uno piense sobre lo sucedido en la crisis de 2017, son tan demócratas como el resto. En Cataluña, como me he hartado de repetir en estos meses, se produjo una crisis constitucional, no un golpe de Estado, una rebelión, o un alzamiento insurreccional. Entiendo, y en buena medida comparto, el reproche y la crítica política a las decisiones que tomaron los independentistas, pero en absoluto la respuesta represiva y judicial.

Hecha esta aclaración preliminar, voy con el libro. Esperanza y Libertad tiene tres registros bien distintos que, sin embargo, se conjugan con total naturalidad a lo largo de sus páginas. Son el relato carcelario, la narración autobiográfica y la reflexión política.

En primer lugar, se encuentra el relato sobre la cárcel y la pesadilla burocrática y represiva que ha puesto en marcha el Estado en su respuesta a la crisis constitucional catalana. A medida que Romeva narra, de forma desapasionada, sin exceso de adjetivos, los pormenores de su detención, interrogatorio, traslado a la cárcel, vida en prisión, etcétera, el lector no puede sino sentirse espantado por el absurdo e injusticia de la situación. Los presos independentistas han pasado del procés catalán a un proceso legal kafkiano. El contraste entre la descripción de los hechos del otoño de 2017 escrita por uno de los miembros más relevantes del Govern y las posteriores acusaciones de “alzamiento con violencia” (rebelión) es tan fuerte que no cabe escapar a la sensación de que nos encontramos ante una profunda anomalía política y democrática. La política española y catalana no podrá volver a funcionar con normalidad hasta que se resuelva este conflicto de una manera más civilizada (salvo que nos resignemos a vivir en una democracia de baja calidad).

En segundo lugar, Romeva habla de sí mismo, de cómo ha reaccionado a la pérdida de libertad, a las pequeñas humillaciones cotidianas del sistema penitenciario, al descubrimiento de los otros presos, al dolor y la congoja de las personas más próximas, a las nuevas rutinas, a la restricción de información procedente del exterior, etcétera. Nada de ello ha hecho mella en sus convicciones. Da un gran valor a los centenares de cartas que recibe semanalmente, casi todas llenas de afecto, aunque, como él mismo dice, con un grado variable de apoyo político. El autor manifiesta en todo momento su talante dialogante, su apuesta por un acuerdo amplio y comprensivo, su creencia absoluta en el principio de la no violencia.

Pero para mí lo más importante es la capacidad de Romeva para pensar en el conflicto catalán desde todas las perspectivas, incluyendo aquellas radicalmente contrarias a la suya. El autor ha reflexionado en profundidad sobre lo acontecido en la crisis constitucional y ha tratado de entender todos los puntos de vista, incluso aquellos que están más alejados de sus posiciones republicanas e independentistas. Esto es lo que más se echa en falta en el establishment político, periodístico e intelectual de España y Cataluña: las posturas parecen congeladas, cada uno se mantiene dentro de sus esquemas mentales sin querer hacerse cargo del disenso. La rigidez mental con la que se plantea el conflicto identitario y territorial es una de las causas principales del bloqueo actual. Que Romeva, desde la cárcel, haga este ejercicio de reflexión es realmente meritorio y digno de admiración.

Precisamente porque Romeva se ha tomado en serio la exigencia de coherencia política y personal, en el análisis del libro no rehúye conclusiones que pueden resultarle incómodas. Reprueba por igual las muestras de sectarismo y dogmatismo de los nacionalismos español y catalán y, con un espíritu abierto y auto-crítico, admite que el déficit principal del independentismo ha sido su insuficiente capacidad inclusiva. (p. 62, p.120, p. 126, p.153). En este sentido, interpreta así lo sucedido: “Teníamos mayoría para someter a votación popular, en forma de referéndum, la voluntad de convertirnos en República, pero no para llevarla a cabo. Y eso es lo que se hizo” (p. 124). En la misma línea, escribe más adelante: “Antes de poder afirmar que somos una República, debemos ser muchos más los que creemos que lo podemos ser, y que lo seremos. La fase actual nos obliga a repensar estrategias, calendarios y relatos” (p.140).

Romeva reclama empatía con los catalanes que no quieren la independencia de España y apela a buscar formas de persuasión insistiendo más en los valores republicanos y menos en las identidades nacionales. El proyecto que a su juicio despertará los apoyos populares necesarios para la formación de la República catalana será más lento y difícil de lo que los independentistas habían imaginado en un primer momento; se basará en una democracia fuerte, horizontal, que proteja los derechos y garantice la igualdad de oportunidades, que genere cohesión social y un nivel elevado de bienestar. Romeva piensa que ese proyecto se culminará con éxito en el futuro, aunque es consciente de las múltiples dificultades a las que se enfrenta, entre otras la resistencia de la UE y sus Estados miembro. En su mirada a largo plazo, los sucesos del otoño de 2017 son un jalón importante, pero hace falta mucho más para que la República pueda ser una realidad.

Yo soy más escéptico que el autor. Creo improbable que Cataluña llegue a ser un Estado independiente, no me parece que se vayan a dar las condiciones favorables para ello. Los casos exitosos de secesión territorial se han producido históricamente en el contexto de enfrentamientos bélicos y cambios profundos en los equilibrios internacionales de poder y, en casi todos estos casos, había mayorías muy amplias a favor de la formación de un nuevo Estado. Veo difícil que algo así vaya a poder ocurrir en Cataluña y España. Sin embargo, considero legítimo que los independentistas luchen por su causa y traten de convencer a sus conciudadanos para que les acompañen en su proyecto político. En mi forma de entender la democracia, no cabe la respuesta represiva que España ha puesto en práctica hasta el momento.

Esperanza y Libertad es un testimonio imprescindible sobre los efectos de la represión, pero es también una contribución fundamental al debate sobre el futuro de Cataluña y España. Si desde ambos lados se abandonara la intransigencia y se adoptasen los principios inclusivos y democráticos que Romeva defiende con tanta elocuencia en su libro, el desbloqueo de la situación sería mucho menos difícil.

[Hoy, martes 9 de abril, se presenta el libro de Raül Romeva en el Centro Cultural Blanquerna de Madrid a las 19:00. Intervendremos Diana Riba, Daniel Innenarity y yo con Ana Pardo de Vera como moderadora].

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