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Gracias, Soria, por devolvernos la ilusión en la Marca España

Estoy seguro, admirado José Manuel Soria, de que si has terminado renunciando a tu candidatura a la canonjía en el Banco Mundial es porque te diste cuenta a tiempo de la enorme zozobra que nos estabas provocando a los que, siguiendo tu preclaro ejemplo y el de tu partido, creemos a pie juntillas en el principio de que solo en la empresa privada está la salvación. Pero te confieso que hasta el anuncio de tu renuncia sentía una honda decepción que me amargaba el fin del verano.

De ti, un defensor acérrimo de la iniciativa particular como fuente de toda riqueza y todo empleo, un incansable luchador contra cualquier impuesto que grave el dinero de los emprendedores para dárselo a esos vagos que son los pobres, los viejos y los enfermos, de ti, ilustre prócer insular, esperaba que, tras dejar el Gobierno de España, fundaras una startup o, como mínimo, retomaras los negocios familiares. startup

Te imaginaba creando una nueva línea de productos saludables basada en el plátano canario, dirigiendo desde Las Palmas un equipo de jóvenes informáticos que inventara apps revolucionarias para el transporte marítimo, o diseñando un nuevo concepto de hotel playero que te situara a la altura de los Hilton, Ritz y Statler. Ya creía verte en la portada de la revista Forbes como un nuevo Steve Jobs o un nuevo Amancio Ortega, como un paladín de lo que la creatividad individual del capitán de industria puede aportar a la humanidad.

Admiraba, por supuesto, que hubieras abandonado el Gobierno de un modo tan gallardo, por un quítame allá esos negocios en paraísos fiscales no declarados a Hacienda, y cuatro o cinco piadosas, y bien justificadas, mentirijillas al respecto. Y soñaba yo con que el gran Soria iba a demostrarnos a todos que la vida, la verdadera vida, la de la productividad y el beneficio, solo existe fuera de lo público.

Y hete aquí que el viernes por la noche recibí la noticia de que habías tenido un momento de debilidad. De que te habías postulado para lo que tu correligionaria Esperanza Aguirre, otra titán del neoliberalismo, llamaría una mamandurria: un puesto de alto funcionario en un organismo internacional muy bien pagado por los contribuyentes y –esto sí que te honraba– libre de impuestos.

Mi desilusión y mi dolor fueron enormes. En vez de comenzar a caminar por la vía del emprendimiento, de darnos a todos el ejemplo de una valiente reconversión personal, de salir de tu zona de confort y osar una travesía exaltante, tú, el gran Soria, optabas por lo más fácil. Cual si fueras uno de esos parados que no trabajan porque no quieren, que solo saben vivir de los subsidios y votan a las izquierdas.

Imaginé con tristeza que te habías enterado de que estaba disponible una sinecura al alcance de un enchufe gubernamental, habías hablado con algunos de tus ex colegas del Gabinete y te habías propuesto para asumirla. Les habrías dicho, cabe imaginar, que los servicios por ti rendidos a las compañías energéticas patrias (esas justificadísimas subidas de precios a los usuarios, esas visionarias prospecciones petrolíferas en Lanzarote y Fuerteventura, esos merecidísimos impuestos a los rojazos que quieren usar el sol y el viento…) bien merecían la modesta recompensa de ganar un cuarto de millón de dólares al año. De dinero público, por supuesto, que a tu edad no estabas para la incertidumbre de un posible despido o un ERE en una compañía privada.

Intenté consolarme diciéndome que tú, campeón, también eres humano, mortal de carne y hueso sujeto a momentos de flaqueza. Supuse que habrías comprobado que ese puesto en el Banco Mundial no estaba sujeto a engorrosas complicaciones como tener que presentarse a una oposición o un concurso, que, a tus años y con tu impecable hoja de servicios a la grandeza de España, tampoco estabas para ponerte a empollar temarios o competir por méritos con mindundis. Y conjeturé que, mediante discretas gestiones en restaurantes de la Guía Michelin, habrías garantizado que tus amigos De Guindos y Rajoy compartían tu criterio de que tú eras el indicado para la canonjía y, en consecuencia, no tenían el menor problema en enchufarte.

Pero no conseguía yo evitar, lo repito, que la noticia me amargara el final del verano. Creía que el PP, ahora sabiamente acompañado por esos vigías del siglo XXI que son los chicos y las chicas de Ciudadanos, había abandonado el capitalismo de amiguetes, lo del enriquecimiento fulgurante del cuñado a base de contratas, recalificaciones, subvenciones, exenciones fiscales y otras ventajas de las ubres públicas. Tras pasar por las agua bautismales de Rivera, ya veía al PP limpio de toda corrupción, el esto para mí, esto para ti, esto para el partido y lo que sobre, si es calderilla, para aulas prefabricadas y, si es pasta gansa, para un palacio de congresos de Calatrava. Y daba por hecha su renuncia a las puertas giratorias, el me colocarás en algún consejo de administración, o, si no queda más remedio, algún organismo público cuando deje el ministerio, la alcaldía o el escaño, ¿no? Es que llevo lustros consagrado al servicio público y he olvidado cómo se echa un currículo.

Andaba yo con estas ilusiones cuando la noticia de que el Gobierno te iba a colocar en el Banco Mundial me golpeó como un mazazo. ¿Un puesto funcionarial? ¡Qué falta de ambición! ¿Un enchufe? ¡Qué desdoro para nuestra Marca España! Pero gracias, ahora de nuevo admirado y admirable Soria, por rectificar a tiempo; gracias por renunciar, de nuevo con galanura, a la, por lo demás, bien merecida bicoca. Siento que mis ilusiones reverdecen y que ahora puedo dedicar esta columna a lo importante.

A exhortar a Pedro Sánchez para que deje gobernar a un PP regenerado por la mera compañía de Ciudadanos, tan buena, le recuerdo al socialista, que él mismo se casó con Rivera la pasada legislatura en una ceremonia exprés en Las Vegas. A intentar ver lo que no he logrado ver durante el verano, pero sin duda por ceguera mía porque tantos ilustres sí lo han divisado: una España sumida por la falta de Gobierno en revueltas sangrientas, parálisis de las administraciones públicas, huida masiva de turistas, asfixiantes corralitos financieros y asaltos a punta de navaja a cualquier hora y en cualquier esquina. A sugerirles a los de Unidos Podemos que dejen de adorar a Satanás, renueven sus vestuarios en El Corte Inglés y se pongan de una puñetera vez a estudiar Business Administration. Uf, qué alivio poder decirlo.

Quilombo en el PSOE

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