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Juventud: del botellón a Pedro Sánchez

La juventud, como coartada biológica para la regeneración y la esperanza, ha jugado un papel muy significativo en esa fábula amarga que llamamos Historia Contemporánea de España, una colección de glorias huecas, bellos sueños frágiles y desencantos.

Si queremos buscar fecha, todo empezó en 1870 con una meditación del pedagogo Francisco Giner de los Ríos titulada La juventud y el movimiento social.La juventud y el movimiento social Un país seco, minado por las corrupciones y las mentiras, necesitaba educar a una juventud capaz de consolidar un Estado y regenerar la vida social. Para eso fundó Giner la Institución Libre de Enseñanza, y en esa ilusión de ramas verdes en el olmo seco vivieron sucesivas generaciones a través de las fechas, los nombres y las misiones pedagógicas. El 1898, 1914, 1927, 1931, Unamuno, Ortega y Gasset, Azaña, García Lorca, Luzuriaga...

Ortega llegó a quejarse de haber vivido sin juventud porque, en vez de apurar sus felices 20 años, tuvo que quemar la mocedad en el compromiso regenerador de España. Ser joven ha soportado aquí el sobrepeso de una discusión perpetua: la tarea de dar solución a la realidad mohosa de una política oficial sin escrúpulos y sin piedad para los ciudadanos.

Quizás convenga recordar que la apuesta en favor de la juventud lanzada por Giner de los Ríos llegó después de un fracaso sonoro de las ilusiones juveniles. Su famosa meditación empezaba constatando lo siguiente: “En pocos periodos de nuestra historia contemporánea habrá hecho alimentar la juventud tan consoladoras esperanzas como durante los últimos diez años que preceden a la Revolución de Septiembre”.

En 1868 el sueño de la España progresista consiguió expulsar del trono a Isabel II. Los Borbones se fueron a Francia en medio de la alegría general. El compromiso pedagógico de la Institución Libre de Enseñanza surgió cuando los hechos demostraron que la juventud española, arrebatada al criticar la descomposición del país, era incapaz de crear una alternativa. Acabó por aterrorizar no sólo a la oligarquía, sino a la clase media que la había apoyado. Los jóvenes de 1868 se comportaron con la misma degradación ética que sus mayores.

La verdad es que confiar la regeneración de un país a razones biológicas no es un argumento muy sólido. Tan peligrosos son los viejos cascarrabias como sus herederos, formados con la misión de perpetuar el orden vigente. Aunque conviene siempre abrir las ventanas para que entre aire limpio, no es bueno reducir el debate de ideas a una simple cuestión generacional. Se corren dos peligros paralelos: la perpetuación sibilina de lo anterior (cambiar de cara, para que no cambie nada) o el desplazamiento de la vitalidad al irracionalismo de los frentes de juventudes. Los jóvenes del 1868 acabaron provocando una Restauración que devolvió el trono a los Borbones y la política española a la corrupción y la mentira. Y España siguió soñando en su juventud redentora en una larga marcha que pasó de las aulas de la Institución Libre de Enseñanza hasta las cafeterías barbudas y llenas de humo del antifranquismo.

Felipe González fue un joven sin escrúpulos, que rompió con sus mayores, convirtió la política en un exitoso marketing electoral y se deslumbró con el mundo del dinero. Si Pedro Sánchez no comprende que los problemas actuales del PSOE tienen mucho más que ver con la figura de Felipe González que con los últimos naufragios de su heredero Rubalcaba, tal vez ejerza una juventud brillante y sin escrúpulos, pero no será capaz de crear una alternativa para el socialismo español.

El sobrepeso soportado por la juventud en la historia de España tuvo un momento de vacaciones en los años posteriores a la Transición. Cuando el discurso oficial estableció que todo estaba hecho, que la historia se había acabado con una democracia perfecta gracias al Rey y a sus validos, las plazas sustituyeron las banderas por litronas de cerveza. A la juventud se le dio permiso para ser hedonista, dedicarse al botellón y disfrutar de las alegrías de la mocedad.

Como la democracia no ha resultado perfecta y está llena de socavones, la juventud ha vuelto a la primera línea de fuego. Las cosas están tan mal entre los viejos de la política española que a veces el panorama de los jóvenes recuerda más a la Septembrina de 1868, con discusiones de barra de bar y botellón, que al sueño pedagógico de Giner de los Ríos.

Soy un melancólico optimista, mantengo la disciplina de la esperanza. La realidad sociológica indica que los españoles jóvenes están mejor preparados que nunca. Indica también que muchos de ellos deben emigrar para buscar su destino fuera del país roto que les hemos dejado. Hacen bien, pues, en intentar hacerse dueños de su destino. Pero más que la sociología, me sostiene la voluntad. Me queda la esperanza de que los jóvenes no confundan el debate de ideas con un debate biológico, que no se sientan orgullosos del simple marketing juvenil, que no se parezcan a sus abuelos y sus padres..., que intenten crear una alternativa razonable.

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