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En qué orilla te ha tocado estar

Raquel Martos nueva.

Hola, tengo trece años. Dice mi padre que cuando aprendí a andar daba golpecitos con el pie a todo lo que me encontraba por el suelo. Mi madre siempre le contesta que cuando estaba embarazada de mí no paraba quieto, que siempre estaba moviéndome dentro de su tripa y dando patadas. Debe de ser por eso que lo que más me gusta de la vida, del mundo y de todos los inventos de la historia, es el fútbol.

Mamá y papá no lo saben, pero algún día seré un futbolista famoso, uno de esos que ganan balones de oro y salen por televisión llorando cuando levantan trofeos.

Hola, tengo siete años y lo que más me gusta es ir de excursión. En el cole siempre nos avisan semanas antes y nos ponemos como locos. Yo, desde que nos lo dicen, ya estoy nervioso… La noche anterior, mamá me manda temprano a la cama. Dice que lo hace para que descanse, porque un día de excursión es tan divertido que resulta agotador. ¡Y tiene razón, menudo día! Mis amigos y yo cantamos en el autocar y al llegar al sitio al que nos llevan, jugamos, nos bañamos, nos escondemos… Y, a veces, cuando se despistan los profes, nos encaramamos a algún árbol, o alguna roca que está muy alta. Es una sensación genial, da un poco de vértigo, pero del miedo se te escapa la risa… y a mí un día ¡hasta se me escapó el pis!

Mamá no lo sabe, pero cuando voy a ir de excursión, aunque ella me obliga a acostarme casi de día, es tanta la emoción que no duermo pensando en lo que me espera

Hola, soy un bebé de muy pocos meses, los adultos no saben lo que pienso porque todavía no hablo, pero es curioso, mi madre siempre lo adivina todo: cuando tengo hambre, cuando me he hecho caca, cuando tengo sueño, cuando quiero me bañe… ¡Me encanta flotar en el agua!

Mamá a veces llora, pero yo no sé acunarla como hace ella conmigo para consolarme. Cuando aprenda a hablar, para que esté contenta y no llore más, le diré que lo que más me gusta de vivir es ir enganchado a ella, como una mochila, como si los dos fuéramos uno. Y tocarle la cara y agarrarme a la tela de su vestido cuando vamos a comprar, o a buscar a mi hermano mayor o al patio de la casa de la abuela, porque donde va ella, voy yo. Mamá no lo sabe pero con ella siempre me siento a salvo.

Hace unos días, menores de edad, locos por el fútbol, fueron engañados en Marruecos para cruzar a Ceuta porque les contaron que jugaba Cristiano Ronaldo y se quedaron perdidos, fuera de juego; niños muy pequeños fueron sacados de sus colegios y metidos en autocares para una presunta, inesperada y falsa excursión al otro lado de la valla. Bebés se unieron al destino de sus padres y madres desesperados por cruzar a la otra orilla, la que les separa de la pobreza.

La historia del mundo se relata con cifras económicas, recuento de bajas y fechas de conquistas, rendiciones, invasiones o pactos firmados por líderes mundiales.

Se cuenta con razones de geopolítica, economía o estrategia diplomática.

Pero la historia del mundo se escribe con millones de historias individuales, de seres humanos que nacen, por casualidad, en una orilla o en otra. En la de las oportunidades, la de los sueños que pueden llegar a cumplirse, o en esa otra, en la que cada día de supervivencia es un logro.

Estamos desgastando la empatía de tanto nombrarla y quizás deberíamos añadirle una pátina de conciencia y sentido de la realidad para devolverle la fuerza al concepto. Que no es solo tratar de ponerte con la imaginación en el lugar del otro, es también tomar conciencia de que tú podrías estar en ese lugar, de verdad, de que quizás algún día lo estés.

Ojalá nunca me vea en una valla tan alta de la que no sepa bajar y si me veo, ojalá haya alguien como Juan Gabriel Gallego para rescatarme y quitarme el miedo. Ojalá nunca me vea flotando en medio de un mar incierto y si me veo, ojalá haya alguien como Juan Francisco Valle que me ayude a salir a flote. Ojalá nunca me vea en la orilla de la pobreza y la desesperación y si me veo, ojalá en la otra orilla haya alguien que me abrace, como Luna Reyes.

No sé escribir lo que siento

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