Desde la tramoya

Pellizquitos

Si once diputados del PSOE se hubieran abstenido, ahora Pedro Sánchez estaría liderando la oposición y Mariano Rajoy estaría preparando sus contestaciones en las sesiones de control, a preguntas sobre Barberá, sobre Soria o sobre lo que nos ha costado el rescate bancario. Los socialistas podrían estar defendiendo mociones urgentes sobre esos mismos asuntos.

Yo pensaba (y pienso aún) que eso era y es lo más razonable: asumir que el PP debe gobernar con la misma precariedad con la que ha formado su grupo parlamentario y que el PSOE debe liderar una oposición dura contra el PP y crecer en esa labor durante la legislatura. No sólo lo creía, sino que, por lo que conozco a los socialistas, pensaba que eso sería lo que sucedería.

Me equivoqué al cien por cien, y he visto como los hechos iban contradiciendo mis torpes predicciones. De manera que el PSOE sigue hoy sumido en una contradicción tan evidente como, a mi modo de ver, improductiva. No a Rajoy, "una y mil veces no", como ha afirmado con contundencia Sánchez. Pero, al mismo tiempo, "unas terceras elecciones serían un desastre". Un gobierno alternativo al de Rajoy podría ser la solución, parecen creer algunos dentro del PSOE, pero en realidad la mayoría del partido sabe que eso es una quimera, porque los socialistas no se entienden bien con Podemos, y porque, aunque se llevaran mejor, necesitarían otras compañías (Ciudadanos y nacionalistas) incompatibles entre si.

La culpa de que el PSOE esté en ese callejón sin aparente salida, no es de Sánchez ni de ningún otro líder en concreto. Tiene su origen en una decisión que no es sólo estratégica ni sólo operativa, sino que abre un debate político real y sustancial: cómo combinar la oposición al PP con la responsabilidad de Estado, con el menor coste posible, y sabiendo que a la izquierda hay un partido que quiere ocupar tu espacio y que mostrará una impostada cólera si dejas que Rajoy gobierne.

El PSOE haría bien en tomar colectivamente una posición (por consenso o por mayoría) y defenderla en todos los frentes. Mientras eso no suceda, veremos esos pellizquitos tan inoportunos que unos y otros se dan en forma de tuits o insinuaciones venenosas. Lo que destroza a un partido, como sabe cualquiera que se dedique a la política, no suele ser adoptar una decisión u otra, sino mostrarse dividido o dubitativo o incoherente al tomarla.

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