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Buzón de voz

El 'postureo' del presidente

La calle siempre va por delante de la política, de la justicia y de la Real Academia de la Lengua. Las redes sociales no son la calle, pero sí uno de sus tramos, al menos un callejón, incluso una gran plaza. Hace meses triunfó en Twitter un término no admitido (aún) por la RAE: postureo. Tiene ya mil acepciones, pero su significado más genuino enlaza con las falsas apariencias, con simular lo que uno no es, con “hacer que sí cuando es que no”, con el engaño y sus múltiples derivados.

España es un país de especialistas en el postureo, pariente lejano de la picaresca. Del rey abajo, se salvan pocos, incluyendo al rey. De hecho, tampoco la RAE admite el verbo borbonear, que describe perfectamente los postureos desplegados por Alfonso XIII, sus ascendientes y sus herederos. Y no se salva el mismísimo presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.

Después de 32 años dedicado a la política, ha conseguido labrarse fama de sensato, moderado, serio, riguroso, austero. Y lo ha hecho a base de presumir de “sentido común”, de ser “una persona normal”, cumplidor estricto del orden establecido. Y de haber renunciado, supuestamente, a la vida acomodada de un registrador para sacrificarse en el servicio público.

Sombras de un autorretrato

Hace una semana que infoLibre viene publicando datos que ponen en evidencia el postureo del político/registrador Rajoy. Hasta el momento, sabemos que un Gobierno del que él formaba parte, en 2001, escondió en un “archivo de seguridad” el expediente que registraba su historial; sabemos que cobró como político y como registrador a un tiempo mientras la ley se lo permitió; sabemos que tardó quince meses en cumplir lo que establecía la ley que enterró el régimen de la función pública heredado del franquismo; sabemos que se niega a aclarar si continuó o no simultaneando ingresos hasta 1998, cuando otra ley prohibió expresamente hacer algo que se supone que ya estaba prohibido. Hoy añadimos un dato más: durante los dos únicos años en los que ejerció como registrador, Rajoy incumplió la norma que obliga al titular de un registro a residir en la ciudad donde tiene su plaza en propiedad, en este caso Santa Pola (Alicante).

La misma semana que el Congreso aprueba una Ley de Transparencia sin consenso, Moncloa se niega a responder cuestiones que tienen todo que ver con la biografía política y profesional del presidente del Gobierno y con el cumplimiento de sus obligaciones. Recordar que en otros países hay políticos que dimiten por haber plagiado párrafos de su tesis doctoral debería sonrojar por aquí a unos cuantos. Algunas de las preguntas sin respuesta le llegarán a Rajoy vía parlamentaria por iniciativa del diputado Gaspar Llamazares (IU). También el PSOE ha anunciado que exigirá explicaciones al presidente.

Agarrado al silencio

Que Rajoy siente cierta fobia hacia la prensa independiente no es novedad. Prefiere las pantallas de plasma, los comunicados escritos o las preguntas “pactadas” con un medio adulador. Ni siquiera en la última rueda de prensa en Buenos Aires de la candidatura española a los Juegos Olímpicos 2020 pudo disimular la irritación que le produjo el “atrevimiento” de un periodista a preguntar por el hecho relevante de que un país con un 26% de paro optara a ser sede olímpica.

Del mismo modo que Rajoy sigue sin contestar en el Congreso una sola palabra sobre los SMS que enviaba a Luis Bárcenas después de conocerse sus millonarias cuentas en Suiza, el presidente se agarra también al silencio acerca de los datos que comprometen su biografía oficial. Es coherente con su Ley de Transparencia, pendiente de tramitación ahora en el Senado y que también tiene rasgos de postureo. Por ejemplo al establecer el rechazo a solicitudes de información de los ciudadanos por simple “silencio administrativo”. Sin mayor explicación.

“La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio”, dejó escrito Cicerón hace más de dos mil años. La cacareada pretensión de “regenerar” la democracia no es compatible con el silencio ni con el postureo de los gobernantes.

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