Qué ven mis ojos

Ahora que la realidad supera a la ciencia ficción

Benjamín Prado

“No hay agua suficiente en el mundo para aclarar las ideas de quien prefiere no saber”

Qué difícil es encontrar una grieta en el muro del dolor para que entre por ella la esperanza. Qué difícil combinar el miedo con el optimismo. Y sin embargo, la lucha titánica de España contra el enemigo invisible que nos mata como un francotirador desde un tejado empieza a dar resultados. El asesino pronto se quedará sin balas, que era el objetivo del confinamiento y lo que obligó a paralizar el sistema. No hace falta subirse a ningún barco para naufragar y lo hemos hecho, así que ahora toca buscar tablas de salvación y nadar hacia nuestras costas, porque si lo hacemos hacia otras acabaremos en el fondo del mar. Si vivir este drama no nos enseña a defender nuestra Sanidad pública y nuestra industria, volverá a ocurrirnos. Tenemos que poder defendernos solos cuando los demás estén ocupados defendiéndose a sí mismos.

Ahora sabemos que nos habíamos quedado cortos con la frase hecha y que la realidad supera a la ciencia-ficción. Y pronto tendremos que aprender a sortear una crisis económica sin precedentes. Será dura, pero los afortunados serán quienes puedan vivirla. Entre los que no lo harán, este lunes hubo otras seiscientas treinta y siete víctimas. Es la cifra más baja desde el veinticuatro de marzo y junto a la que registra más de 40.437 personas recuperadas parece certificar que la guadaña de la famosa curva de la muerte empieza a bajar. Aún así, los números dan escalofríos: 13.055 fallecimientos, 135.000 contagiados, 60.000 hospitalizados… Y nos parten el corazón algunos testimonios, como el de un bombero de Madrid que ha contado que “el 85% de las salidas que hacemos son para abrir puertas, porque la gente se está muriendo sola en sus casas”. Es la otra cosa que nunca debe olvidársenos ni puede volver a ocurrir, el abandono de nuestros ancianos, la vergüenza de su soledad y su desprotección, el estado de las residencias donde se los confina, en el noventa por ciento de los casos privadas, concertadas y a menudo en poder de fondos-buitre. Ya hay quien ha echado cuentas del ahorro en pensiones que supondrá esta catástrofe que se ha cebado en los jubilados. En un país maravilloso, lleno de gente buena, capaz, responsable, solidaria, trabajadora e inteligente, los miserables son los menos, pero lo son de manera extrema. La mejor forma de salir de un abismo es apoyándose unos en otros; la peor, poniéndose zancadillas.

Esta pandemia nos ha pillado distraídos en otras cosas y con la guardia baja, sin mascarillas pero con demasiadas máscaras. Cuando la superemos unidos y sobre todo juntos, será un momento perfecto para quitárselas a algunos y ver qué había debajo. Para entonces habrá acabado el baile, que era una danza de la muerte, y los vendedores de humo también intentarán reabrir sus negocios, pero si hay suerte ya estaremos escarmentados, le habremos visto las orejas a lobo y esta vez no les será tan fácil cegarnos. Por supuesto, habrá los que prefieran seguir confiando en las mismas promesas, pero eso no tiene remedio: no hay agua suficiente en el mundo para aclarar las ideas de quien prefiere no saber. En una democracia caben todas las ideas, menos las que defiendan o alienten la violencia, pero nos conformaríamos con que al menos una fuese compartida: hay que defender y afianzar los servicios públicos, no pueden convertirse en una mina de oro para unos cuantos, sino en un derecho de todos.

El director de la OMS para Europa se ha declarado “profundamente impresionado por el heroísmo” de nuestro personal sanitario, entre el que ha habido 19.400 contagios y varias defunciones. Tiene razón y los aplausos de la ciudadanía cada noche desde sus balcones demuestran que estamos de acuerdo con él. Sin embargo, al heroísmo le pasa lo que a la beneficencia: es admirable pero no deseable, sería mejor que no hubiera sido necesario, que los médicos, doctoras, celadores, enfermeras, conductores de ambulancias, servicios de limpieza y desinfección y demás, hubieran tenido material de protección suficiente que los defendiera, en lugar de tener que ir a salvar las vidas de los pacientes con batas caseras y gafas de bucear. Y que las plantillas y las camas hubieran sido las que eran hasta que el neoliberalismo las diezmó reduciéndolas, unas y otras, a tres mil menos. Eso no puede ser, ni que nuestros hospitales dependan de lo que podamos comprar en el mercado de China, cuyos productos no suelen ser, precisamente, un modelo de fiabilidad, tal y como se ha vuelto a ver con los test de detección inútiles que querían vendernos. Es imprescindible que nuestras empresas nos puedan abastecer y ayudarlas creará seguridad y trabajo. Ahora mismo, aquí hay fábricas de Torrelavega, León y otros lugares que permanecen cerradas, que se dedicaban precisamente a la celulosa y que, en consecuencia, podrían estar fabricando millones de mascarillas y ropa defensiva, pero no pueden hacerlo porque quebraron y a nadie se le ha ocurrido volver a encender sus máquinas y a contratar a sus operarios

Saldremos de esta unidos, eso lo comprende en estos días trágicos cualquiera. La pregunta es si seguiremos estándolo cuando alcancemos la orilla, cuando volvamos a sentirnos fuertes. Lo tenemos fácil, porque ahora sabemos dónde están las piedras en las que no hay que volver a tropezar. Habrá que vigilar a quienes traten de cambiarlas de lugar. Sólo así seremos capaces de volver a ver molinos donde nos quieren hacer ver gigantes.

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