Qué ven mis ojos

La democracia consiste en que cada uno recoja lo que siembran otros

Hay dos tipos de Estados: los que recaudan impuestos para ellos y los que lo hacen para los ciudadanos; aunque de la segunda clase, no queda ninguno en activo”.

Estos días, tras las impresionantes manifestaciones que nuestros pensionistas han celebrado en todas las ciudades del país, ha corrido como la pólvora por la red una reflexión, firmada por un ciudadano llamado Juan Leyva —¿será el poeta del mismo nombre que ganó el premio Ciudad de Badajoz con el libro Caja de resistencia, hace tres o cuatro años?—, que si lo piensas dos veces, resulta muy poco tranquilizadora: “En el 68 fueron los estudiantes; en 2018, los jubilados; es decir, los mismos”. Es una frase que habla bien de esa gente indomable, cuyo espíritu de lucha no ha sido amansado por el paso del tiempo, y que pone a las claras que esta vez el Gobierno tiene un mal enemigo frente a él; pero que también deja una pregunta en el aire: si los que pelean, y cuando lo hacen infunden respeto y temor, son los mismos, ¿qué ha pasado con el resto? ¿Es posible que la democracia haya domado lo que no consiguió eliminar la sanguinaria dictadura que asoló España durante casi cuatro décadas, con tanta ferocidad que el asesino en jefe aún tiene en pie su vergonzoso monumento en el Valle de los Caídos?

Aquí a los pensionistas, y en general a las personas mayores, ni se los respeta ni se les trata bien, sino como si molestaran, como si sobrasen. Nadie se escandaliza cada vez que una ministra o ministro de Sanidad aparece en los medios de comunicación para decir, con otras palabras, naturalmente, que el problema de nuestro sistema es que los ancianos no se mueren, insisten en permanecer a este lado del más allá, y así es imposible sostener el gasto farmacéutico que generan. Igual por eso el PP ha vaciado la famosa hucha de las pensiones, convencido de que ese dinero se podía dedicar a cosas más importantes que la tercera edad, la de lo que ellos ven como seres humanos no productivos. Y ese veneno es tan contagioso que hoy en día, por una de esas trampas de la corrección política, casi da miedo decir la palabra viejo, que parece haberse convertido en poco menos que un insulto. Al poeta Juan Leyva no le dio miedo usarla para titular uno de los poemas de aquel libro, que se llama justo así, Ese viejo, y nos recuerda que lo viva que esté una persona no lo dice el carnet de identidad, sino la actitud: “Ese viejo que ves en el sillón, es mi padre. / Duerme sin tener sueño, le sobra la mitad del día. / Su religión son las horas de la comida / y le reza a una caja con pastillas. / Mira la tele como si la viera por primera vez. / Quiere que le cuente cosas que no duren más de cinco minutos. / Responde siempre lo mismo, como un médico de cabecera. / Antes de salir por la puerta se da la vuelta un par de veces, palpándose los bolsillos. / Le preocupa el tiempo que hará mañana. / Desayuna de pie dos galletas de fibra. (…) / Ese viejo que ves ahí, es mi padre, / tan parecido a otros, incluso para mí. / Cuatro veces por semana recorre a los especialistas, rellena boletos de lotería, trafica con resultados deportivos. (…) / Ese viejo que ves ahí, sin venir a cuento / le da un beso a mi madre en la cocina / y a mí me guiña un ojo / como si la acabara de conquistar”.

Esta vez el PP tiene un mal enemigo frente a él, porque por razones como mínimo inexplicables, resulta que los pensionistas son uno de los graneros de voto de la derecha, así que en las paredes de la calle Génova han empezado a salir otras grietas en otros sitios, y el edificio amenaza derrumbe. ¿Por qué han maltratado y ahora ofendido de ese modo a nuestros mayores, con una subida del 0,25 que es una burla? ¿Por qué mejora todo, según el Gobierno, menos los que están entre quienes más lo necesitan? El INE dice que nuestro PIB ha crecido un 3,1% en 2017. El propio Gobierno se ufana de que este año la tendencia es la misma; el Ministerio de Empleo vaticina que el próximo se alcanzarán los veinte millones de ocupados y el de Hacienda ha cerrado el anterior con la mayor recaudación tributaria de su historia. En ese contexto, ¿está justificado que pierdan poder adquisitivo? Sólo son posibles dos respuestas: no o nos están engañando, otra vez.

Porque dicen que todo esto es consecuencia de la crisis económica que se llevó por delante a la Seguridad Social, pero lo cierto es que a quienes hubo que rescatar no fue a los hospitales, sino a los bancos y que estos ahora tienen enormes beneficios que usan para repartir lo que ganan entre sus accionistas, en lugar de devolver lo recibido, que en su momento salió de los bolsillos de los contribuyentes. ¿Por qué no se destinan parte de esas ganancias, o todas, a rellenar la hucha de las pensiones, hasta devolverla al nivel que tenía antes de que Mariano Rajoy y los suyos llegaran a La Moncloa? Ya estoy oyéndoles llamarme demagogo, que es como los cínicos describen a cualquiera que no diga lo que ellos creen que tiene que decir. Y si protestas mucho, ahí está su Lay de Seguridad Ciudadana, porque lo que han restado en servicios públicos lo han incrementado en mordazas y en sanciones disuasorias. Aquí el que roba desde un palacio o un despacho es inmune, y el que le falta al respeto en una canción, va a la cárcel. Algo no funciona. Quién sabe si esos jóvenes del 68, curtidos en mil batallas y que en plazas peores han toreado, van a ser los que terminen arriando la bandera pirata sobre la que los neoliberales han pintado la de cada país.

Quienes no se mueven, no notan sus cadenas

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