Qué ven mis ojos

Una economía es sana cuando el dinero lo tienen quienes lo ganan, no quienes lo roban

“Una democracia también es la suma de las cosas que no permiten sus ciudadanos que se les hagan”.

Las baladas las crea la sociedad trabajando en equipo”, escribió el poeta norteamericano John Ashbery, fallecido este domingo, que solía decir que si usaba tantas frases hechas en sus versos era “para hacer más democrática” su literatura. El problema es que las baladas suelen servir para glorificar a los héroes, que son los que, nueve de cada diez veces, acaban muertos hoy y mañana con una estatua a cuyos pies irán a depositar flores los mismos que han mandado y volverían a mandar quitarlos del medio. Para unos, los himnos; para otros, los billetes.

En España y en lo que respecta a nuestra economía, cada vez que uno se teme lo peor, se queda corto; y eso es justo lo que ha vuelto a ocurrir con los datos del paro hechos públicos este lunes, que certifican que el desempleo subió en 46.400 personas con el fin del verano y sus ignominiosos contratos a tiempo parcial, a veces de un día, a veces de unas horas; sus trabajadores explotados al calor de la última reforma laboral, que trabajan de sol a sol y muchas más horas de las firmadas, con lo que se engaña a la vez al obrero y a la Seguridad Social, y a quienes con frecuencia se obliga a hacerse autónomos, para que quien les ofrece la limosna de una colocación a cualquier precio, se ahorre su cobertura; y eso cuando no se trata de becarios a los que se tiene a prueba sin sueldo, con la promesa de una futura entrada en nómina que nunca llegará a producirse. Vamos, eso que la titular de ese negociado en el Gobierno, Fátima Báñez, jura sobre siete biblias que es “una recuperación del empleo sólida, sana y social”.

A la ministra se le escapó una vez la verdad –igual estaba despistada, tal vez su discurso le pilló cobrando la dieta por alojamiento que ingresaba religiosamente cada mes, pese a ser propietaria de una o varias casas en Madrid–, y soltó con mucho desplante torero que “este Gobierno no dijo que la reforma permitiría crear empleo cuando la economía estuviera en recesión”. Sus palabras fueron tan sonadas que el Ejecutivo se vio obligado a salir al galope para dejarla con el discurso al aire: “Cuando hacemos la reforma laboral es para crear empleo”, la corrigió el presidente Rajoy en el Congreso. “La hemos hecho para crear las bases que permitan crecer y volver a crear empleo”, remachó Soraya Sáenz de Santamaría. “Ésta es una reforma laboral pensada para crear empleo”, les secundó María Dolores de Cospedal... La pobre Báñez no tuvo más remedio que desdecirse, hacer un vía crucis de declaraciones y, con la misma firmeza con la que había sostenido lo contrario, clamó en cada micrófono que le ponían delante que “el único objetivo de esta ley es que contribuya a la creación de empleo”, “cortar la sangría del desempleo”, “crear en este país empleo estable”... Decía Goethe que “toda palabra dicha despierta una idea contraria”, aunque lo raro es que sea en el mismo que la ha pronunciado. Pese a todo, la ministra es reincidente, y había vuelto a prometer que vivíamos “una primavera del empleo” cuando los números rojos han vuelto a ponerle la cara colorada.

Al llegar septiembre se han destruido 179.485 puestos de trabajo, que es la mayor caída a la lona en esta época, desde 2008 en lo que se refiere a la afiliación y desde 2011 en términos de paro. Así que después de la primavera vino el infierno y todo ardió rápido, sólo el 31 de agosto se produjeron 313.141 bajas y se convirtieron en humo 266.362 colocaciones. De hecho, ese día tiene ahora el deshonor de haber sustituido al pasado 30 de junio como el de mayor destrucción de empleo de nuestra historia. Así empezó y así ha acabado el verano que el PP pintaba de rosa. “La noche se posó en la ciudad como un negro plumón de cisne”, dice en otro de sus textos John Ashbery.

La realidad tiene muchos contrarios, y uno de ellos es la mentira. Para demostrarlo, las cifras del Ministerio de Empleo y Seguridad Social tuvo que salir este lunes a tergiversarlas su propio secretario de Estado, para quien “el crecimiento económico se sigue trasladando con gran intensidad al incremento anual de afiliación” y que para agarrarse a un clavo ardiendo trata de hacerse uno de los birlibirloques característicos de los jefes de su partido, dejando caer que “agosto suele ser un mes de tránsito en el que se extinguen ciertas actividades marcadas por el calendario estival, mientras aún no se ha reanudado la actividad en sectores que tradicionalmente sufren un parón en verano, como la industria y la construcción, que se espera que tengan un comportamiento positivo”. O sea, como cuando Franco proclamaba desde los balcones del Palacio de Oriente que estaban a punto de aparecer grandes bolsas de petróleo en nuestros mares y colosales yacimientos de oro en nuestras minas, algo que iba a hacer de España la nación dominante de Europa. Lo mismo, pero sin dictadura, eso sí, que es una diferencia más importante que cualquier similitud que se les pueda encontrar a uno y otro argumento.

Queda claro que Fátima Báñez era sincera cuando dijo que su reforma laboral no estaba pensada para crear trabajo. Los hechos le dan la razón que le quitaron sus compañeros del Gobierno y evidencian que el PP la hizo para abaratar los salarios; para que lo que se le daba a la banca se le quitase a sus clientes; para que el empleo fuese precario; para que los más ricos tuviesen el doble y el resto casi nada y, en definitiva, para convertir España en el país donde más ha crecido la desigualdad desde que comenzó la crisis inventada por los neoliberales con el fin de dinamitar el sistema; para que aquí el dinero que se gana, que es mucho porque de lo contrario sería imposible que se lo llevasen saqueadores y evasores, no fuera de quienes lo ganan, sino de quienes se lo roban. En agosto se firmaron aquí 1.536.400 contratos, pero nada más que un 7,51% fueron indefinidos. Qué buena, como siempre, la pregunta que se hizo este lunes el maestro Joaquín Estefanía en un tuit dividido en tres apartados: “1: El turismo bate todos los recórds; 2: En agosto sube el paro y baja la afiliación a la Seguridad Social; 3: ?????” Entre esas interrogaciones, también cabe una respuesta: la que pueden dar los ciudadanos en las urnas. “Cuando lo único que pensamos es cuánto podremos llevarnos con nosotros / no es raro que quien está en casa se siente, nervioso, junto a la chimenea apagada”, escribió en otro de sus poemas John Ashbery. Si es lo que hay y no es lo que queremos, ¿por qué no lo cambiamos?

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