Qué ven mis ojos

No es una bandera, es una cortina de humo

“Ser un golpista es querer pasar a la historia por encima de ella”.

Se puede ser un hombre gris y un iluminado. Se puede uno hacer pasar por la víctima de una agresión que él mismo ha cometido. Se puede ser un abanderado que no se distinga de un vendedor de mantas. Se puede querer pasar a la historia por encima de ella, lo cual es ir por el camino que lleva de estadista a golpista. Se puede hacer creer que se busca un tesoro mientras se cava una tumba. Se puede utilizar a las personas que te defienden como escudos humanos. Se puede uno esconder detrás de la gente a la que engaña. Se le pueden vender alas a los mismos a quienes se ha llevado al borde del precipicio. Se puede, en resumen, ser el actual presidente de la Generalitat, saltarte todas las leyes que te pongan por delante, a cara descubierta, y que no pase nada, lo cual es sorprendente en el mismo país donde, por poner un ejemplo entre muchos posibles, a una mujer que paga alimentos y pañales para sus hijas con una tarjeta de crédito que encontró en la calle, le imponen una condena de un año y nueve meses de prisión, por un delito de falsedad en documento mercantil, y otra de seis meses, por estafa. Podríamos hablar de la ley del embudo, pero esto no es un embudo, es un trombón.

A Artur Mas y su equipo, por si queremos más agravios comparativos, el Tribunal de Cuentas les acusa de desviar alrededor de cinco millones y medio de fondos públicos para el intento de referéndum del 9 de noviembre de 2014, y embargará sus bienes si no depositan esa cantidad en concepto de fianza solidaria. ¿Cuánto se estará usando ahora y por qué lo mismo aquella vez que ésta tienen que pagarlo los catalanes, tanto si están de acuerdo con estos procesos como si no? Cuando la tormenta dé lugar a la calma y cada palo tenga que aguantar su vela, ¿quién tendrá que devolver lo malgastado? Seguramente no lo hará nadie y pagarán justos por pecadores igual que ha ocurrido con el rescate bancario y en la mayoría de los casos de corrupción, y a lo mejor es que entre una cosa y la otra, el atraco a la democracia y a las arcas públicas, hay un puente de plata: como en España se roba, se blanquea, se evade y se financian partidos de forma ilegal, a menudo sin que quienes hacen todo eso sufran las consecuencias, es casi normal que los infractores se envalentonen, se sientan impunes, se salten la Constitución y hasta el Código Penal y, ya puestos, declaren la independencia como quien toma al asalto el islote de Perejil. El fiscal general del Estado, eso sí, ya ha advertido que "la detención de Puigdemont es una opción abierta". Qué más quisiera él, pensaremos algunos, que verse en el papel de mártir, porque este hombre no se siente heredero de su predecesor, que a fin de cuentas está inhabilitado y ha ido en un tiempo récord de delfín a último mono, sino de Lluis Companys, a quien también pensaba ganar por cinco días: en 1934, el líder de aquella Esquerra Republicana a quien la dictadura asesinó de forma miserable, proclamó el estado catalán un 6 de octubre; en 2017, él tramaba hacerlo el tres, a las cuarenta y ocho horas de la votación.

Lo peor de Puigdemont son tres cosas: que representa lo más peligroso del nacionalismo de cualquier clase y lo eleva al cubo; que está arruinando la parte de razón que asiste a quienes, con todo el derecho del mundo, se sienten independentistas o, simplemente, piden un mayor grado de autonomía para su región; y que le ha devuelto el favor a Rajoy, hoy por ti y mañana por mí: si el líder del PP es un fabricante de separatistas, el jefe por eliminación del PDeCat está tapando las goteras del edificio de la calle Génova. Por buscar un asunto en el que uno y otro coinciden: los dos tienen las sedes empeñadas y bajo la lupa de la Justicia, por reformarlas con dinero negro o por tirar la casa por la ventana mientras imponían recortes a los ciudadanos sometidos a su autoridad. Gracias a su enemigo íntimo, el inquilino de La Moncloa, donde sigue cómodamente mientras todos los demás se acusan de no haberlo desalojado de allí, vuelve a ser el que siempre ha sido, el menos malo, y a sacarle a esa virtud discutible un rendimiento admirable. Es lo de Lola Flores con un final distinto: no canta, no baila, no actúa. Estamos perdidos.

El 2 de octubre sólo va a ser un nuevo día si los protagonistas son otros. Las dos cabezas visibles del conflicto, los dos maquinistas implicados en el famoso choque de trenes, sólo han demostrado una cosa: que son completamente incapaces de pilotar nada y que, en el fondo, Cataluña les importa más bien poco, les viene bien, es una buena disculpa y, sobre todo, es una gran cortina de humo. Eso sí, pintada por cada uno de ellos con el color de su bandera.

Llámalo kafkiano y te quedarás corto

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