Qué ven mis ojos

El negocio sucio de las vacunas

Benjamín Prado nueva.

“Unas veces se gana, otras se pierde y ninguna de las dos cosas es motivo para dejar de luchar”.

A la hora de hablar de política, lo más probable es que si te piensas lo peor te quedes corto y lo más seguro es que no sabrás ni de qué ni de quiénes estás hablando, porque la sala de máquinas del mundo no la manejan los gobiernos, o al menos no solo ellos, sino otros poderes en la sombra que no respetan más ley que la del dinero. La palabra negocio lo resume todo, como lo hace el “pero” del titular de una reciente entrevista al presidente de la Xunta de Galicia: “Mi objetivo es salvar vidas, pero podemos caer en una recesión económica irreversible.” “Pero” es una conjunción adversativa que enfrenta conceptos o ideas opuestas; es decir, que el secreto a voces que nos cuenta entre líneas Núñez Feijoo es que en el neoliberalismo la bolsa siempre es más importante que la vida.

Lo que está ocurriendo con las vacunas contra el covid-19 también deja las cosas muy claras. Actuando con una prepotencia y una impunidad escalofriantes, a cara descubierta porque eso no importa mientras los contratos que firman estén disfrazados, la farmacéutica AstraZeneca, muy probablemente con la complicidad del primer ministro de Gran Bretaña, el inenarrable Boris Johnson, que es la versión continental de Donald Trump igual que Trump era la peor versión posible de Margaret Tatcher y un Ronald Reagan de saldo, ha jugado al gato y al ratón con la Unión Europea, le ha sacado los millones y los colores, ha recibido de ella una financiación generosa y en cuanto ha tenido el botín en las manos ha incumplido a conciencia los plazos y las cantidades fijadas. Al parecer, el acuerdo fue más de palabra que por escrito, porque resulta que nuestros líderes se dejaron engañar como auténticos imbéciles por la compañía y sus abogados. Les han dado el timo de la estampita. Si hubiesen leído a Francisco de Quevedo sabrían que “nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir”, pero no parece muy probable, más bien es de suponer que si les hablas del Siglo de Oro no piensen en un libro sino una mina, no en un alimento de la inteligencia y del espíritu, sino en un valor refugio.

Ahora, humillada, ofendida y puesta en ridículo, la Comisión Europea, que amenazó con sanciones y cierres fronterizos al medicamento y ha tenido que plegar velas y sacar bandera blanca, acepta una rebaja del cincuenta por ciento en la entregas de vacunas, y trata de vender esa capitulación como un éxito. La amarga verdad es que los salteadores de caminos de AstraZeneca prometen, con una evidente condescendencia, subir en el primer trimestre de treinta y un millones de dosis a cuarenta y adelantar una semana la entrega del material, pero si echamos la vista atrás resulta que su primer compromiso era entregar ciento veinte millones de unidades, que luego bajó a ochenta y ahora a la mitad de eso. La cuenta es esa y no la que ahora quieren hacernos creer: iban a distribuir en tres meses ciento veinte millones de dosis y serán, en el mejor de los casos, cuarenta. Ochenta millones menos. Ochenta millones de personas que, de momento, no serán inmunizadas. Un crimen en toda regla.

Lo normal sería que esa compañía que especula con vidas humanas fuera intervenida, los responsables de esta estafa a gran escala perseguidos y, si se les pudiera echar el guante, cosa difícil cuando parece claro que Boris Johnson los escondería como Franco escondía a altos mandos nazis en la Costa del Sol, juzgados. Nada de eso va a ocurrir. La pregunta retórica es por qué y la respuesta llegará dentro de un tiempo, cuando alguno de las o los mandamases de la UE acabe en el consejo de administración de la farmacéutica. Aquí lo único transparente son los cristales de las puertas giratorias por las que se pasa de lo público a lo privado, y esas no las van a cerrar los que aspiran a que les den la llave. En nuestro país, de eso sabemos mucho.

Ojalá pudiera desarrollarse pronto la vacuna más avanzada de las varias en las que trabajan los laboratorios del CSIC, porque está claro que esto es como todo: si el hospital está más cerca de tu casa, tienes más posibilidades de llegar a tiempo a que te salven la vida. Pero esa posibilidad tampoco será sencillo que cristalice, porque la inversión que hacemos en investigación y desarrollo es ridícula y porque son necesarios muchos euros para que el medicamento salte de la fase preliminar a la clínica y de ahí a la de producción. ¿Habrá fondos para eso, como los hay para otras cosas? Igual era mejor que los pusieran ahí, en lugar de destinarlos a disparates como el hospital Isabel Zendal, de Madrid, por poner un ejemplo inmejorable de los tejemanejes que hacen ciertas administraciones para sacar beneficio del dolor y la muerte ajenas. Porque suelen serlo, aunque repitamos que una pandemia no entiende de clases sociales y algún que otro caso parezca demostrarlo. Pero quizá eso no sea nada más que la excepción que confirma la regla, porque: ¿se dan cuenta de que, hasta el momento, no se conoce una víctima mortal de coronavirus en el Congreso, el Senado o los parlamentos autonómicos? Será casualidad. Y, desde luego, nos alegramos por ellas y ellos.

La excepción y la regla es una obra teatral de Bertolt Becht que narra, según el poema que abre la función, “la historia de un viaje que emprenden / un explotador y dos explotados”, que van en busca de petróleo “en una época de confusión sangrienta, / de desorden ordenado, / (…) y de humanidad deshumanizada.”  El final es otro poema y contiene una recomendación y una súplica: “Habéis visto lo habitual, lo que suele ocurrir, / pero os rogamos algo: / que lo que no es admisible ¡lo encontréis insólito!; / lo que no es lógico, ¡encontradlo inexplicable! / (…) lo que es la norma, vedlo como un abuso / y cuando lo hayáis entendido, ¡ponedle remedio!” Ya lo decía José Luis Sampedro, que este lunes hubiese cumplido años: unas veces se gana y otras se pierde, pero nunca hay que dejar de luchar.

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