Qué ven mis ojos

Las puertas giratorias giran igual hacia la izquierda que hacia la derecha

Hay quien al cambiar de bando consigue que ninguno de los dos sea el bueno

Esto no tiene remedio, piensa mucha gente, desmoralizada con toda la razón del mundo al ver cómo una y otra vez, a un lado y a otro de las ideologías y las banderas, los políticos acaban en el consejo de administración de las compañías energéticas contra las que se oye a diario un clamor por el saqueo que le hacen al país con sus precios abusivos, mes a mes y casa por casa. Los recibos suben, alcanzan un máximo histórico tras otro, y ante cualquier intento de regular los precios se dispara la arrogancia de los jefes de esas empresas, que se sienten tan cubiertos por los sueldos multimillonarios que se ponen a sí mismos que llegan hasta el punto de retar al Gobierno a un duelo al sol, a amenazarnos a todos con detener las centrales o con llevarse la sede fiscal de sus empresas al extranjero. A ese bando se acaba de incorporar el antiguo candidato socialista a la alcaldía de Madrid Antonio Miguel Carmona, que antes de eso ya había ocupado multitud de cargos en el partido y que fue postergado por el actual presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que prefirió apoyar a una candidata independiente, Manuela Carmena, antes que a él, que algo entre manos debía de traerse cuando Esperanza Aguirre le ofreció sus votos y darle, en consecuencia, la vara de mando de la ciudad. Hubiera sido raro, desde luego, aceptar ese ofrecimiento de la misma persona que le había birlado la Comunidad a su compañero Rafael Simancas en el oscuro asunto de los dos tránsfugas del PSOE que le quitaron la victoria que había ganado en las urnas.

Ahora, Carmona, economista de formación, será el nuevo vicepresidente de Iberdrola en España y puede que tenga derecho a aceptar el trabajo que le ofrecen, dado que en la calle de Ferraz no le dan bola, pensará él, sino más bien la espalda; pero las cosas son lo que son, parecen lo que parecen y pasan cuando pasan, y esto llega justo en un momento en que el asunto de las hidroeléctricas se ha convertido en un auténtico pulso a La Moncloa, al Ejecutivo PSOE/UP y a la propia democracia, que ve muy mermadas sus posibilidades de cumplir con los requisitos que la hacen merecer su nombre cuando la desigualdad entre los fuertes y los débiles es tan notoria y, por añadidura, los que cortan el bacalao alardean de su poder a cara descubierta y a plena luz del día. El fichaje del antiguo cargo y dirigente socialista, por mucho que hoy no fuese mucho más que una figura del pasado y caída en desgracia entre los suyos, manda una señal demoledora que parecerá darle la razón a los partidarios de la teoría de que todos son iguales y terminan por hacer lo mismo en cuanto les dan un chófer, un despacho y, sobre todo, una copia de las llaves de la caja fuerte: las famosas puertas giratorias giran lo mismo hacia la izquierda que hacia la derecha.

Para completar el día negro de los socialistas, una investigación periodística asegura que la actual ministra de Defensa, Margarita Robles, se encargaba personalmente de entregar dinero invisible procedente de los fondos reservados a la Casa del Rey, para no dejar pistas. Si la noticia, con la que sorprendentemente el diario Abc no deja, ni mucho menos, en buen lugar a Juan Carlos I ni a la monarquía como institución, se confirma, se entenderá mejor la defensa cerrada que se hace desde el PSOE de la Zarzuela, tanto si llueve como si truena y la conclusión de las y los ciudadanos volverá a ser la misma: son los mismos perros con diferente collar, por decirlo con las formas del refranero.

En el PP se estarán frotando las manos, porque ya tienen otras dos botellas, aunque una esté llena y la otra estuviese vacía, con las que hacer ejercicios de tiro, para ir afinando la puntería. Ya se sabe que los actuales mandamases de la calle de Génova –una sede que está en venta pero no parece querer nadie, como si se tratara de una mansión con un fantasma o una leyenda negra tras sus muros– está actualmente bajo una jefatura, la que ostentan Pablo Casado y los suyos, derechita cobarde para sus socios de Vox y chiquilicuatres para su correligionaria Aguirre, que juega a disparar a todo lo que se mueve, pensando que si agitan el árbol comerán fruta y que a río revuelto, ganancia de pescadores: nosotros hacemos el ruido y ya caerán las nueces. Y no cabe duda de que ambos asuntos, el más grave y el otro, el de Robles y el de Carmona, les darán para aumentar el jaleo y para que su secretario general haga algunos chistes de los que cuenta por esos mítines de Dios. El último, algo escatológico, que creen ellos que todavía es el estilo de humor que gusta en España, ha sido decir que si las vacas contaminan con sus gases, más lo hace el avión en el que viaja el presidente del Gobierno. Habría que preguntarle cómo viajaban José María Aznar o Mariano Rajoy, y qué pasa en el Mar Menor, que agoniza gracias a las políticas de su propia formación, que impidió por ley que esa zona natural fuese protegida, echando abajo la reforma que había hecho el anterior presidente regional del PSOE. Las lecciones, para quien las pueda dar.

Eso sí, lo que deben de estar riéndose en Iberdrola, tras este golpe de efecto, no está escrito. A ver cuánto nos cuesta a sus víctimas cada carcajada.

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