Plaza Pública

Temporal no quiere decir precario

Marc Pallarès

Paseando por una de las ciudades más turísticas de La Mancha, leo en infoLibre las sorprendentes declaraciones de Rubén Urosa, director de Injuve. Con la cámara fotográfica al cuello, recorro las calles de esta ciudad durante una de aquellas tardes en las que percibes que lo que te rodea no tiene tamaño, es la ecuación que se establece entre aquello que unos días antes has visto por internet y lo que ahora observas.

Afirmar que tener un trabajo temporal no implica precariedad y anunciar que solo hay un 3% de jóvenes que ni estudian ni trabajan, es carne de tanta metáfora que decido sentarme en una terraza y olvidarlo. Pero el joven que me atiende es tan locuaz que no puedo evitar preguntarle por su situación: tiene 26 años y, desde que acabó Empresariales, sólo tiene cotizados cinco meses en la Seguridad Social y nunca ha ganado más de 750€ al mes. Lo dice con mucha calma, respirando suavemente y hablando de una prima suya que lleva dos años en Berlín: “Cuando se me acabe este contrato, en septiembre, yo también me iré allí”.

Me despido de él y camino sin rumbo fijo; al cabo de unos quince minutos me doy cuenta que he dejado atrás la zona turística y que avanzo por calles que se muestran con una desnudez esquelética que poco tiene que ver con las postales de los lugares más emblemáticos de la ciudad. A pocos metros hay un corrillo con 5 jóvenes; les llama la atención la cámara fotográfica: “¿Es usted periodista?” Ninguno supera los 22 años. “¿Trabajáis?” Parece que la pregunta les sorprende. Hay uno que los fines de semana va a una cadena de comida rápida, el resto no tiene ocupación laboral alguna ni estudia nada.

Hablar con ellos de trabajo es como conversar de algo lejano, situado en otra parte del mundo. Uno de ellos comenta que de vez en cuando ayuda en una ferretería: “Son días sueltos, tres o cuatro al mes. Estoy nueve horas y me dan 40€”. Le nombro la posibilidad de tener un trabajo fijo y me mira como si un contrato de trabajo indefinido fuera una aventura flotando en un mundo desequilibrado. Decía Walter Benjamin que informar sobre una época es informar sobre sus sueños, y el sueño de estos cinco jóvenes es tener un trabajo estable.

Después de cinco minutos de agradable conversación, el chico que no ha tomado la palabra confiesa, con un aspecto al que ni siquiera un pintor sería capaz de ponerle un rostro: “Lo peor es que mi madre, con 62 años, tiene que trabajar todo el día para mantenerme a mí y a mi hermana, que está estudiando. Y yo no puedo trabajar. Habré echado currículums hasta en China. Si alguien me llamara, mi madre podría quedarse en casa y descansar; asco de vida”.

En mi aparato sensorial aparecen cambios difíciles de describir. La mirada de este chico, desesperada, se fija en mi memoria como si fuera una de esas imágenes que circulan por whatsapp. Siento el corazón afelpado y me despido de ellos deseándoles suerte y reflexionando sobre sus vidas; la vida, este transcurso de segundos, minutos y horas que cada día renueva sus misterios y sus objetivos sin que, a lo largo de la historia, ninguna generación pueda conquistarlos por completo.

El director de Injuve, desde su despacho, actúa como el político que ha intentado e intenta que el futuro de estos chicos sea como el lenguaje de los niños: una convicción cuyos matices llegarán con los años (puesto que la OIT afirma que la tasa de paro quizá se reduzca al 15 % allá por el 2020, y, por lo tanto, “hay que esperar”). Con esta manera de hacer política, actos y hechos cogen forma irrevocable en el momento en el que penetran en lo pasado; el político pregona, así, que algunas situaciones perdurarán hasta que se produzca un cambio de ciclo. Es la política de la no política. Es el océano del conformismo. Es la aceptación de la resignación. Es el no se puede hacer nada hasta que el tic-tac del reloj anuncie una era nueva.

Pero la política debe ser otra cosa: de la misma manera que el pasado actúa en el futuro, también el presente debe ejercer sobre el futuro, modificándolo. De no ser así, si solo nos queda esperar al cambio de paradigma histórico que anuncia la OIT, si no somos capaces de crear otro tipo de sociedad, tendremos a una parte de nuestra población deambulando por la orilla de este inmenso mar que es la vida. Y, conviene no olvidarlo, la sal de ese mar no es el mañana, ni es el 2020; la sal debe basarse en la construcción teórica de un sistema político y en la cuestión de la aplicación práctica de este modelo, un modelo sin manifestaciones públicas alejadas de la realidad, como estas del director de Injuve, sin ministros del Interior que nos abochornen, y, lo más importante, un modelo sociopolítico capaz de alimentar la ilusión por vivir de jóvenes como este que quiere trabajar y que su madre pueda descansar; en caso contrario, ¿qué sentido tiene ya la política?

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Marc Pallarès

es escritor y profesoruniversitario (en excedencia). Actualmente es diputado y secretario de la mesa de les Corts Valencianes

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