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Trueba y el ardor nacionalista

Ofenderse porque un tipo diga que no es español cuando yo sí siento y ejerzo esa condición, me parece tan estúpido como hacerlo porque alguien diga que es del Madrid y yo soy atlético. Pretender que rechace o devuelva un premio “nacional” por no considerarse de esa nación es tan frívolo como exigir que un español diga no a la Orden de la Legión de Honor de la República Francesa o al Oscar de Hollywood. Nadie, que yo sepa, se escandalizó en su día porque Trueba consiguiera ese reconocimiento “norteamericano” y mucho menos porque representara en aquel acto único al castigado y tan cuestionado cine español.

El problema del tiempo presente es la exacerbación de esa tara de la política y la cultura llamada nacionalismo. ¿Acaso un norteamericano no es un inglés pasado por el tamiz del tiempo y la mezcla con italianos, suecos, daneses, senegaleses o colombianos que a su vez son fruto del mestizaje de españoles, portugueses, indígenas o alemanes? ¿De qué hablamos cuando hablamos de patrias? ¿Por qué la Historia sólo es un recurso cuando el pasado se ajusta a nuestros planes de futuro?

Las fronteras se han dibujado siempre para marcar territorios de poder político y económico y su consecuencia ha sido la exclusión de los que quedaban fuera o como poco su marcaje como seres diferentes, evidentemente inferiores. Lo de proteger la identidad cultural es una milonga cansina en la que sólo creen los que consideran la suya tan superior como para no mejorar con la “contaminación” de otras.

Es precisamente ahí, en la Cultura –con mayúsculas– donde el nacionalismo tiene menos sentido, es más dañino, incluso entre quienes critican a los que, como Trueba, se confiesan ciudadanos del mundo. Porque los que se han rasgado la vestidura nacional ante el “no me siento español” del director, probablemente vean cine norteamericano, televisión venezolana, lean –también– autores rusos, británicos, hindúes o argelinos, disfruten viendo monumentos de culturas lejanas y consideren que viajar ayuda a conocer mundo y enriquece nuestra sabiduría individual y colectiva.

El asunto catalán ha desatado una furiosa primavera del nacionalismo, pero este polen primaveral que no nos queda más remedio que respirar no lleva sólo el sello de identidad catalana. Como bien decía Trueba en Más de Uno el jueves, el desatino de los que están llevando a Cataluña al peor de los escenarios políticos posibles es respondido lanzando al aire dosis no menos intensas de nacionalismo español.

La crucifixión de Trueba por su juego con las palabras y las emociones cuando recibió el Premio Nacional de Cinematografía sólo puede entenderse, que nunca justificarse, en este contexto de contaminación nacionalista multidireccional. Estamos, como cantaría una charanga carnavalera, “engollipaos” de patria y de banderas, de sentimiento nacionalista que al fin y a la postre no es más que eso, sentimiento, que no razón. Y quizá fuera bueno que pensáramos en seres humanos que comparten condición más que en territorios que los separan. Porque al final, ¿a quién sirven las banderas?

Yo nunca hubiera pronunciado las palabras de Trueba, nunca hubiera osado poner en juicio un sentimiento como el español que he de reconocer que sí tengo. Irracional, en el terreno de las emociones y los afectos, pero ahí está. Compatible con –o puede que superado por– la mirada a la condición de universalidad que me hace ver a todos los seres humanos como iguales sean de donde sean. Pero sí sería capaz de decir públicamente, y lo escribo, que aunque nacido en Madrid, no me he sentido madrileño ni cinco minutos, porque por origen, crianza y afectos soy y ejerzo de asturiano.

Ahora los madrileños deberían sentirse ofendidos. Previa selección, naturalmente, de la frase precisa y sólo esa, para sacarla de contexto y ponerme a parir. Que en eso también estamos.

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