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Llamo a los poetas o a quien haga falta

Después de la exaltación de los momentos iniciales de su compromiso político, Miguel Hernández sufrió una crisis de confianza ética que dejó escrita en su libro El hombre acecha. Nunca perdió la esperanza, pero se sintió angustiado al ver que sus propias manos podían convertirse en garras a causa de la crueldad de la Guerra Civil. En Llamo a los poetas convocó a sus compañeros para hablar, abandonar las solemnidades retóricas y lavarse con agua las mentiras de los labios. El dolor le hizo desear una conversación, algo que también había sentido unos años antes al recibir la noticia de la muerte de su amigo Ramón Sijé: “que tenemos que hablar de muchas cosas, / compañero del alma compañero”.

La conversación no resulta siempre fácil. Miguel Hernández era buen amigo de Vicente Aleixandre, al que le había dedicado Viento del pueblo, y de Pablo Neruda, destinatario principal de El hombre acecha. Pero sus relaciones con algunos de los poetas convocados habían resultado muy difíciles. Cuando llamó a Alberti, Cernuda, Prados o León Felipe, quiso ofrecer una apuesta por la unidad frente a los verdaderos enemigos, dejando a un lado la diferencias, los rencores y los malentendidos.

Tampoco había sido sencilla su amistad con Federico García Lorca, aunque con él ya no podía hablar, porque estaba muerto. A veces se afirma que el elitismo de Federico tuvo la culpa de su enemistad, ya que Miguel Hernández provenía de una familia humilde y Lorca pertenecía a un mundo más que acomodado. Su educación se amparaba en la cultura distinguida de la Residencia de Estudiantes. Pero las cosas son más complicadas, porque la cultura distinguida no es un mal equipaje cuando sirve para defender la libertad frente al mundo represivo del clericalismo. Miguel Hernández irrumpió en Madrid como un muchacho educado en los dogmas de la Iglesia católica, ejemplo de las ventajas de las costumbres viriles y sacerdotales frente a la educación pública promovida por la República. Educado junto a Ramón Sijé en el pensamiento reaccionario, tardó mucho tiempo en acercarse a la izquierda y en compartir las ideas de los escritores revolucionarios.

No es extraño que García Lorca se sintiese ofendido por sus desprecios machistas a los homosexuales o que María Teresa León le pegase una bofetada al comprobar la facilidad con la que el poeta de Orihuela llamaba putas a las mujeres que llevaban una vida libre. Cuando se acercó a la izquierda, además, pisó el escenario con su vieja pureza dogmática, proclamando a gritos lo que significaba ser un buen comunista, un activista verdadero, frente a las dudas y las debilidades de sus mayores. Llegaba para inventárselo todo, para dar lecciones.

Miguel Hernández tuvo una vida muy difícil. Es admirable cómo consiguió una y otra vez encontrar caminos para salir de las contradicciones. Creo que sus grandes poemas y sus mejores actitudes en la vida se debieron a la honestidad emocional, al deseo de no mentirse. A veces pudo cometer un error, nadie está en posesión de la verdad; sin embargo, la voluntad de no mentirse da a sus palabras un sentimiento de corazón verdadero que las salvan del cinismo y de las mezquindades de los que se acostumbran a convivir con lo falso. La lectura del Cancionero y romancero de ausencias es un enorme regalo en estos tiempos marcados por la posverdad.

También es un regalo Llamo a los poetas. Miguel Hernández pasó de los apellidos a los nombres, de Alberti a Rafael, de Cernuda a Luis, de Altolaguirre a Manuel, para decirle a sus compañeros que había que sentarse a hablar. Cuando los peligros son evidentes y se avecina una realidad hostil, sirven de poco los enfrentamientos, más vale unirse frente al enemigo común, buscar estrategias compartidas para evitar la desolación. La falta de unidad de la izquierda ante el totalitarismo le recordó a Miguel Hernández los conflictos de los poetas entretenidos en sus batallas mientras se acercaba la barbarie. Por eso los convocó, quiso sentarse a hablar. En situaciones graves conviene convocar a los compañeros, o a quien haga falta.

Un Lorca a la vuelta de la esquina

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