Verso Libre

El prior del Valle de los Caídos

Un asunto por desgracia frecuente y asumido en los exámenes de la conciencia progresista es la condena de la división de la izquierda. No parece que se busque demasiado remedio, ni que se saquen consecuencias, pero ya resulta costumbre el lamento de la discordia. Voces que saltan con facilidad la barrera para despreciar, denunciar o insultar, después se apenan mucho de la división de la izquierda.

No seré yo el que niegue esa dinámica autodestructiva que en vez de buscar puntos de acuerdo siembra distancias. Pero hoy escribo para decir que más dividida que la izquierda está la gente religiosa. Llevan siglos matándose unos a otros y no han desaparecido. Eso supone un pequeño consuelo para mi corazón. Hay futuro detrás de las habitaciones contaminadas por humos turbios y enemistades íntimas.

Y hay más variedad de dioses que ofertas en unos grandes almacenes. Divinidades para todos los gustos, jerarquías llenas de matices y ropajes, devociones a medida de cada sentimiento, altares para cualquier tipo de rodillas, promesas de salvación sobrecargadas de las más diversas tradiciones literarias, sacrificios que se adaptan a las raíces más íntimas del ser y el estar, desde la oración que exige sangre humana hasta el rito que convive con el hedonismo cultivado por la sociedad consumista.

La variedad de credos y hechicerías puede competir con la fauna del planeta en la riqueza de su infinito. Resulta muy aburrida la mirada científica que estudia la evolución del mono al ser humano si se compara con los procesos evolutivos que van del poder prehistórico de la luna y las águilas hasta las sectas o religiones de hoy. La mitología clásica no para de dar sorpresas.

Y si nos centramos en el credo tradicional de la historia de España, tampoco podemos quejarnos de la pluralidad del catolicismo en sus desemejanzas. No me refiero a las diferencias entre papas, cardenales, arzobispos, obispos, canónigos, párrocos, abades, priores, capellanes, ordenes calzadas, descalzas, mendicantes, cartujos, dominicos, franciscanos, jesuitas, carmelitas, agustinos recoletos, abadesas y monjas muy variadas en diversas órdenes y actitudes, monjas misioneras, monjas de hospital, monjas para colegios con uniformes de señoritas, monjas de clausura y monjas cinematográficas como la querida Sor Citroen. No me digan ustedes que la izquierda no es una simple aficionada en divisiones junto a esta riquísima biodiversidad.

He observado estos días al  prior de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Su silueta fría como un ciprés de hielo se corresponde bien con su vocación de alma nacida para cuidar tumbas de dictadores. Vaya estampa…

Qué diferente es este ciudadano de la buena monja que se dedica a cuidar enfermos, o del misionero que contrae la malaria por atender la miseria a orillas del río Níger, o del sacerdote que trabaja para defender la dignidad de los indocumentados, la gente sin papeles que cruza las fronteras, los mares y los naufragios en busca de un poco de paz. Qué diferente de los cristianos que creen en el amaos los unos a los otros cuando echan del templo a los mercaderes y piensan que el reino de su Dios pertenece los pobres. La diferencia entre la caridad y el amor es semejante a la que existe entre una consigna y una experiencia de vida. Los burócratas de las revoluciones suelen formar parte de la biodiversidad religiosa.

Se equivoca el prior de hielo al pregonar que su vocación de cuidador de tumbas está por encima de la ley. ¡En qué cueva se cree que vive! Defender la libertad de conciencia supone respetar los marcos sociales para convivir, no considerarse con derecho a imponerle a los demás las exigencias de los credos particulares. La ley es el único marco democrático que puede ordenar en paz la biodiversidad religiosa. Y también la política.

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