Trump, Carney y la grieta que se abre Beatriz Gimeno
A mí sí me pareció importante el discurso de Mark Carney en Davos y creo que marca un punto de inflexión en el orden mundial. Pero también me pareció importante lo que dijo Trump cuando secuestró a Maduro o lo que hace ahora, cuando nos presenta sus planes para el resort que piensa construir en Gaza. En sentidos opuestos, ambos discursos comparten un fondo común, y es el de que nos muestran claramente el campo de batalla sobre el que la geopolítica mundial está disputando el terreno. En su discurso, Carney cita a Václav Havel cuando este explica que un régimen se sostiene mientras la gente está dispuesta a mantener la ficción de que está funcionando, aunque sepan que no. Me hizo gracia esa cita porque Mark Fisher, en Realismo capitalista, dice algo muy parecido, aunque con otra intención. Según Fisher, cuando se abre la grieta entre el discurso oficialmente aceptado por una parte y lo que todos saben y experimentan, pero que no se dice, por la otra, “cuando ya no puede mantenerse la ilusión de que el gran Otro no sabe, la trama incorpórea que mantiene unido el sistema social se resquebraja”. Siguiendo a Fisher, las palabras, tanto de Trump como de Carney, podrían ser comparables al discurso que hizo Krushev en 1965 en el que admitía los crímenes estalinistas: el régimen soviético no se hundió ahí, pero parte de la izquierda mundial sí.
Asumir que este orden mundial era una ficción, que ya no le sirve a nadie, es un paso imprescindible si queremos construir otro. Cuando Trump admitió abiertamente que su intención es quedarse con el petróleo de Venezuela, estaba admitiendo lo que todos sabíamos sobre las guerras imperialistas de EEUU pero que nadie desde el poder, ni desde las instituciones internacionales, admitía abiertamente. Trump, en realidad, estaba dejando desnudos a los Aznar y los Blair, a los cómplices, a los buitres que fueron a Irak a robar con la excusa de la democracia, a todos aquellos que invaden y masacran pero que necesitan revestirse de una excusa moral para cometer sus crímenes (de ahí el enfado que tienen). Los neofascistas de ahora no necesitan excusas: no importa asesinar a todo un pueblo si el yerno de Trump quiere hacer un resort de lujo en Gaza.
Y frente a esto, el discurso en Davos del Primer Ministro canadiense fue la demostración de que estamos en medio de una guerra entre élites: el antiguo orden, el surgido de la II Guerra Mundial, frente al nuevo (des)orden que se quiere desligar de aquel. Carney simplemente puso las cartas sobre la mesa, pero al hacerlo también desveló que aquel orden que ahora añoramos, basado supuestamente en ciertas reglas y en eso que llamamos derecho internacional, asentado en instituciones como la ONU…, todo eso era una ficción, una pantalla que ha permitido que fuera de eso que se ha llamado Occidente, imperara esa barbarie y esa falta de reglas de las que hasta ahora, nosotras y nosotros, europeos y norteamericanos, nos hemos sentido más o menos protegidos. Ese reconocimiento de Carney es rupturista en el sentido de que rompe con el discurso defendido por todos los gobiernos occidentales hasta ahora mismo: el de que existía algo así como un derecho internacional basado en los derechos humanos.
Los neofascistas de ahora no necesitan excusas: no importa asesinar a todo un pueblo si el yerno de Trump quiere hacer un resort de lujo en Gaza
Digamos que Carney se ha adelantado a todos los gobiernos occidentales que siguen fijados en defender esa ficción y que se han mostrado completamente desarbolados ante las nuevas maneras de actuar (y decir) de los oligarcas milmillonarios que desprecian y quieren ignorar absolutamente a cualquier poder político porque el poder son ellos. Mientras el mundo se despeña hacia el fascismo, los gobernantes en Davos parecían seguir a sus cosas, y sus cosas no son las nuestras. Sus cosas son, precisamente, el mantenimiento de esa ficción en la que todos parecíamos atrapados. El discurso de Carney no es anticapitalista, no es siquiera izquierdista, es, como él mismo ha declarado, pragmático. En lugar de aferrarse a esa mentira que ya no puede sostenerse, ha venido a decir: “Se ha acabado, pasemos a otra cosa”. Y es en esa otra cosa donde hay que poner el foco, en la grieta que puede abrirse entre dos masas tectónicas que están chocando. El discurso de Carney no sirve para construir una narrativa anticapitalista pero sí para construir otra narrativa con respecto a esta en la que nos hemos movido hasta ahora. La posición a la que el canadiense quiere arrastrar a otros países puede servir para, por ejemplo, dar por roto definitivamente el vasallaje a los EEUU y el orden basado en la preminencia de este país.
Si el discurso de Carney es pragmático, el de Trump es el discurso del emperador del mundo que ya no se ve en la necesidad de disimular porque tiene prisa, lo quieren todo, pero también porque su ciudadela está asediada por nuevas potencias emergentes. Su imperio está declinando (también su mente, por cierto), y como bien nos enseñó Tucídides hablando de la democracia ateniense, cuando el imperio declina, la tiranía que antes se aplicó a los extranjeros termina por aplicarse en casa. Después sobreviene el desastre. Trump está en ese momento en que el tirano aplica a sus propios ciudadanos aquello que antes se aplicaba lejos. Cuando ahora estamos viendo a una Gestapo patrullando las calles de Minneapolis y vemos, por primera vez, que esa barbarie nos puede afectar; cuando vemos cómo en países como Alemania o Gran Bretaña se considera terroristas a quienes protestan pacíficamente por el genocidio en Gaza, simplemente nos estamos asomando a la vida que las potencias occidentales han impuesto antes en países como Afganistán, Gaza por supuesto, Irak o cualquier otro país que haya sido invadido y saqueado. Antes de la Gestapo en Minneapolis existieron Abu Grahib y Guantánamo y ha existido Gaza y lo supimos, y los gobiernos del mundo lo supieron y los habitantes de Minneapolis también lo sabían.
En todo caso, la ficción se ha terminado y hay fuerzas, potencias, poderes, países… compitiendo entre ellos. Lo interesante, lo necesario, lo que tenemos que hacer desde la izquierda es tratar de agrandar la grieta que se ha abierto entre un mundo y otro porque, si bien puede acabar en desastre, también —si conseguimos que no nos trague— puede ser una oportunidad. Creo que no basta con decir que el discurso de Carney no es de izquierdas, hay que ser lo suficientemente inteligentes para ser capaces de ver qué, en cierto sentido, es revolucionario, para ver qué camino se abre por ahí y cómo podemos aprovecharlo.
_____________
Beatriz Gimeno es exdirectora del Instituto de las Mujeres.
Lo más...
Lo más...
LeídoTu cita diaria con el periodismo que importa. Un avance exclusivo de las informaciones y opiniones que marcarán la agenda del día, seleccionado por la dirección de infoLibre.
Quiero recibirla¡Hola, !
Gracias por sumarte. Ahora formas parte de la comunidad de infoLibre que hace posible un periodismo de investigación riguroso y honesto.
En tu perfil puedes elegir qué boletines recibir, modificar tus datos personales y tu cuota.