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¿Antifascistas prematuros?

Pablo Iglesias se encara con un grupo de violentos de ultraderecha en Coslada.

Felipe Domingo Casas

Ya solo nos queda Madrid. En los intentos de escalada a las altas cumbres que se sucedieron en días pasados, ya solo nos quedas tú, Madrid. El pico más alto, la cumbre más arriesgada. Alcanzar Madrid es alcanzar el Everest. Isabel Díaz Ayuso y Pablo Iglesias se disponen a hacer cumbre, cada uno por una cara distinta, con permiso de los sherpas.

La presentación inesperada de Pablo Iglesias como candidato en las elecciones madrileñas ha removido y desbaratado el tablero político, no ha dejado indiferente a nadie y es el sujeto de todos los analistas y tertulianos.

La salida del Gobierno y del Congreso de los Diputados de Pablo Iglesias para intervenir en la política madrileña tiene dos motivos principales y casi exclusivos, uno expresado por él mismo al hacerlo público y otro oculto, no expresado, pero ampliamente desbrozado por los analistas.

El expresado fue que aterrizaba en Madrid para impedir el avance del fascismo al que tiende el gobierno de Madrid con sus políticas trumpistas y, por tanto, sustituir al Gobierno de Díaz Ayuso. Y lo ha vuelto a repetir en su despedida en el Congreso con un homenaje: “A todas las generaciones que lucharon contra el fascismo, por la libertad y por la justicia social. Porque fueron, somos; porque somos, serán”. Este motivo, que no se ha puesto de manifiesto en las crónicas y articulistas, no es imaginario sino real.

El no expresado es que Podemos, del que Pablo Iglesias es el máximo líder, no atraviesa su mejor momento orgánico y electoral y, por tanto, pone sus energías y capacidad para relanzarlo. Si los dos partidos, Podemos y Ciudadanos, nacieron casi al mismo tiempo contra el bipartidismo, no nacieron del mismo vientre ni son mellizos. Si Ciudadanos está en descomposición y le sirvió en un momento a sus mentores para relanzar un proyecto de derechas renovado contra el corrupto PP, Podemos nació de las entrañas del 15M, un movimiento inacabado. Entonces, por la crisis económica y social que sufrían las capas populares y hoy, esas mismas capas sociales, por la crisis de la pandemia. Pablo Iglesias no quiere que Podemos termine como Ciudadanos. Al nombrar a Yolanda Díaz, bien considerada, como sucesora, quiere dejar a Podemos en mejores condiciones electorales para mantener sus alianzas con el PSOE. Adujo también en la presentación de su candidatura que entendía que una lista conjunta con Más Madrid era más conveniente para el triunfo de esos objetivos principales. Si era conveniente o no, inmediatamente se rechazó por los interpelados. Ese desacuerdo tendrá peso. Oía a un analista días pasados que son tiempos de concentración, a lo que tienden las derechas, más que de dispersión. La dispersión es una discusión académica, pero no política, y no es bien perceptible por los votantes, sobre todo progresistas.

Los dos motivos (o tres) no solo son lógicos, también racionales, otra cosa es que la política se ha hecho tan visceral que los motivos secundarios, personales y machistas, abundantísimos tanto entre las derechas como entre sus afines, se superponen: que si aparece de nuevo el macho alfa, que el feminismo no necesita tutelas ("ni tutelas ni tu tías", dijo Fraga cuando nombró a Aznar sucesor), que Pablo Iglesias es inmaduro y se aburre enseguida de los cargos que ocupa, estas cosas entre los afines; un caribeño en chanclas, rodeado de mujeres alrededor, Pablo Iglesias está acabado y no merece un minuto de atención, le gusta la confrontación y traer a Madrid la misma confrontación que sus amiguetes de Cataluña; “Podemos, en Madrid no te queremos”, que dijo una marquesa, “las mujeres de Podemos solo suben en el escalafón si se agarran a una coleta” y otros más entre las derechas.

Contra el fascismo. En un artículo publicado en este periódico, Ramón Lobo expresaba que el dilema al que tendrán que hacer frente los madrileños en estas elecciones es el de “democracia o extrema derecha”. Pero si usamos los mismos eslóganes de Isabel Díaz Ayuso, primero “libertad o socialismo”, y ahora “libertad o comunismo” y le damos la vuelta, el dilema al que tendrían que responder los madrileños sería: “libertad o fascismo” o “democracia o fascismo”.

El socialismo y el comunismo están lejísimos, si es que existen como los clásicos los concibieron teóricamente y los intentaron llevar a la práctica, pero el fascismo está mucho más cerca. Y es más peligroso y siempre vuelve, que repetiría Umberto Eco. “Se puede jugar al fascismo de muchas maneras y el nombre del juego no cambia". Le sucede a la noción de “fascismo”, lo que, según Wittgenstein, ocurre con la noción de “juego”. Un juego puede ser competitivo o no, puede interesar a una o más personas, puede requerir alguna habilidad particular o ninguna, puede admitir apuestas o no. Los juegos son una serie de actividades diferentes que muestran solo cierto “parecido de familia”. En Europa unió a los pueblos antifascistas en una guerra que costó millones de muertos para vencerlo; en España nos dominó durante 40 años, después de provocar una guerra civil. Hoy al fascismo lo llamamos ultraderecha, derecha extrema, porque no tiene la fuerza todavía para imponerse. Deteriorará la democracia poco a poco, si llega al poder. ¿Que la democracia no lo puede impedir? Si en nombre de la libertad se impone el pin parental, se deteriora la sanidad, se limitan sus medicinas más caras para vencer las enfermedades más graves, se disminuyen los médicos y enfermeras, y no se les paga razonablemente, se da a los padres libertad absoluta para escoger la educación que quieren para sus hijos y se promociona la escuela privada, si no se atiende suficientemente a los mayores en sus casas o residencias, se deteriora la democracia, se la vacía de contenido y se ponen los cimientos para la vuelta del fascismo.

El fascismo español es autóctono. Aunque nos invadió el nazismo y el fascismo italiano, como se nos cuelan las especies y aves invasoras, el hipercatolicismo secular domina. Mientras al fascismo se le ha considerado un movimiento anticristiano y pagano, en España triunfó y gobernó con el apoyo masivo de la jerarquía eclesiástica llevando al dictador bajo palio en las catedrales.

En un artículo publicado en El País, Juan José Tamayo habla de una nueva terminología para definir el momento político español: criptoneofascismo. “Yo califico de “cristoneofascismo” la actual alianza entre las organizaciones políticas y sociales de la extrema derecha, apoyadas por el ultraliberalismo y los movimientos cristianos integristas, que cuentan con el apoyo de dirigentes eclesiásticos críticos con el papa Francisco”. Es el nacionalcatolicismo. “Con la transición a la democracia se pensó que éste había desaparecido de la esfera política y de las prácticas eclesiásticas. Craso error. Todavía hoy el nacionalcatolicismo sigue vivo, activo y con más fuerza que en décadas anteriores”. Isabel Díaz Ayuso dejó colgadas al resto de las comunidades autónomas en plena crisis de la pandemia para ir a La Almudena a oír una misa, un rito religioso en el que a ella se le obliga a estar callada siendo tan locuaz, anteponiendo la devoción a su obligación.

Después de más de 40 años de democracia, sentimos pudor de declararnos “antifascistas prematuros”, como se les acusó a los norteamericanos que participaron en la guerra civil española en apoyo de la república, pero “la alianza entre Vox y las organizaciones ultracatólicas” tiene tal extensión y mueve el suficiente número de seguidores y votantes como para dedicar mucho más tiempo a su ideario racista, “a su negación de la violencia machista, su rechazo a la educación afectivo sexual, los derechos sexuales y reproductivos, la ley de la memoria histórica, la inmigración, el laicismo y el ecologismo”. Su ideario no forma un corpus doctrinal de la solidez de la Summa Theologiae de Santo Tomás de Aquino, pero tiene también sus teóricos. Primero se extienden las ideas, luego las acciones y finalmente se toma el poder.

Pilar Casado recoge una cita premonitoria de Janson Stanley, autor de Facha: “Albert Rivera desaparecerá porque ha traicionado su principal ADN: Un liberal es en esencia un antifascista”. Y Umberto Eco dijo: “Fue el fascismo italiano el que convenció a muchos líderes liberales europeos de que el nuevo régimen estaba llevando a cabo interesantes reformas sociales, capaces de ofrecer una alternativa moderadamente revolucionaria a la amenaza del comunismo”. El PP y Ciudadanos se abstuvieron en el decreto de la exhumación de Franco. Que no se pavonee Isabel Díaz Ayuso de que está en el lado bueno de la historia porque le llamen fascista. E igualmente Inés Arrimadas y Edmundo Bal, que se declaran tan liberales. Si ganan Madrid PP y Vox, Rocío Monasterio se pedirá Urbanismo. Le he oído declarar que tiene muchas ideas para la Cañada Real y, claro, la primera sería darles la electricidad, aunque tuviera que pactar con el diablo, mientras permanece la ineptitud del Gobierno.

Esta es la historia que interpreto del abandono de Pablo Iglesias de la Vicepresidencia del Gobierno y de su acta de diputado para que ni él ni su partido desaparezcan porque España les necesita. Si Madrid es España, al decir de Díaz Ayuso, Pablo Iglesias tiene mucho campo para mantener poder e influencia, aunque quedara en la oposición. Y para dedicar más tiempo a sus hijos.

En estos tiempos de la imagen, de la influencia de las redes sociales, distinguir bien es muy complicado y desconozco lo que los madrileños decidirán. Se anuncia una guerra digital provocadora. Si la ciudad de Madrid fue republicana y antifascista (“no pasarán”), ahora dicen que es monárquica y conservadora. A los antifascistas y demócratas no les queda más remedio que recuperar también la calle aun en este tiempo de pandemia e ir a los barrios. A Pablo Iglesias le espetó Espinosa de los Monteros que no sería "bienvenido”, en un intento de desclasarle.

Turno de oficio: la condena al desahucio

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Socialdemocracia frente a neoliberalismo. Decía que no hay horizonte más lejano que el socialismo y comunismo clásicos, revolucionarios. Hoy la contradicción principal es entre socialdemocracia y neoliberalismo. PP, Ciudadanos y Vox han apostado por el neoliberalismo. Uno de sus actores que militó en dos, Ángel Garrido, que deja la política, uberizó el transporte y creó una competencia desleal con el taxi. El PSOE, Podemos, Izquierda Unida y Más Madrid apuestan por la socialdemocracia. Esta es una sana y necesaria polarización. A primera vista, la división en bloques no parece divertida, pero requiere más profundización, si no se quiere que se acentúe la inmensa desigualdad. En el prólogo del libro Pensar el siglo XX, escrito mano a mano entre Tony Judt y Timothy Snyder, escribe este: “La defensa que Tony hace de la socialdemocracia al final de este libro es un ejemplo de cómo podría ser esto”. “Su época adulta coincidió con diversos intentos por regenerar el liberalismo, ninguno de los cuales ha encontrado una aceptación universal. En medio de las ruinas de un continente y sus ideas (Segunda Guerra Mundial), la socialdemocracia sobrevivió como concepto y se convirtió en un proyecto”, que “a veces se desmanteló”. “Para su recuperación, el argumento más fuerte, por utilizar una palabra del gusto de Isaiah Berlin, es que la socialdemocracia permite una vida decente”. Yolanda Díaz, sucesora in pectore de Pablo Iglesias, ha dicho: “Somos más socialdemócratas que ellos” (PSOE). Entiendo la decencia como concepto político, sobre todo. También para los residentes de la Cañada Real.

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Felipe Domingo Casas es socio de infoLibre

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