PLAZA PÚBLICA
La década de Sánchez y el momento Trump
El periodo que va de las elecciones de diciembre de 2015 hasta hoy bien puede ser identificado como la década de Sánchez. Es el único dirigente –en el escenario de un fulgurante e inacabado cambio en el sistema de partidos– cuya influencia sigue siendo decisiva. Este tiempo se ha llevado por delante a Iglesias, a Rivera, a M. Rajoy y a su sucesor Casado. Ejerce un poder cuasi omnímodo en un partido que tiene consistencia histórica y responsabilidades institucionales no volátiles.
Pero la razón decisiva para identificar esta década con Sánchez es que ha ejercido la presidencia del Gobierno durante siete años y medio. La ganó en 2018, cuando disponía tan solo de 85 diputados, desalojando de la presidencia al líder del PP, que tenía 137.
A Feijóo, Abascal, Ayuso y a todos cuantos disparatan sobre el “sanchismo” les gustaría denominarla como la década ominosa del populismo progre. Y a fe que han conseguido convertir a Sánchez, a ojos de las ciberturbas reaccionarias, en personaje odioso y abominable, al que se injuria impunemente. Sin embargo, la sociedad española puesta a deliberar, sin ruido, no valoraría estos diez últimos años con ese término.
No es fácil hacer un balance de este periodo. Ha sido un largo tiempo de tensiones y sucesivas crisis políticas. No siempre bien resueltas. Luces y sombras. La convivencia social no ha sido quebrada aún por esas tensiones. Ha funcionado limpiamente el mecanismo electoral mediante el que la ciudadanía elige a sus representantes en el poder legislativo y estos eligen a los presidentes de los gobiernos. La economía ha seguido una línea de recuperación, sin austericidios. Pero la democracia es más que votar y crecimiento del PIB.
La paradoja con la que termina esta década es que el diagnóstico y el pronóstico sobre la salud de nuestra democracia actual son más graves que los correspondientes a su comienzo.
Esa mayor gravedad se explica por factores internos: ha continuado la degradación institucional y ha reaparecido la corrupción en la forma de políticos y funcionarios venales; y el debate público para sopesar todo ha sido prácticamente anulado en la algarabía intoxicadora de medios y redes.
También se explica por un factor externo: la influencia de la ola reaccionaria expandida en todo el mundo desde la elección de Trump como presidente en 2016, recrecido tras su nueva elección en 2024.
Veamos.
Tras las elecciones de diciembre de 2015 había grandes expectativas de mejorar la calidad de una democracia española en crisis. Hoy el riesgo de una involución reaccionaria tras las próximas es evidente.
En aquel entonces se incorporaron al Congreso dos formaciones políticas –Podemos y Ciudadanos, con 69 y 40 diputados respectivamente– que expresaba la demanda cívica de renovación democrática por parte de amplios y diversos sectores sociales. Hoy, ante las próximas, sean cuando sean, no aparecen ante la ciudadanía española fuerzas políticas renovadoras de la democracia. Y se anuncia como ineluctable una mayoría absoluta en el Congreso que permitiría la elección de un gobierno de coalición PP-Vox.
La estrategia que habría conducido a ese triunfo electoral no es otra que la constante deslegitimación de Sánchez y de sus gobiernos, basada en la fabulación de que vivimos bajo “la dictadura sanchista”. Es decir, la estrategia que enarbola Vox desde su entrada con 24 diputados en aquel Congreso surgido de las elecciones de abril de 2019. Estrategia a la que se ha uncido Feijóo. Por esto, ese eventual Gobierno de coalición estaría presidido por el PP pero dominado políticamente por Vox. Y su consecuencia lógica sería una involución antidemocrática, reaccionaria.
Sería un triunfo decisivo de una estrategia cuyo efecto ya está siendo la degradación de la democracia española porque no respeta ni siquiera la regla determinante: gobierna quien decide el Congreso, elegido por la ciudadanía. Una estrategia que no trabaja en controlar la acción concreta de Gobierno –derecho y obligación de una oposición que merezca ese título– pero que, a pesar de su inutilidad, finalmente puede llevarles a la victoria electoral.
Sin embargo, esta no es ineluctable. Por dos motivos:
Primero porque el “efecto Trump “puede volverse en contra de quienes se quieren aupar con sus mismos métodos. La ola reaccionaria –cuyo epicentro es el Estados Unidos del MAGA y de la Administración Trump desde su primer triunfo en 2016– se ha venido extendiendo por toda Europa, promoviendo la disgregación de la Unión Europea y la involución antidemocrática en los países que la integran. Pero ahora Trump está mostrando, a los ojos de todo el mundo, la esencia dictatorial, fascista, de su poder no sometido a ninguna regla de derecho, ni estadounidense ni internacional. En España, su agencia/franquicia más relumbrante es la triple A (Abascal, Ayuso, Aznar), aunque Trump haría con ellos lo mismo que acaba de hacer con la venezolana Corina Machado. Y no parece que Feijóo pudiera aguantarle ni siquiera el gesto, como sí ha hecho Sánchez.
Me parece razonable pensar que la mayoría de la ciudadanía española, su electorado, no es favorable a llevar al gobierno de España a vasallos de Trump. Votar al tándem Feijóo-Abascal sería como votar a Trump. Feijóo lo sabe. Veremos cómo cabalga el bicho que te devora si no te sometes a su desaforado criterio y a su fuerza.
El segundo motivo por el que podría evitarse el triunfo de esa estrategia de deslegitimación es porque está basada en la fabulación, puro estilo trampista, de que vivimos bajo “la dictadura sanchista”.
Pero me parece cierto que Sánchez y el PSOE no pueden combatirla eficazmente sin dar un giro a su discurso, a su relato sobre este largo tiempo. Y no pueden porque el avance de esa estrategia deslegitimadora se ha apoyado también en sus errores y sus debilidades.
La credibilidad de Pedro Sánchez se reforzaría si fuera capaz de dar un giro a su discurso en el que se mostrara ante la ciudadanía un presidente capaz de sacar lecciones de su experiencia, hecha de aciertos y de errores
En consecuencia, ese giro en el discurso, para alcanzar credibilidad, tendría que incorporar la experiencia de los errores y crisis mal resueltas por la propia debilidad de esta década.
Sintetizando al máximo, diría que Pedro Sánchez supo y pudo –mediante la estrategia de colaborar y competir con Podemos– conseguir el objetivo de conservar la hegemonía en la izquierda y ganar la hegemonía en España. Pero no siempre fue coherente con esa estrategia. El logro indiscutible de ese objetivo partidista (en la elección de abril de 2019 volvió a ser el primer partido de España con 123 diputados, 56 por encima del segundo –el PP con 66–, y 81 por encima de Podemos) le dio un poder cuasi omnímodo en el PSOE. Pero quizá olvidó que la renovación de la democracia española no había concluido, sino solo comenzado, con la formación de su Gobierno. Además, no prestó la atención debida a la formación de equipos, de partido y de Gobierno, capaces de sustentar tamaña empresa.
Dos episodios ejemplifican esa falta de coherencia. Uno, el fracaso de su propia investidura presidencial en 2016, cuyo tanto de culpa ha de repartirse entre PSOE, Podemos y Ciudadanos: 200 diputados frente a M. Rajoy, cuyo desalojo de la presidencia era objetivo proclamado de esos tres partidos. El otro, la repetición de elecciones en noviembre de 2019 para formar, tras estas, pero en peores condiciones, el mismo gobierno de coalición con Podemos que hubiera podido formarse tras las celebradas en abril. Esforzado lector, compare los resultados de ambos comicios y comprobará lo escrito.
Después no supo, no quiso o no pudo, oponer a la estrategia de la deslegitimación de su Gobierno una estrategia guiada por el objetivo de ampliar la gobernabilidad con el PP. Hubo dos ocasiones que lo exigían y lo posibilitaban: el estallido de la pandemia a comienzos de 2020 y la guerra en Ucrania desencadenada en 2022 por la invasión de las Fuerzas Armadas rusas. Estrategia de gobernabilidad que no pasaba por acabar con el Gobierno de coalición, sino por intentar, en serio, acordar decisiones con presumible amplísimo respaldo mayoritario de la ciudadanía y no solo del electorado del Gobierno. Faltó flexibilidad.
La estrategia de la deslegitimación fue en ascenso; no la detuvo, sino que la agudizó, la nueva investidura de Sánchez tras las elecciones de 2023. La forma en que la consiguió dejó abierta la puerta de par en par para que el grupo de Puigdemont sometiera al Gobierno a presiones cuasi chantajistas desde el mismo momento de la redacción del pacto, negociado y firmado por Santos Cerdán. En medio del desconcierto general, el PSOE perdió mucho poder en ámbitos autonómicos, no compensados con el triunfo de Illa en Cataluña. El fantasma de la secesión catalana, del nacional independentismo que tanto contribuyó al renacer del nacionalismo español, reapareció por las pretensiones irresponsables del grupo de Puigdemont.
Podría argüirse que la actitud del PP, ahora más que nunca con Feijóo, hace imposible cualquier acuerdo y ni tan siquiera el debate serio. Pero esto solo confirma que el PP y Vox están cómodos y crecen en la estrategia de la tensión y que aceptarles siempre el choque frontal, el ojo por ojo y diente por diente, el y tú más, no es ser una izquierda valiente, sino una izquierda falta de flexibilidad para hacerles tropezar en sus excesos descalificatorios.
Si me apuran, este momento crucial en la historia de EE UU y de Europa marcado por un Trump fuera de la ley es otra ocasión para emplazar a Feijóo a defender la soberanía de España y de la UE.
La democracia española, como todas las europeas, está en peligro. El riesgo de involución antidemocrática en España se materializaría con una mayoría absoluta que diera lugar a un gobierno de coalición, presidido por el PP, pero, insisto, hegemonizado políticamente por Vox, a no ser que Feijóo diera un giro espectacular a su posición.
La legislatura parece acabada, pero la continuidad de la presidencia de Sánchez, al que no han noqueado ni con golpes bajos (los más duros, los que le han dado desde muy cerca) depende legalmente de su propia decisión. Su credibilidad se reforzaría si fuera capaz de dar un giro a su discurso en el que se mostrara ante la ciudadanía un presidente capaz de sacar lecciones de su experiencia, hecha de aciertos y de errores. En ese giro, el mensaje de pacificación de la vida política en Europa y en España podría ser un eje clave.
Lo que haya de ocurrir será mientras sigue al frente de la oleada reaccionaria un macho alfa: el presidente Trump, un fuera de la ley que cree estar viviendo su momento glorioso. Y sus partidarios occidentales viviendo, conscientes o inconscientes, su momento más ominoso.
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José Sanroma Aldea, abogado, fue secretario general de la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT) en el período de la Transición.