El chivato Miguel Lorente Acosta
Desde finales del siglo pasado, nuestras sociedades han sufrido enormes cambios internos. La globalización permitió la información en tiempo real, al tiempo que desaparecía una referencia clara de autoridad en la misma. Igualmente hizo posible una estandarización y un control mayor de la calidad en la producción de bienes y servicios. Si bien, sometiendo a estos últimos a los rigores del beneficio y la privatización. Los errores en la fabricación de productos disminuyeron drásticamente con la emergencia de sistemas protocolizados de producción, pero no sucedió lo mismo en los “servicios” de Educación o Salud.
A finales del siglo pasado estos sistemas fabriles se exportaron a los servicios y a cualquier organización que aspirara a cierto nivel de calidad. Las agencias y los organismos de estandarización, evaluación y certificación cubrieron campos antes ocupados por la administración de los Estados. A esta nueva maquetación de la organicidad social no escaparon las administraciones públicas.
En Educación, por ejemplo, la introducción de la “cultura de la calidad” (TQM) con sus parámetros y exigencias burocráticas, informes, protocolos, procesos evaluadores, etc., añadió un sobretrabajo a los profesionales en detrimento de su labor fundamental, la de educar y enseñar. La experticia que acompaña a estos sistemas de evaluación y certificación (sin debates públicos y con evidentes consecuencias en la vida interna de las organizaciones, administración incluida), ha orientado la capacidad de decisión hacia una dinámica de pasar el filtro de la evaluación (formal), cuyos parámetros fueron importados del control fabril a los servicios (sanidad, educación ,etc.) a comienzos de siglo mediante las guías de aplicación de la Norma ISO.
Algunos de sus efectos (burocratización y trampeo para pasar la evaluación) se unen otros causados por la atomización, la desafección política, el individualismo y la competitividad que sufren más intensamente los jóvenes. Todo ello se refleja en los centros dedicados a educar, formar y preparar científicamente y humanamente a los jóvenes; pérdida de cohesión social, relativización de valores fundamentales para la convivencia, indiferencia ante problemas sociopolíticos, etc. En realidad, la casuística normativa y protocolaria (por el modo en que se ha elaborado e implantado) más que beneficiar, ha incrementado estos problemas y mermando autonomía a gestores, a funcionarios y profesionales de la Educación, la Sanidad, etc. Tal vez porque las relaciones humanas implicadas en los “servicios” (profesor-a/alumno-a; médico/paciente, etc.) no puedan reducirse a meras variables estadísticas ni a patrones científicos de interrelación: ni los profesores son meros transmisores de conocimientos, ni los médicos simples instrumentos para la cura del cuerpo y sus órganos. Su autoridad y responsabilidad no sólo cumplen la función manifiesta (educar, curar) también permite el desarrollo de la sensibilidad social, la educación ética y moral, y cierta disposición ante los problemas que surgen en la vida.
En ambos casos, no se trata de perfilar la rosca de una tuerca milimétricamente, sino de conceder cierta libertad al profesional para que ejerza su profesión y fluyan valores acordes con la vida y el respeto a los derechos humanos.
Si todo esto antes estaba en manos de las políticas educativas y sanitarias de los Estados europeos, desde principios de siglo se ha venido transfiriendo en gran medida a las Agencias del ramo, cuya intervención se pliega más a dictámenes expertos que a decisiones políticas de Estado (en el sentido más noble del término). Ahora bien, con los nuevos cambios que estamos experimentando actualmente, aún se da un paso más hacia la desestructuración de estas funciones incluidas en el sector “servicios”. Pues con este modelo de globalización, avanza la privatización a una escala antes desconocida. Si consideramos que Educación y Sanidad son los ejes de una sociedad del bienestar, y que un sistema judicial que respete la libertad individual, pero también el derecho al trabajo y una vivienda dignos, a una información veraz y a un entorno y medio ambiente sanos, son las bases de un Estado social de derecho, entonces tendremos que considerar estos “servicios” como asuntos estratégicos ligados a la supervivencia de las instituciones que gestionan lo público, y no tanto al beneficio y la propiedad privada.
Las relaciones humanas implicadas en los “servicios” (profesor-a/alumno-a; médico/paciente, etc.) no pueden reducirse a meras variables estadísticas
Por desgracia parece que marchamos en dirección contraria. La política de la primera potencia mundial, desde hace algún tiempo y aun de manera más pronunciada desde la pandemia, parece estar al servicio de la conjunción de las grandes tecnológicas, industria armamentística (conectadas a las Big Techs por la digitalización y la tecnología) y finanzas (grandes fondos inversores). Esta conjunción de intereses particulares está condicionando el desarrollo de los “servicios” no sólo en EEUU. En Europa, dada la dependencia de conectividad y de tecnología estadounidense, también acusamos el golpe.
La proliferación de servicios online en detrimento de servicios presenciales de profesionales (con la merma de relación humana que conllevan), la opacidad en los mecanismos internos al servicio y en los sesgos de sus contenidos, la relativización del fundamento de los derechos humanos y la ausencia de control legislativo a nivel global, hacen de la educación y de la sanidad un apetecible pastel para el capital global, y suponen un peligro para su estatus de servicio público orientado al bien común.
Las grandes corporaciones y empresas tecnológicas no parecen estar por la labor de poner límites. Al contrario, quieren barrer la única legislación europea que existe sobre internet. Su marco ideal es el de una “liberalización” que acabe con cualquier barrera económica, jurídica o ética relativa a los derechos fundamentales. Negocio es negocio, nada de caridad, dicen algunos en su argumentario político. El dinero debe estar en el bolsillo de los ciudadanos, dicen los mismos seguidores intentando barrer todo el sistema de redistribución de la riqueza (impuestos). Incluso los comités de ética (de carácter corporativo), creados al amparo de fórmulas organizativas promovidas por las agencias, son ya un estorbo. Los EEUU de Trump han ido abandonando los organismos internacionales, entre ellos también los de estandarización y evaluación. ¿Para qué tanta regulación?
China ha ocupado esos espacios abandonados, por ejemplo, en ISO, aunque tiene su propio sistema, colabora en la elaboración de la Norma y es el único Estado que conserva aún un control sobre sus grandes empresas tecnológicas y sobre los sistemas de “información” que promocionan sus redes sociales. Se trata de un régimen dictatorial, sí. Pero, a diferencia de otros regímenes totalitarios, o incluso de las casi extinguidas democracias liberales, aún posee un motor público estatal capaz de invertir y controlar las inversiones en educación, en sanidad, o en sacar a millones de personas de la pobreza e igualar el desarrollo históricamente abismal entre el oeste y el este del país.
No es una democracia y los centros de poder ―de un país con 1.400 millones de personas― están ordenados en estricta jerarquía y, naturalmente, poseen pros y contras. Por un lado, las decisiones se toman en la cúspide: Comité Central del PCCh, Politburó y Comité Permanente del Politburó, aunque haya mecanismos de información local para la toma de decisiones. Y la dinámica interna favorece la actuación por miedo a las represalias del escalón superior, lo que no pocas veces deriva en ocultamiento y engaño. Por otra parte, lo dispuesto y ordenado se cumple con una rapidez inusitada y al milímetro en todo el país.
Las grandes empresas de aquí y de allí intentarán medrar por sus intereses, otra cosa es la capacidad de contención de ambos estados
La represión política sobre las líneas rojas marcadas por el PCCh (críticas a los símbolos del Estado, independencia de Taiwan, minoría étnicas de Xinjiang, corrupción y tráfico de drogas) es inexorable, sin embargo hay cierta libertad en el quehacer profesional y un desarrollo económico descomunal. Además, no se puede negar un compromiso político en la resolución de los grandes problemas que afectan no sólo a China, sino a la humanidad: pobreza y desarrollo desigual, proliferación de conflictos, cambio climático, energía, límites a internet y a la IA. Aunque con la limitación que impone el nacionalismo Chino, una suerte de “China first” bajo una ideologización blanda, es decir no vandálica.
De hecho, se están abordando los problemas de medio ambiente con mayor eficacia que en América o en Europa (España es una de las excepciones positivas), igual se puede decir del abordaje de las desigualdades sociales y económicas, o del problema de las energías limpias, etc. Quizá no sea un modelo a imitar, pero sí a tener en cuenta. Pues los problemas nos son comunes en gran parte y también las soluciones. Pongamos ejemplos: la organicidad social, la redistribución de la riqueza, los límites a la libertad propia para no dañar la ajena, etc., temas que tanto ellos como nosotros habremos de revisar e intercambiar conocimiento para generar sociedades más justas y equitativas.
¿Ha comenzado la cooperación más allá del beneficio económico? No. En relación con lo que podríamos calificar de “primer encuentro global”, apuntar que del lado de la primera potencia, Trump estuvo acompañado por los CEOS de las Big Tech y algún miembro de su familia (tampoco los demócratas habrían hecho algo distinto). Por parte de China, asistieron los representantes más importantes del Estado: Wan Yi, principal responsable de la diplomacia y política exterior, He Lifeng, artífice de la actual economía de Xi, Cai Qi, responsable de agenda de Xi Jinping y de coordinación política y, aunque no estuviera en la reunión sí participa siempre en cuestiones de calado económico, Li Qiang y, naturalmente, el propio Xi Jinping y los responsables de las grandes empresas. Empresas implicadas en producción de semiconductores, IA, automoción eléctrica, energía, banca estatal y tierras raras y nuevos materiales.
Esta disimetría tiene que ver con el dominio del interés privado frente al interés público. Por tanto, hay pocas esperanzas de sintonía. Las grandes empresas de aquí y de allí intentarán medrar por sus intereses, otra cosa es la capacidad de contención de ambos Estados. En EEUU las empresas lo tienen fácil y el interés privado, también. Por cierto, a este encuentro entre las dos potencias (creo que no comparable a otros históricos) precede otro anterior. El China-California Business Forum celebrado el martes 12 de mayo en Los Ángeles con los dirigentes de Silicon Valley, en donde el embajador chino en Estados Unidos, Xie Feng, en un discurso por video, pidió a California que contribuya a encontrar el camino correcto de respeto mutuo, coexistencia pacífica y cooperación de ganancia compartida para China y Estados Unidos de la nueva era.
Europa pierde de nuevo la comba. Creía contentar al emperador Trump con su indecisión y su postura camaleónica (sólo unos pocos líderes mundiales hicieron frente al genocidio de Gaza y al disparate de Irán), y Trump lanzando una furibunda contra China primero y jugando al despiste a diario, después, ha dejado a la vieja Europa colgada de la brocha. Esperemos que reaccione y se abra camino en la colaboración de instituciones y estados, y no caiga en el juego sucio, opaco y privado, que pretende sembrar la ultraderecha con Trump a la cabeza.
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Sergio Hinojosa es licenciado en Filosofía por la Universidad de Granada y profesor de instituto.
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