El paseante solitario visita la tumba de Lenin

Salí de la reunión cansado y decidí dar un paseo por el parque. Absorto por lo allí escuchado, me interné por una senda desconocida. Un viento huracanado envolvió mi cuerpo y desperté del ensueño. Una voz desconocida me llamaba por mi nombre. Levanté la vista y vi una figura incandescente bajo un frondoso castaño de indias. No era la Virgen ni San Pancracio. Así que me atreví a preguntar ¿Qué quiere de mí, alma en pena? La luminosa figura se giró y me lanzó una mirada de fuego. “Sígueme, te mostraré el camino”. Desconcertado, seguí a paso ligero la estela de estrellitas hasta un macizo repleto de glicinias y campanillas. Sobre aquella belleza natural se abría una puerta al aire y al fuego por la que, sin saber cómo, penetre. “¿Has renegado de mí? ¿Verdad?”. “No, yo sigo siendo co…” “Pues sígueme. Pero abrígate, pronto llegaremos a la Plaza Roja.”

Entonces recordé, palabra por palabra, la conversación mantenida con mi responsable que ahora os ofrezco:

― ¿Sabes? Lenin es un genio en la conquista del poder político. Esos que tanto hablan de democracia son los primeros en no respetarla. Y nosotros no vamos a ser tan tontos que..

― Ya, pero habrá que apoyar las buenas decisiones en razones y si hace falta, pues…

― ¡Pues, pues, pues qué! No puedes ser tan tibio.

― Hombre, yo…

― Nada, Lenin lo tenía claro. O estás con la revolución o haces el juego al imperialismo. Y eso también se ve en nuestro país; por una lado los lamebotas, por otro nosotros. ¡A la burguesía ni agua! La democracia no es un virtuoso contrato social. Es la correlación de fuerzas entre el proletariado, o sea nosotros, y la burguesía, o sea ellos.

― ¿No cabe un pacto honesto y sincero?

― Jamás, siempre engañan, por eso debemos hacernos con el poder mediante el arte de persuadir.

― ¿Y con el engaño también?

― Iluso, claro que sí. Pero nosotros engañamos por el bien de la sociedad futura. Además, debemos aparecer ante las masas como honestos y sinceros.

La libertad es otra cosa que arbitrariedad interesada, ocupación de tierras raras, persecución de ilegales, insumisión fiscal, chanchullos judiciales con áticos caros por medio y bocadillos de calamares (…) ¿Habrá llegado la hora de beber o de reunir fuerzas y hacer frente al pesimismo?

― ¿Se trata entonces de hacer malabarismos y mentir a sabiendas?

― Tómalo como quieras.

― Pero la verdad es necesaria... ¿O no?.

― La verdad era verde y se la comió un burro. Y ahora la construye la IA a medida.

― No lo creo. Siempre habrá gente honesta que denuncie la mentira. Además, ¿tú podrías vivir sin confiar en alguien?

― Sólo en los nuestros.

― ¿Y quiénes son los nuestros? ¿Esos a los que, a pesar de mentir, hemos de creer?

― Y amarlos hasta que nos valgan para algo.

― Eso es seducir, no amar. ¿Crees que es mejor ser cofrade que ciudadano?

― Los nuestros siempre serán los nuestros.

― Pues a mí me gusta tener vecinos, y no por eso estoy a partir un piñón con ellos. ¿A ti no te gusta pasear, ver a gente afable sin tener por ello compromiso alguno? ¿No te gusta ser un simple ciudadano?

― Si crees que así escapas a la lucha de clases estás nadando en la ficción. Ya no visten traje demócrata y matan por las calles a los migrantes y a los desarrapados.

―¿Hay algún cobijo para la vida en paz sin pleitesía ni comunión de los santos?

― No, sólo rojo o negro.

― Pues vaya plan. Y dime, tú cuando crees ser causa soberana de tus actos y poseedor de la verdad suprema ¿no te colocas fuera de esa lucha de clases y alimentas vanas esperanzas desde tu ordenador?

― Eres un ingenuo.

― Puede, pero hay un detalle que nos diferencia. Tú perteneces a una cofradía con rótulos en la Historia y yo soy un huérfano identitario.

― Nos ha tocado comenzar una época de cofrades de un signo u otro, y Huérfano o no, si quieres hacer cambios tienes que organizarte políticamente.

― Vale, pues seré de la cofradía de los sin nombre, de los paseantes solitarios reunidos. Será la que anuncie otra promesa menos lucrativa y menos heróica.

― En eso estamos.

― Entonces por qué señalar lo que nos separa, ¿cuestión electoral?

― ¡Bach! Harás el juego a los de siempre.

― No, esté donde esté, votaré y defenderé los valores que nos unen, no aquello que nos divide y nos hace odiar.

― ¿Conciliación cristiana?

― No, estrategia ético-política.

La figura incandescente refulgió con estruendo sobre el castaño y lanzó una llamarada. Acto seguido añadió con voz de ultratumba: “Siento interrumpir tus pensamientos, pero quiero enseñarte algo. Mira este cuerpo incorrupto. Es como la historia misma, dialéctica pura: por una parte, materia desechable para quienes la desean destruir. Por otra, referencia viva para quienes se mueven con la historia. Mis ideas equivocadas elevaron a mi país al rango de potencia mundial, sacaron de la esclavitud y del hambre a millones de personas y promovieron en otros pueblos la misma rebelión libertadora. Con estas mismas ideas, algunos de mis descendientes aplastaron a sus pueblos y crearon los Gulags, otros intentan ahora unirlas a regímenes más democráticos, pero todos vosotros debéis, a Marx y a mí, la potencia que tiene la idea de libertad y que, sin él y sin mí, no la tendría”. 

Desperté del ensueño. ¿Peligro rojo, soviético? No. La bolsa subía, las redes ponían verde a Sánchez y el castaño no mostraba signos ígneos. Más allá, al otro lado de la pantalla, el polen caía, los precariados seguían como abejas en su labor y yo sentía el picor de la primavera. En ese momento pensé que la libertad es otra cosa que arbitrariedad interesada, ocupación de tierras raras, persecución de ilegales, insumisión fiscal, chanchullos judiciales con con áticos caros por medio y bocadillos de calamares. Y que los nuestros son todos los demás. ¿Habrá llegado la hora de beber o de reunir fuerzas y hacer frente al pesimismo?

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Sergio Hinojosa es licenciado en Filosofía por la Universidad de Granada y profesor de instituto.

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