Plaza Pública

A propósito de A Coruña: la incomprensión como agravante

Un joven se arrodilla ante el altar colocado en la acera donde fue golpeado Samuel.

Lorenzo Martínez Esparza

Los caminos de la violencia, si no fuera por esa concepción del buen salvaje que nos confunde y que nos resistimos a abandonar, no serían nada inescrutables. Cosa de niños. El problema es que un alto grado de civismo ha generado una presión social contra la violencia física tal, que esta se ve obligada a encontrar pretextos; pretextos que se convierten en trampas. Pues ¿quién quiere ser totalmente repudiado por la tribu, por la sociedad? ¿Quién se presenta como L.P.C., aficionado al ajedrez y violento? ¿O como N.O.U., coleccionista de objetos antiguos y violento? La bestia aún permanece ahí dentro, salivando, pero debe de encontrar la manera de ser aceptada.

Por este motivo, asistimos atónitos a cómo todos aquellos que golpean a los negros, a los homosexuales, a los fascistas, a los aficionados del Barcelona F.C. o a los que visten pantalones azules (por citar algunos ejemplos), jamás se confiesan como violentos. Todo lo contrario. La violencia es, para ellos, algo así como una carga, un sacrificio o, al menos, nada más que un medio. Violento es, para ellos, el que sin motivo entra a un bar y agrede a cualquiera. Pero, el que utiliza la violencia necesaria solo para alcanzar un mundo depurado y de paz, no es violento; a lo sumo, mártir, pero no violento.

Y entonces, llegamos a los días en los que el asesinato de A Coruña marcó la actualidad, y yo escuchaba (como de costumbre) ciertos debates en algunas de las radios nacionales más reconocidas. El tema central, sobre el que pivotaban las distintas intervenciones de los tertulianos, era la posibilidad de que el asesinato se pudiera penalizar con agravante: con un componente de odio.

Al fin, los dos puntos de llegada a los que conducían las reflexiones e intercambios de opiniones eran: un asesinato sin odio totalmente incomprensible, o un asesinato por motivos homófobos. El primero era el más difícil de aceptar, el más espeluznante, el que volvía a reconocer esa bestia interior. El segundo, aunque igual de trágico, al menos podía impartir mayor justicia y, en cierta manera, podía explicar el suceso: el odio como motor de la violencia, como ceguera. La trampa estaba servida.

Desde el primer momento, no me gustó cómo se estaban planteando los debates radiofónicos. Desde mi punto de vista, la cuestión era mucho más sencilla. Las premisas Pablo es homófobo y Luis es homosexual, implican la conclusión Pablo odia a Luis. Pero, que Pablo odie a Luis, no es delito. Pablo puede odiar sin delinquir, incluso con culpabilidad, en silencio. Por su parte, las premisas Pablo es violento con los demás y Luis es homosexual, implican la conclusión Pablo violenta a Luis.

Pero el primer argumento lógico, por raro e inusual en nuestro mundo, nos lleva a preguntarnos: ¿cuántos odiadores conocemos que no promuevan su antipatía o su animadversión? ¿Cuántos que no incurran en acciones hostiles, delictivas o inmorales? Nos sería realmente difícil dar con alguno. Del segundo argumento lógico, por común, podemos afirmar que la violencia, al fin y al cabo, no es muy escrupulosa: se abre paso, sea cual sea la condición de la víctima. En algunos casos, por decoro y para no ser repudiada por la sociedad –como decíamos–, tendrá el detalle de vestirse con alguna ideología de odio; en otros casos, ni eso.

En definitiva, son la violencia, la agresividad o la hostilidad, la condición previa del odio y, por ende, las causas de sí mismas. Es la violencia la que guarda en el armario mil distintos disfraces, cada cual al gusto de las distintas estructuras de pensamiento individuales.

Y, en ello, la intervención de una amiga de los agresores que, no solo pedía justicia y el castigo para sus amigos, sino que arrojaba claridad: le llamaron maricón, igual que le hubieron podido llamar 'gordo’, si fuera gordo. ¿Qué importa? ¿Por qué confundir las consecuencias, los ornamentos de la violencia, con sus causas? Cuando la violencia da un paso adelante, cuando la bestia se remueve ahí dentro, todo vale: el racismo, la homofobia, el exceso de peso o incluso una cámara que graba. Son las trampas. Si crees que una cámara te graba, puedes propinar una paliza por prestar un servicio de amor incondicional a tu novia, que te anima a ello y te aprueba; pero sin trampa, no serás más que un loco, un violento, un ser despreciable y un villano sin escrúpulos. Encontrar la trampa o no encontrarla, ser más o menos decoroso con esa sociedad que te vigila: he ahí la cuestión.

La homofobia no es uno de los motores de la violencia: es uno de sus disfraces. La bestia ya salivaba antes de salir de casa, frente al espejo, mientras se moldeaba el cabello o se aromatizaba con perfume. La bestia ya salivaba al salir de la discoteca, antes de toda cámara o de todo posterior suceso. Solo era cuestión de tiempo; antes o después, quizá no esa noche, quizá en unos días, pero cuestión de tiempo. No caigamos en la trampa de los caballeros y los mártires, de los buenos salvajes que, muy a su pesar, con sacrificio, náuseas o cegados por el odio, caen en la violencia.

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Lorenzo Martínez Esparza es diplomado en Educación Social por la Universidad de Murcia.

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