La guerra de Irán es cosa de los reptilianos

Joaquín Jesús Sánchez

Vivimos tiempos recios. Los estrechos se abren y se cierran con una intermitencia nunca vista; los océanos hierven, una inestabilidad geopolítica que presagia carestías y la inflación engordando enteros. Preocupante, ¿cierto? ¡Pues es todo una engañifa!

Se lo he oído decir a uno de esos todólogos que llevan gafas de colores. Resulta que la Comisión Europea ha propuesto lo del teletrabajo para subyugarnos. ¡Sapristi! La medida más tonta de la historia viene cargada de malas intenciones. “Pretenden que el ciudadano no se mueva y consuma menos”. Alerta, ¡criptosocialismo sedentario!

Por lo visto, las “organizaciones supranacionales” (qué nombre de supervillano) acechan como buitres. Los planes están ahí, solo hay que aprovechar el colapso para implementarlos. Imaginen la escena: un despacho oscuro, los magnates encapuchados. De pronto, entra un edecán: “Mis señores, la Tercera Guerra Mundial está a punto de estallar”. “¡Por fin! Llamad a Von der Layen, es hora de imponer… ¡una jornada semanal de trabajo a distancia!”.

Embelesado por tamaña revelación (puede que esa mañana no me hubiese tomado los psicofármacos), me dispuse a abrevar en el copioso manantial de la chaladura. Un paseo muy instructivo, atiendan: nos cicatean quintales de información y todo está al borde del colapso. La IA, las reservas estratégicas, los bancos centrales, los flujos mercantiles y la floreciente industria del altramuz. Los vaticinios, eso sí, se repiten cada quincena desde hace cuatro o cinco años; pero el acabose es inminente, ya se lo digo yo.

Hará no mucho, uno de esos horteras oligofrénicos a los que Trump ha dado una vicepresidencia afirmó que los marcianos eran criaturas demoníacas y que los ovnis le quitaban el sueño. ¿Y a quién no?

Consagrado a estas labores, no tardé mucho en descubrir otro inquietante tocomocho: la misión Artemis tiene gato encerrado. ¿Colonialismo espacial? ¿Propaganda yanqui? Mucho peor: control mental. Me lo explicaban un chaval con voz de pito y otro argentino que no se aclara con la trigonometría. Según sus averiguaciones, tu cuñado –con una lupa y una kodak– podría haber sacado mejores fotos de la cara oculta; y nadie manda una nave de tropecientos millones solo para tomar unos retratos. No, no, aquí lo que se quiere es reafirmar el engañabobos de la esfericidad terráquea para evitar que el personal vibre en la frecuencia de la dimensión desconocida y olvide definitivamente sus poderes telequinéticos.

Hará no mucho, uno de esos horteras oligofrénicos a los que Trump ha dado una vicepresidencia afirmó que los marcianos eran criaturas demoníacas y que los ovnis le quitaban el sueño. ¿Y a quién no? La treta es habilidosísima: patadón y vaya usted a buscar la pelota entre la maleza. ¿Sin cita en el ambulatorio? Algo trama el Fondo Monetario Internacional. ¿Enésima carnicería en la Franja? La clásica cortina de humo. Al día siguiente, vídeo ceñudo explicando “lo que nadie te cuenta” y seguimos para bingo. No me extraña que el más célebre cazafantasmas del país coseche tanto éxito en su nuevo formato contestatario y horizóntico. Un día las caras de Bélmez, al otro una trepidante exclusiva: así se hizo detener tal diputado racializado de Podemos. Los maderos, ¡víctimas de una conspiración globalista e izquierdosa!

Uno se imagina a los forofos del formato en mitad del apocalipsis. “No te preocupes, no es el ángel exterminador, es un globo sonda de las élites”.

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