Secuestrar el levantamiento iraní: los riesgos de personalizar una revuelta republicana

Europa tiene un reflejo recurrente en momentos de crisis política en el extranjero: la búsqueda de un rostro único que encarne movimientos sociales complejos. En el caso del levantamiento iraní de 2026, ese impulso se ha traducido en la rápida elevación de figuras en el exilio como presuntos “líderes” de una revuelta que se desarrolla dentro del país. Pero la visibilidad exterior no equivale a legitimidad organizativa en el interior.

El levantamiento nacional que sacudió Irán a finales de 2025 y comienzos de 2026 ha sido uno de los episodios políticos más relevantes desde 1979. Lo que comenzó como protestas contra el colapso económico y la corrupción evolucionó hacia una rebelión extendida a las 31 provincias del país. Los manifestantes rechazaron la dictadura en todas sus formas y exigieron una república democrática. La represión del régimen reveló la profundidad del descontento y la crisis estructural de la República Islámica.

A diferencia de anteriores olas de protesta, esta insurrección mostró signos de coordinación política. Las autoridades iraníes denunciaron reiteradamente la implicación de redes clandestinas asociadas a las unidades de resistencia de la Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán, lo que refleja un reconocimiento involuntario del régimen de que existen estructuras políticas organizadas dentro del país. Las protestas no fueron meros estallidos espontáneos, sino la expresión de demandas políticas acumuladas y de una creciente conciencia republicana.

Un lema condensó el espíritu del movimiento: “Abajo el opresor, sea el Sha o el Ayatolá”. No era una llamada a restaurar el pasado ni una petición de intervención extranjera. Era el rechazo del autoritarismo en todas sus formas y una afirmación de autodeterminación.

Las protestas en Irán no fueron meros estallidos espontáneos, sino la expresión de demandas políticas acumuladas y de una creciente conciencia republicana

Sin embargo, fuera de Irán la imagen ha sido con frecuencia distorsionada. A medida que la movilización se intensificaba, ganó fuerza en medios occidentales y círculos políticos la búsqueda de un “líder de la oposición” único en el exilio. Esa proyección ha contado además con una amplificación constante en medios en lengua persa como BBC Persian y la cadena Iran International, financiada por capital saudí, que han contribuido a consolidar su perfil como referencia exterior.

Durante la crisis de enero defendió públicamente “acciones sobre Irán” que muchos ciudadanos dentro del país observan con cautela. En las calles iraníes, el discurso dominante ha rechazado tanto la dictadura como la intervención militar externa, insistiendo en un cambio impulsado desde dentro.

La sobredimensión de la diáspora también ha condicionado las percepciones. Las cifras de la concentración pro-Pahlavi del 14 de febrero en Múnich fueron ampliamente infladas a nivel internacional y posteriormente cuestionadas por la prensa alemana mediante análisis técnicos que redujeron la asistencia anunciada. El episodio muestra cómo el espectáculo exterior puede cristalizar en narrativas políticas que proyectan una imagen de liderazgo consolidado no necesariamente respaldada por la realidad sobre el terreno.

En ese mismo acto, un orador invocó la fórmula “una patria, una bandera, un líder” en referencia a Pahlavi, una construcción con similitudes estructurales con el eslogan nazi “Ein Volk, ein Reich, ein Führer”. En el contexto alemán, esa retórica evoca asociaciones inquietantes y remite a estéticas políticas vinculadas al neofascismo.

Un contraste significativo se observó en la concentración del 7 de febrero en Berlín. Representantes de movimientos kurdos, grupos republicanos de izquierda y liberales, asociaciones de mujeres y redes cívicas se reunieron bajo un lema ampliamente coreado dentro de Irán: “Ni Sha ni mulás, hacia una república democrática y laica”. El énfasis no estaba en restaurar una dinastía ni en aglutinarse en torno a un título heredado, sino en construir un futuro basado en la igualdad, el laicismo y el pluralismo político.

Esta distinción es fundamental. Las transiciones democráticas no se construyen en torno a la visibilidad personal ni a la continuidad dinástica. Se articulan mediante movimientos organizados y compromisos institucionales. Confundir claridad mediática con profundidad política puede conducir a diagnósticos erróneos.

El panorama opositor iraní no carece de plataformas organizadas. Entre ellas, el Consejo Nacional de la Resistencia de Irán, impulsor de la concentración de Berlín, ha articulado un marco transitorio centrado en la movilización interna más que en la intervención extranjera, defendiendo la separación entre religión y Estado, la igualdad de género y la abolición de la pena de muerte. Tales propuestas merecen ser evaluadas por su programa y su profundidad organizativa, no por su visibilidad mediática.

Para Europa, las implicaciones son claras. El compromiso diplomático, la política de sanciones y cualquier eventual apoyo a una transición dependen de una evaluación rigurosa de qué actores cuentan con capacidad real dentro de Irán. Confundir el espectáculo exterior con legitimidad interna puede distorsionar decisiones políticas y reforzar involuntariamente la narrativa del régimen de que la oposición es un producto fabricado desde fuera.

El levantamiento iraní de 2026 no es una disputa sobre quién hereda el poder, sino sobre si el poder será responsable ante la ciudadanía. Las consignas que resuenan en las calles rechazan tanto la teocracia como la monarquía porque, en Irán, ambas representan el autoritarismo. 

El futuro de Irán no lo decidirán títulos heredados ni ópticas amplificadas desde la diáspora, sino fuerzas pluralistas capaces de transformar la protesta en una república democrática.

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Firouz Mahvi es analista especializado en asuntos de Irán, derechos humanos y política europea.

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