Tecnofeudalismo o democracia

Cuando en el año 1886 se vendió el primer vehículo de motor de explosión en Alemania, un Benz Patent-Motorwagen, nadie sospechaba que en el futuro iba a ser necesario realizar un examen que demostrase las habilidades y capacidades para dirigir ese vehículo y que ese acceso solo se podría conseguir con una madurez suficiente. Ahora nadie concibe que se pueda conducir un coche sin carnet de conducir, sin formación y a cualquier edad. Autoescuelas, códigos de circulación vial, multas, semáforos, señales, limitaciones de velocidad, códigos de construcción y seguridad y delitos relacionados con la conducción han conseguido que nuestras carreteras no sean lugares peligrosos. Y como cualquier actividad humana todos sabemos que está en evolución constante y quizá en el futuro haya que aumentar toda esa legislación para atender a coches autónomos o quién sabe qué nos traerá el devenir. 

Y si la industria automovilística entendió que para vender coches era necesario someterse a la regulación estatal, ¿por qué las redes sociales no han de seguir el mismo camino? El anuncio del presidente del Gobierno la semana pasada levantó una oleada de críticas a diestra y siniestra por la deriva autoritaria que supone prohibir el acceso a menores de 16 años a las redes sociales. Tanto es así, que tanto el dueño de X, Elon Musk, como el de Telegram, Pavel Durov, la emprendieron contra Pedro Sánchez y le tacharon de fascista y tirano. Y ni X ni Telegram son las redes sociales preferidas por nuestra juventud, de manera que no están preocupados por perder una clientela considerable, a diferencia de Instagram o TikTok, que sí son las que concentran la atención de los adolescentes españoles. No. Lo que a Musk y Durov les preocupa es que Pedro Sánchez se ha colocado al frente de quienes piden una regulación de los contenidos de las redes sociales, que incluye la responsabilidad de los directivos, la moderación de sus contenidos y la orden de la fiscalía para que persiga como delitos penales la manipulación de redes sociales y servicios de IA más extremos. Igual que los editores de infoLibre son responsables si en mi artículo yo difamara a alguien, resulta que en las redes sociales, los dueños del algoritmo que prohíbe unos contenidos, silencia otros y viraliza los que considera, esos mismos dueños con cuentas bancarias milmillonarias no tienen ninguna responsabilidad de los insultos y mentiras que se vierten en sus plataformas.

No nos engañemos, el problema de estas plataformas es que están socavando, si no destruyendo, nuestro modelo de sociedad

Hemos visto que se ha apelado mucho a la necesidad de educar a nuestros hijos e hijas en el uso responsable de las redes sociales, como si hasta ahora en los colegios e institutos no se hubiera hecho nada. O como si las familias hubieran cejado voluntariamente en sus responsabilidades educativas. Aumentar los niveles educativos y la sensibilización nunca está de más, pero desde luego, si la salud mental de nuestros jóvenes se está resintiendo quizá haya llegado el momento de dar un paso al frente. Los 20 años que llevamos sin regulación o una regulación mínima ya nos han demostrado que es necesario actuar con firmeza

Porque, no nos engañemos, el problema de estas plataformas es que están socavando, si no destruyendo, nuestro modelo de sociedad. La desinformación siempre ha sido una práctica de todos los gobiernos a lo largo de la historia, es cierto. Pero es en los últimos 10-15 años cuando ha comenzado a convertirse en un problema de primera magnitud. Ningún gobierno ha desprestigiado públicamente a la comunidad científica en sus consensos ni ha cuestionado la eficacia y necesidad de las vacunas. Si la semana pasada la OMS nos retiró el estatus de país libre del sarampión no fue por ninguna actuación de los distintos ministerios de Sanidad que hemos tenido en los últimos 20 años. 

Las plataformas tecnológicas se han encontrado con que la Unión Europea, el selecto club de 400 millones de personas con mayor poder adquisitivo de todo el mundo, quiere regular sus negocios y cuestiona sus modelos por los efectos no deseados que está produciendo en la población. Y por eso los dueños de estas empresas, un selecto club de señores tecno-feudales, están apostando, con la ayuda y el beneplácito de Moscú y Washington (¿Pekín también?), para debilitar y fragmentar todo lo posible la Europa de los 27. Por eso quieren cobrarse la pieza de Pedro Sánchez. Por eso, la lucha contra los gigantes tecnológicos va camino de convertirse en una lucha por la democracia.

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Pedro Silverio es periodista y doctor en Filosofía, autor del libro ‘La Muerte de la Verdad en Democracia’.

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