Plaza Pública

Ya están aquí

Baltasar Garzón

“La razón es la muerte del fascismo”. Miguel de Unamuno

La otra noche viendo el debate a cinco sufrí, y sufrí mucho, muchísimo. Conforme pasaba el tiempo observé cómo el representante de Vox, ese partido fascista que se nos ha colado en el espectro electoral español, esperaba agazapado, como el tigre con el que se identifica uno de sus dirigentes, a que la presa (el público televidente) estuviera bien preparada y en el lugar adecuado para saltar sobre ella y devorarla. Y lo hizo, bien que lo hizo. Los demás componentes del arco de atriles en la Academia de la Televisión estaban atentos a lo suyo y a lo que les indicaban los moderadores y, probablemente, sus respectivos gurús de comunicación que atienden más a las encuestas que a la realidad de los problemas que afectan a la ciudadanía. Se diría que el partido fascista no estaba allí, lo invisibilizaron. Mientras tanto, los mensajes de su vocero iban calando en la seguridad de que al día siguiente todas las redes sociales y los periódicos aumentarían los ecos y repicarían hasta la saciedad la perorata y la sarta de barbaridades que había proferido. Objetivo conseguido: los demás, dueños de su silencio tan clamoroso como incomprensible, quedaron sumisos, condescendientes, sin pelear ni confrontar con el tigre, como si éste fuera incapaz de dar las dentelladas precisas y quirúrgicas.

Ya está aquí, me dije; este era su target. Se sienten cómodos ante nuestra incomodidad y se envalentonan con nuestro miedo. Es lo que ha ocurrido. Durante todo este tiempo de corta legislatura y la previa de Andalucía, hubo señales y avisos, pero los pasamos por alto como algo improbable o como algo molesto en lo que es mejor no reparar. Como esa enfermedad cuyos síntomas evidencia su presencia, pero para cuyo tratamiento nos negamos a ir al médico pretextando que no existe o que es algo mucho más pasajero y sin importancia. El problema es que el cáncer o se aísla o deriva en metástasis. En esas estamos.

Nunca bajar la cabeza

Quienes nos criamos todavía en la época de la dictadura y pasamos la juventud en la etapa previa a la Constitución y en la posterior a la aprobación de la Carta Magna, sabemos cómo funciona el fascismo, cómo se apodera de las personas negando la libertad de expresión y la de pensamiento, señalando a las víctimas o negándoles la condición de tales. Siempre instaurando la mentira y la falsedad y aumentándolas hasta hacerlas categoría u oráculo de lo contrario, es decir de una verdad amañada con efectos perturbadores y a veces consecuencias tremendamente devastadoras. El tsunami de las emociones y de las mentiras (fake news) se ha instalado entre nosotros, e incluso el propio organismo electoral afirma que esto no es importante. Es decir, se ha legalizado la manipulación y la obscenidad para manejar a los votantes. Amén.

A pesar de tener demasiado presente la represión hacia quien se atreviera a opinar algo distinto y la perversa actitud sobre la mujer, sobre la familia, sobre las relaciones laborales, sobre los diferentes… intentamos reaccionar entonces. La ultraderecha golpeaba físicamente y mataba a los demócratas, pero salíamos a la calle e intentábamos silenciarlos a cuerpo limpio y con una oposición basada en la voz y la palabra, haciéndoles frente, no bajando la cabeza o desentendiéndonos o normalizando, que es tanto como banalizar (concepto acuñado por Hannah Arendt) el fascismo. Tenemos un glosario de nombres de estudiantes, de jóvenes sindicalistas, de militantes de partidos, de profesionales asesinados por los fascistas que bajo ningún concepto querían permitir el paso a la democracia, y eso ya con Franco muerto y con las urnas recién estrenadas.

Herederos de los viejos fascistas

Estos tipos que se pavonean ahora negando la violencia de género, practicando la xenofobia, reclamando una España sin autonomías o mano dura contra quien saque los pies del tiesto –de su tiesto– son los herederos de aquellos viejos fascistas que camparon por sus respetos en España, pero que con un esfuerzo más allá de lo humanamente exigible, fueron detenidos y abortados en sus malsanas intenciones de perpetuar un régimen fascista como el de Franco. Ahora, sin diques de contención, siquiera dialéctica, reivindican el espacio que nunca perdieron pero que estaba agazapado como la peste, escondido en el cieno, abonado por la corrupción y la inconsistencia de la derecha que ahora les da cobijo.

Como muchos ciudadanos (algunos con más facilidad de acceso para enviar mensajes públicos) lo avisamos, insistimos, lo reiteramos, pero quienes tenían que oír y responder a las llamadas de atención, estaban a otros menesteres, no disponían de tiempo para escuchar, perdidos en sus estrategias de marketing, siguiendo las pautas de los gurús de la comunicación. El oropel que envuelve las campañas deslumbra y no permite ver el contenido de la realidad. Ocurre que la falta de profundización del discurso y la ausencia de ideas de vertebración de la izquierda, los excesivos protagonismos narcisistas y las limitaciones en las propuestas de Gobierno favorecen definitivamente a las derechas. Es algo tan claro como real y presente.

Lo dejé escrito en enero de este año: “En el gran teatro de PP, Ciudadanos y Vox cada uno ha desempeñado un papel que, previamente, ya se habían repartido: el extremista Vox, que cede por el bien de todos; el conciliador PP, que se autoproclama por boca de ganso de su presidente Casado un partido de centro; y con Ciudadanos como cooperador necesario, que pasa del estado de rechazo al de convidado de piedra”.

Han pasado diez meses y la toma de posición de cada cual es clara, con un Ciudadanos noqueado al pairo y a la deriva de quien mejor lo acune, que sin duda será su matriz genovesa; un PP ocupado en recomponer sus huestes, que en gran medida apestan todavía a suciedad y corrupción, y un Vox que no es consciente aún del favor que le han hecho los demás al ningunearlo y no confrontar su discurso fascista, machista y xenófobo. Añadía entonces también mi sospecha de que estábamos posiblemente asistiendo a un ensayo previo. Con Casado presentándose como el jefe del centro político y anunciando su decisión de repetir la buena estrella de Andalucía en otras comunidades, como Madrid. Y acerté. Pensaba yo que quizás aquello iba más allá en la idea de que tanto el líder del PP como Santiago Abascal eran conscientes de que con las riendas en la mano de la Nación y del Parlamento, sí que se pueden llevar a cabo cambios sustanciales e irradiarlos al resto del territorio, y concluía en que quizás lo que habían hecho era firmar una apuesta de futuro.

Hay que votar

Y algo de eso debe de haber porque, sin duda alentado por sus correligionarios europeos, Vox busca su sitio sin creer aún la rapidez con que se aproxima al objetivo gracias a la incapacidad de los otros. Encuentran hueco en determinados lugares porque son expertos en manipular las emociones de personas poco informadas. Ciudadanos que buscan un discurso afín al sentimiento de inseguridad o de profunda injusticia que la ultraderecha es capaz de reconocer de inmediato, atraer y supeditar a sus propios intereses en absoluto desprendidos. Ese discurso cala, a pesar de que incluso el que lo acoge y vota, sabe que no le van a dar lo que solicita, pero al menos logra la satisfacción de golpear a los que tradicionalmente no le resuelven sus problemas. Penosamente, nos encontramos en un momento en el que, a poco que nos dejemos llevar, ya estamos al borde del precipicio: votamos según lo que nos dicen y no por lo que se hace. Vivimos en realidades virtuales, sin estar en Internet, y pixelizadas, sin que los medios digitales tengan que hacer su trabajo en nuestro cerebro. Nos han insertado códigos de barras según los cuales, a poco que no reaccionemos, nos van a almacenar en el espacio en el que reina la indiferencia más absoluta.

En esta situación inquietante la derecha ni se plantea rebatir los bárbaros mensajes de Vox sumergida a su vez en sus propios argumentos falaces, y esperando arteramente su oportunidad de pacto con sus responsables. Y la izquierda debate entre sí dejando ver sus enfados, poniendo de manifiesto sus diferencias a la luz del día, cuando debería estar más unida que nunca. El presidente en funciones tiene algunos problemas añadidos pues imbuido de la purpurina del poder, se inviste de Estado y esto puede llevarle a confundir la función del Gobierno dentro de su estructura. La confusión sobre lo que es la designación gubernamental del Fiscal General, con la autonomía e imparcialidad de la función de Ministerio Publico, trae consigo errores o dislates como el sufrido por Pedro Sánchez. Pero hay que reconocerle algo importante, y es que ha rectificado y reconocido que se equivocó, volviendo a la línea que, desde el comienzo de su gestión, marcó la ministra de Justicia. En todo momento, Dolores Delgado ha sido exquisita en la defensa de esos valores de los fiscales a cuyo cuerpo pertenece y de la independencia de los jueces, como parte del poder judicial que es.

Vox es un problema de todos. Juegan contra la democracia, por tanto no se les tiene que blanquear; no se debe compartir con ellos espacios democráticos; no podemos repetir el esquema que originó el nazismo. Hitler, tan ridículo como Abascal, alcanzó el poder aupándose en la democracia, ganó las elecciones, acabó con ella y lo intentó con el mundo.

Hay que votar. No queda más remedio que demostrar que somos progresistas y que de ello ejercemos. No podemos ceder ni un milímetro ante quienes banalizan el discurso extremo de Vox y se ocupan solo de rebañar votos para conseguir todo lo que puedan de la debacle. A ellos, la inconsciencia les sale gratis. A los demás nos puede salir muy caro en calidad democrática y en libertades. _____________________

Baltasar Garzón Real es jurista y presidente de FIBGAR

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