Medio ambiente

El Cabo de Gata, la "joya única en Europa" que se libró del turismo de masas y en cuyo corazón la Junta permite un hotel

Playa de Los Genoveses (Almería).

Cuentan los almerienses, a modo de fábula para reírse de ellos mismos, que cuando Dios descansó en el último día se dio cuenta de que se había dejado sin construir la esquina de la Península Ibérica que habitan. Y decidió poner un poco de todo: montañas, ríos, bosques casi tropicales, playas, formaciones volcánicas, llanuras… "Se dio cuenta de que era una ventaja competitiva, y por eso puso ahí a los almerienses". El que habla es Antonio Fernández, vicepresidente del Grupo Ecologista Mediterráneo. Aunque el mar de plástico de los invernaderos se lleve los titulares, la provincia de Almería, efectivamente, cuenta con tesoros naturales únicos en el continente. Y la punta de lanza, la "joya única en Europa", es el Cabo de Gata. Ajeno a la presión turística y urbanística durante años, la Junta de Andalucía aprobó este jueves la construcción de un hotel que por sí solo no destruye la fortaleza construida, pero que sí puede abrir la puerta a un cambio de modelo insostenible.

A vista de pájaro, la provincia de Almería cuenta con dos grandes territorios que parecen ganados al Mediterráneo. Uno, cuyo epicentro es El Ejido, se puede ver desde el espacio: los toldos blancos de los invernaderos reflejan la luz del sol. Y otro es el Parque Natural Cabo de Gata-Níjar, de un valor ecológico, geológico y paisajístico incalculable. "Es una joya única en Europa", afirma Fernández, en referencia a que pocas zonas del viejo continente pueden presumir de tanta diversidad en tan poco espacio. El Cabo de Gata alberga playas vírgenes, aguas transparentes, vida submarina única, un número considerable de especies endémicas, formaciones volcánicas, acantilados que quitan el aliento. Y, durante años, la lucha ecologista –con la complicidad de las administraciones– ha consistido en mantener el paraje ajeno a la presión humana. Con limitaciones no solo a las actividades industriales y económicas, también a la simple visita. Han construido un modelo de turismo sostenible prácticamente inédito en el litoral español.

Ahora, una decisión de la Junta de Andalucía, y el contexto post covid-19, hacen temer a los activistas de la zona el principio del fin de esta aldea de irreductibles almerienses que resistieron al invasor.

El Gobierno andaluz dio luz verde este jueves a la construcción de un hotel en la zona de Los Genoveses. Si finalmente sale adelante, la empresa Torres y González Díaz SL rehabilitará un antiguo cortijo situado a dos kilómetros de la playa que ahora se utiliza como centro de interpretación. Solo contará, según el proyecto aprobado, con 30 habitaciones, y no requiere edificaciones adicionales: a diferencia de los planes de la misma compañía tumbados en 2016 por su impacto ambiental. Los ecologistas se oponen no solo por su impacto potencial: también porque "abre la puerta" a que otros promotores reivindiquen su trocito de Cabo de Gata, opina Fernández.

"Y cuando abres esa puerta, se queda abierta", añade. "Si se apuesta por este modelo, te estás cargando un tipo de turismo que resulta muy rentable a largo plazo" y que defiende la sostenibilidad por encima de la sobreexplotación. Cada verano, al menos antes de la pandemia, visitaban el Cabo de Gata un millón de turistas. Parecen muchos –no son tantos–, pero además practican desde hace décadas un turismo respetuoso con el entorno. Aquí no hay chiringuitos ni apartamentos a pie de playa; las calas tienen límite de aforo para conservarlas intactas, sin apaños; tampoco hay hoteles en kilómetros a la redonda. Hasta ahora, al menos.

Playa del parque natural Cabo de Gata-Níjar.

"Son gente que viene de toda la provincia y van a visitar el parque, las calas, los paisajes y van a adentrarse en la historia de la zona. Supone un riesgo muy importante abrir la mano a este tipo de proyectos. No es solamente uno más", asegura Fernández. Un hotel necesita proveedores, empleados que van y vienen, tránsito, tráfico, alcantarillado. "Incrementar esa presión humana es peligroso porque estamos hablando de unos ecosistemas muy frágiles" y que se han mantenido intactos durante décadas gracias a restricciones muy severas al capital. "El territorio, por sus limitaciones, no puede aspirar a competir en volumen", en referencia a otros enclaves basados en el turismo de masas estilo Benidorm. "Necesitamos que los que vengan sean respetuosos con el medio ambiente y las costumbres".

No es solo por el hotel, cuyo impacto reconoce Fernández que no será desmesurado, si finalmente el proyecto se lleva a cabo. Es por lo que puede venir detrás. La lucha de Almería por mantenerse ajena al ladrillazo, a la depredación del turismo de mano de la burbuja urbanística en todo el litoral español, ya tiene décadas. Aunque es cierto que la provincia no fue inicialmente escogida por los promotores de la revolución, y eso ayudó. "Se quedó fuera del boom porque no había comunicaciones. No tuvimos aeropuerto hasta los años 70, las carreteras eran criminales y no había una red que te llevara hacia el Cabo de Gata", rememora el activista. Pero la tregua no iba a durar para siempre. "A partir de determinado momento, la gente empezó a ver que esto es muy atractivo. Y ahí empezó el lío".

Los ecologistas almerienses han peleado en los últimos 20 años en multitud de batallas contra los que pretendían conquistar el paraje. Como arma, la declaración de Parque Natural de la zona, así como otras figuras administrativas que incluían protecciones adicionales, como la Red Natura 2000. "Sirvió para ponerle coto a las ansias de bastante gente que ha intentado urbanizar aquello". A cambio, los promotores se contentaron con convertir en núcleos turísticos a las poblaciones de alrededor, más lejanas al parque en sí: San Miguel de Cabo de Gata, San José o Carboneras, por dar algunos nombres. "Se contentaron con eso". También hubo cesiones a los invernaderos, con fuertes limitaciones para no convertir la zona en un Mar Menor, el ejemplo perfecto de cómo un enclave privilegiado se puede destruir por la presión económica. En Cabo de Gata no hay vida vegetal submarina muerta, ni vertidos, ni eutrofización, ni plástico. 

Algunas contiendas fueron mucho más difíciles de ganar que otras. En todo el país es conocido el ejemplo del hotel del Algarrobico, en pleno Parque Natural, que tras años de idas y venidas judiciales fue declarado ilegal por el Tribunal Supremo por ser contrario a la Ley de Costas. No ha sido demolido y el mamotreto de hormigón sigue en pie, convertido en símbolo del urbanismo depredador en la costa española. 

"Las negociaciones siempre han sido muy duras", reconoce Fernández, y esta también lo será: las asociaciones van a poner toda la carne en el asador para contraatacar en los 15 días de alegaciones que ha abierto la Junta. En ese sentido, el abogado y portavoz de la asociación Amigos del Parque Enrique Ruiz reconoce que la normativa permite este tipo de proyectos, al margen del decreto que publicó hace unas semanas el Gobierno andaluz. El ordenamiento jurídico autonómico ya daba alas a esta modificación del uso de un territorio siempre que responda a un claro "interés público y social", una indefinición común en muchas normas ambientales que permite, en la práctica, hacer lo que sea.

A pesar de lo que se ha sugerido, no hay relación entre el hotel de Los Genoveses y el decreto que aprobó el Gobierno el 2 de abril, en pleno confinamiento, para eliminar "trabas" a la actividad urbanística y turística. Sin embargo, los ecologistas ven en la sucesión de movimientos una clara intencionalidad política de instaurar la cultura del pelotazo en un Parque Natural que salió indemne en aquellos años de locura y ladrillo. "La semana que viene haremos públicas nuestras alegaciones", confirma Ruiz. "No estamos a favor de esta opción. No queremos este tipo de construcciones. No hay debate".

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