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El futuro de Cataluña

La crisis catalana pone en la diana a los defensores del diálogo frente a la polarización

Una chica en la manifestación de 'Hablamos/Parlem', convocada la semana pasada en diversas capitales españolas.

Ángel Munárriz

¿Quién no conoce Duelo a garrotazos, pintura inmortal de Goya? La obra presenta a dos hombres de aspecto envilecido, con las piernas enterradas en el suelo hasta las rodillas en medio de un paraje afligido, arreándose a lo bestia. Por los ademanes, también por la herida sangrante de uno de ellos, parece que los golpes van directos a la cabeza. El cuerpo a cuerpo sin testigos anticipa un solo final posible: la muerte de uno de ellos y la maltrecha supervivencia del otro, que se quedará con el solitario campo baldío. La pintura, fechada en 1819, ha sido interpretada como la perfecta representación del cainismo español, pero también como un negro pronóstico de las luchas fratricidas del siglo XIX, sublimadas en el XX con la Guerra Civil, que terminó con el ensayo democrático republicano. Y como una metáfora de la incomunicación y el fracaso de la inteligencia y el diálogo. No parece ocioso afirmar que la obra de Goya mantiene vigencia. Ni tampoco que quizás había una manera de que los dos descamisados hubieran dejado de destrozarse mutuamente: que apareciese un tercero pidiéndoles que se sentaran a hablar. Este tercero se hubiese llevado entonces la paliza.

El diálogo no es el punto fuerte del acervo político español. "Es un déficit relacionado con la juventud de nuestra democracia", considera Albert Balada, sociólogo y politólogo. El sistema político español salta "de la ley a la ley" desde una dictadura de corte fascista de más de tres décadas. La incorporación del valor diálogo no se produce de un día para otro. Cabría oponer que en Estados Unidos, democracia mucho más antigua, ha ganado las elecciones Donald Trump con un discurso que proclama no sólo la inutilidad del multilateralismo, el diálogo y la negociación, sino en ocasiones de la propia política, mucho menos útil que la pura testosterona americana. "Es verdad que ha ganado Trump", responde Balada, "pero el concepto de debate político a fondo en la Cámara de Representantes de Estados Unidos sigue ahí. La cultura de negociación también. Eso de que hasta que no se tiene el acuerdo cerrado no termina la sesión".

Eso falta en España. Con un agravante: el conflicto catalán, la mayor crisis política e institucional que ha vivido la democracia española desde el golpe de Estado de 1981, amenaza con laminar el propio prestigio de las ideas de diálogo y negociación. Ignacio Sánchez-Cuenca, director de Instituto Carlos III-Juan March de Ciencias Sociales de la Universidad Carlos III de Madrid y Profesor de Ciencia Política, recuerda que la minusvaloración del diálogo, el arrinconamiento del equidistante y del mediador, no es un fenómeno nuevo. "Siempre ha estado ahí, en la tradición política española", afirma Sánchez-Cuenca. En ocasiones, de forma "latente". Pero suele dar la cara cuando sube la temperatura del debate en una cuestión especialmente espinosa: la unidad de España, los límites del Estado, el problema territorial. O sea, Cataluña.

"Es un tema muy conflictivo, porque está mal cerrado en la Constitución del 78. En el caso vasco se cerró mejor, con ese cierto reconocimiento de los fueros y el pacto fiscal. Pero el catalán no", señala Albert Balada, que aporta una distinción: a su juicio, hay dos aproximaciones etimológicas a la palabra "diálogo", desde la latina dialogus, que significa "discurso", o desde la griega dialogos, que significa hablar de "algo" –los dos de un mismo "algo"– a través de la palabra. Balada advierte del triunfo absoluto de la idea latina, del diálogo como discurso que intenta imponerse, no como interacción para la mutua comprensión.

De esta explicación se deriva una conclusión: para la mayoría, identificada en uno de los bandos, es momento de ir a ganar, no a convencer. El peligro es que, en una cultura política ya de por sí poco permeable a las ideas de la cesión y la transacción, la polarización de las posiciones en relación con Cataluña acabe empapando todo el debate público. Ahí está el riesgo del monolitismo político y el desgarro social. El riesgo de una cronificación del conflicto, de una ruptura de puentes. Para completar este tipo de diagnósticos suele acudirse al ensayo Retóricas de la intransigencia, del alemán Albert Hirschman (1915-2012), que expone las tres tesis que suelen invocarse para rechazar cualquier cambio: la tesis de la perversidad, que sostiene que toda acción para mejorar algún aspecto del orden político, social o económico acaba agravando el problema que se desea remediar; la tesis de la futilidad, según la cual los intentos por llevar a cabo reformas sociales naufragarán por su fragilidad teórica; y la tesis del riesgo, que establece que el coste político y social de las reformas propuestas es demasiado alto y pone en peligro los logros precedentes. Repasadas las tesis, se diría que Hirschman parece el autor de cabecera de la clase dirigente española.

Dialogante, cobarde, relativista, 'buenista'... Dialogante, cobarde, relativista, 'buenista'...

Es observable una tendencia, también en los medios de comunicación, a vincular la voluntad de diálogo con la cobardía, el relativismo o el buenismo, un neologismo de significado próximo a la "ingenuidad", con connotaciones peyorativas, que por lo extendido de su uso está pidiendo ya hueco en próximas revisiones del diccionario de la RAE. Sánchez-Cuenca recuerda las críticas recibidas por la periodista Gemma Nierga en 2000 cuando, en una manifestación tras el asesinato de Ernest Lluch, pidió públicamente a los responsables políticos: "Ustedes que pueden, dialoguen, por favor". Es cierto que entonces el diálogo era una opción muy peliaguda, porque había que hablar con una organización terrorista, ETA. Ahora el que se expone a críticas, o a que le cuelguen la etiqueta de "equidistante", es quien se aleja de los bandos y pide diálogo entre dos gobiernos democráticos, el de España y el de Cataluña, si bien éste mantiene una hoja de ruta hacia la independencia fuera del marco legal vigente.

El clima es tal que a quien se incline hacia un pacto, sean los independentistas o los constitucionalistas, los suyos los estarían esperando después para pasarles la factura. No es fácil hoy defender vías intermedias como un referéndum legal, o una reforma constitucional, cuando el Govern sitúa la independencia como requisito previo a cualquier negociación y el Gobierno responde que, antes de cualquier negociación, hay que abandonar precisamente el camino hacia la independencia. Los actores políticos en disputa de momento no buscan mínimos de acuerdo; es más, mantienen sus expectativas en el máximo. Y sus fieles los siguen, fiados a la victoria de su discurso sobre el del adversario, sin la menor intención de convencer ni la menor opción de ser convencidos. Es una dinámica circular.

La 'democracia del zasca'

A juicio de Amparo Huertas, directora del Institut de la Comunicació de la Universitat Autònoma de Barcelona, la crisis catalana ha exacerbado fenómenos que ya estaban ahí: espectacularización del relato político en los medios, superficialidad, falsas dicotomías. "Los medios han entrado en una dinámica de situarse claramente en una posición, porque es la manera en que definen más claramente su target, su porción en la tarta de mercado. Se da la paradoja de que, a pesar de ampliarse el abanico de propuestas políticas, planteando la posibilidad de romper con el bipartidismo, [en el tema catalán] la mayoría de los medios se han situado defendiendo el bipartidismo y no con propuestas como la de Ada Colau", afirma Huertas. Si el tema catalán ya de por sí es abrasivo, lo es mucho más sometido a la lógica del clickbait y el titular provocador.clickbait

"Apenas hay diálogo en los medios. Hay posición A y posición B, lo cual ahonda en la dicotomía", afirma Huertas. A su juicio, no es que exista un rechazo social a la idea de diálogo, sino una percepción de que con unas reglas tan marcadas y tan escaso margen de aprendizaje mutuo el diálogo es inútil, luego no merece la pena. Hasta ahí se ha llegado, continúa Huertas, a través de una lógica del debate público marcada por ruedas de prensa rígidas –a veces incluso sin preguntas–, formatos pactados, limitación de tiempo de explicación en televisión –los famosos 59 segundos– y demasiado "periodismo de cita política", consistente en "falsos diálogos" a partir de declaraciones de responsables políticos que hablan y se contestan públicamente sin hablar realmente entre ellos. "Rajoy dice tal cosa", apunta un titular; "Puigdemont contesta tal otra", continúa otro. Y así un día y otro. Hay una representación mediática de un diálogo fracasado, en el que las partes se niegan entre sí. ¿Qué expectativa podría generar en la opinión pública una negociación entre las dos partes, si ya se lo han dicho todo?

Especialmente preocupante resulta para Huertas que los medios públicos, sobre todo las televisiones, se conviertan cada vez más descaradamente en "portavoces de sus gobiernos". Y no sólo en formatos puramente informativos. "En TV3, en los magacines de la mañana y la tarde, ya aparece la política", apunta. El cóctel lo completan las redes sociales y la "utópica" democratización de la información que prometía Internet, señala Huertas. La realidad es menos idílica. El protagonismo y la capacidad de influencia de los discursos de odio ha crecido, así como la cultura de la réplica contundente y despectiva. No hay mejor tuit que el que deja al otro cortado, tirado, sin opción de réplica. Políticos como Gabriel Rufián, de ERC, han entendido a la perfección las reglas de esta democracia del zasca.

Falta de cultura de pacto

Sería iluso pensar que existía en España una inercia política marcada por el diálogo y la negociación que ahora, como resultado de la crisis catalana pasada por el filtro de las redes sociales y las tertulias de la televisión, estaría en riesgo. Es cierto que el conflicto está haciendo aflorar bajas pasiones políticas y que la teledemocracia se lleva mal con la negociación discreta, pero también lo es que la historia es escasa en momentos de consagración del diálogo como principio central de las relaciones políticas.

La llamada "cultura de la Transición", que hoy se recuerda a menudo como una especie de larga era política idealizada de hermanamiento y racionalidad, en realidad "a principios de los ochenta ya estaba terminada", recuerda Sánchez-Cuenca. ¿No ha habido nunca en España nada parecido a la cultura del pacto y la negociación de, digamos, Dinamarca? Sánchez-Cuenca responde que no. "Pero no hace falta irse tan lejos. Italia tiene también una tradición de pacto que aquí no ha existido", afirma el profesor.

"Cortoplacismo" y liderazgos frágiles

"Yo no pienso que el diálogo tenga mala prensa. Hay iniciativas tan interesantes como ésta de Hablemos-Parlem",Hablemos-Parlem afirma Pablo Simón, profesor de Ciencia Política de la Universidad Carlos III de Madrid y editor de Politikon. A su juicio, el problema estriba en que no se dan unas condiciones objetivas propicias para el diálogo, porque los líderes se encuentran en posiciones políticas "débiles" y no podrían defender cesiones ante sus aliados. Mariano Rajoy teme una erosión de su electorado por parte de Ciudadanos. Carles Puigdemont, con su PDeCAT en horas bajas, se expone al sorpasso de ERC y a la exigencia permanente de una CUP crecida. Desde la aprobación de las leyes de referéndum y transitoriedad, que desbordan la legalidad constitucional, no hay vía posible de diálogo, porque los actores políticos enfrentados están en planos distintos. Simón señala que "el cortoplacismo" y el "temor a costes electorales" dominan la lógica de los partidos. Es decir, sitúa la responsabilidad de la falta de diálogo en los propios protagonistas políticos, no en una presión de la calle que la haría inviable.

El editor de Politikon cree que, con esfuerzo, hay salidas políticas posibles. Apunta una, que pasaría por un abandono de la unilateralidad por parte del Govern, exigiría dimisiones de los ministros de Rajoy más señalados por los independentistas –Zoido, Catalá, Montoro– y se completaría con espacios de elaboración política en el Congreso y el Parlament, en un proceso que culminaría con nuevas elecciones en España y Cataluña. Un proceso difícil, claro, en el que "todos tendrían que ceder". ¿Es posible? ¿Pasaría el filtro de una opinión pública polarizada que señala con el dedo al que sugiere cualquier cesión? "Ahí es donde tendría que entrar el liderazgo político", afirma Simón, que rechaza que los partidos tengan que "adaptarse a lo que diga la opinión pública". "La opinión pública es una interacción mutua. ¿Qué pensábamos que diría el electorado del PP sobre un pacto con el PNV? Pero el PP se movió y la opinión cambió. Y recuerda que el bloque independentista no defendía un referéndum, sino una declaración de independencia. Pero luego cambiaron y la opinión acabó cambiando", explica. De hecho el referéndum, que no estaba en ningún programa electoral, se acabó convirtiendo en el principal factor aglutinante del independentismo.

Todo por el aplauso del público

Javier de Lucas, catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política en el Instituto de Derechos Humanos de la Universidad de Valencia, observa un deterioro del diálogo político. "El diálogo no es o no debería ser una yuxtaposición de monólogos", señala. En cuanto a su desprestigio social, opina que obedece al "hartazgo" que provoca la comprobación de que el modelo de "democracia deliberativa" es "irrealizable". La idea de una sociedad abierta que dialoga productivamente sobre bases racionales "no tiene soporte en la realidad, porque no hay diálogo exento de mediación de poder". "Creer otra cosa es vivir en la luna", afirma. "Además hay una corrupción del diálogo por la influencia perversa de los medios de comunicación, de las redes sociales, de los expertos comunicólogos, de los científicos de la política. El diálogo se ha sustituido por un escenario en el que se trata no de dialogar, sino de vencer. El diálogo se desprestigia porque no importa el intercambio de argumentos, sino el aplauso del público", añade.

En el caso catalán, De Lucas tampoco ve probable que se abra paso el diálogo. "Cuando ves al señor Turull [portavoz del Govern] pidiendo diálogo... ¿Qué diálogo? Sólo busca mediación internacional, que no tiene nada que ver. Rajoy tampoco piensa en ningún diálogo, sino en cómo ganar más votos en España que lo mantengan en su posición", analiza. Las bases de sus partidos tampoco parecen dispuestas a asumir el coste y la renuncia que implica una negociación real. Y a todo ello se añade la dificultad objetiva de dialogar cuando una de las partes ha fundado unilateralmente una nueva legalidad y quiere que la conversación se produzca dentro de la misma.

La fuerza y la razón

Antonio Valdecantos, Catedrático de Filosofía de la Universidad Carlos III de Madrid, se pone en alerta ante quienes invocan el "diálogo". Suele haber gato encerrado. "La palabra diálogo santifica a quien la pronuncia y lo convierte en alguien constructivo y razonable.diálogo Si digo que quiero dialogar, se entiende que es porque tengo razones que hacer valer, y eso ya predispone a todo el mundo en favor de ellas, aunque luego sean de muy mala calidad. Declararse partidario del diálogo es una manera eufemística de decir, sin creérselo mucho, 'la fuerza la tienes tú, pero la razón la tengo yo, así que ven a mi terreno, que aquí te gano'", explica. Y añade: "No seamos inocentes: a veces quien dice tales cosas preferiría tener la fuerza, y, si la tuviera, sería implacable y la razón le importaría muy poco, o sólo le importaría como le importan al vencedor los trofeos. En general, el uso autocomplaciente de la palabra diálogo es un motivo para no fiarse mucho de quien la pronuncia. La principal falacia es la que se funda en una oposición entre la palabra y la violencia, como si ambas no fueran compatibles".

No se valora al político "dialogante" por tal condición en sí, sino en la medida en que el diálogo sirve a determinados objetivos políticos. "Se descalifica a alguien como tibio y como equidistante cuando defrauda las expectativas que se tenían de que sirviese decididamente a la causa de quien habla", explica Valdecantos, que ilustra con un ejemplo la inquina con que en ocasiones se ha tratado desde antiguo a quienes han mostrado eso que ahora se llama "talante negociador". "Fíjese en un político español del siglo XIX, Martínez de la Rosa, a quien su estima por el diálogo y el pacto le granjeó el apodo popular de Doña Rosita la Pastelera", repasa el catedrático. "Aquí hemos propendido mucho al duelo a garrotazos. Y es preciso reconocer que la llamada Transición fue una excepción. Pero lo cierto es que muchas gentes de cuya boca no se cae la palabra diálogo desprecian la Transición como una especie de claudicación y de engañifa. En general, se santifica el diálogo cuando se cree que puede favorecer a la propia causa y, cuando no ocurre esto último, se dice que no ha habido genuino diálogo".

Poco espacio para el equidistante

Puigdemont no aclara su respuesta a Rajoy en el homenaje a Companys y defiende la "firmeza" y la "democracia"

Esto no es nada extraño ni único de España, resalta Valdecantos. "Va a ocurrir probablemente siempre y en todas partes", afirma. La perversión de la idea de diálogo es una constante. Más preocupantes resultan otros paralelismos. Como el que traza Joaquín Urías, profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Sevilla, que conoció de primera mano el triunfo del odio y el miedo en los Balcanes. "Hay paralelismos [con la actual crisis catalana]. El primero es cómo se plantea la cuestión. Había una parte que decía que 'Yugoslavia tenía que seguir unida', básicamente serbios y montenegrinos, y otras tres partes que se querían ir, eslovenos, croatas y bosnios. Unos dicen 'yo me voy' y otros dicen 'te mando al ejército'", señala. Urías, que trabajó desde 1993 como voluntario en el campo de refugiados de Gasinci, recuerda que hasta poco antes del estallido de la guerra ésta parecía impensable. "Serbios y bosnios convivían con normalidad y de repente llega la desconfianza. Empiezan los rumores. Que si los musulmanes están recogiendo armas. Que si los serbios van a aprobar una ley para quitarnos nuestras tierras. Todo falso. Pero la gente empieza a tomar partido por un bando. Todo el mundo. Empiezan a formarse grupos de autodefensa", recuerda.

Urías compartió esta reflexión en Twitter el pasado 3 de octubre, en picos máximos de crispación en Cataluña. "Yo sufrí la guerra de Yugoslavia de primera mano. Viví casi 6 años en Bosnia del 93 al 2000. Lo de estos días me suena y me asusta. Cuidado!". No es que piense que vaya a a ocurrir lo mismo, pero sí subraya que en Yugoslavia las cosas pasaron "muy rápido". "De un día para otro se forma un todos contra todos", afirma. "El desprestigio del equidistante era total. Los líderes bosnios al principio defendían una solución intermedia en la que estuviera cómodo todo el mundo. Pero los serbios rápidamente contestaron que ante cualquier solución parecida a la independencia, la respuesta era militar", señala.

A Urías le preocupa la "polarización" de los medios. La posición editorial se basa más –según Urías– en que el medio sea catalán o del resto de España que en aspectos ideológicos. El profesor considera que el 1 de octubre se produjo en los medios españoles una censura sobre la actuación policial, del mismo modo que observó "un clima de nacionalismo exacerbado en Cataluña". "En Rac 1 [los participantes en el programa] cerraban sus intervenciones diciendo 'Visca Catalunya'", rememora. En Cataluña, y cada vez más en el resto de España, empieza a quedar "poco espacio para quien no tome partido". "La palabra equidistante se ha convertido en un insulto, cuando es obvio que ni unos ni otros tienen la razón total", señala. ¿Formaba también este uso peyorativo del adjetivo "dialogante" parte del discurso ambiental yugoslavo a las puertas de su tragedia? "Allí era mucho peor. Allí se planteaba directamente en términos de traición. Emir Kusturica, por ejemplo, no justificaba la guerra. Pero, siendo de origen bosnio, tomó partido por la unidad de Yugoslavia. Era el traidor por antonomasia", recuerda Urías. "Aquí veo a demasiada gente pidiendo cárcel para Puigdemont, o diciendo que hay que ir con los tanques a Barcelona. Lo sueltan así, creo que sin pensar. La gente ni se imagina lo que es una guerra", concluye.

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