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Una crisis global

Una década, dos crisis y euroescepticismo en alza: el coronavirus, prueba de fuego para la UE

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von Der Leyen.

La pandemia provocada por la propagación del SARS-CoV-2 azota con fuerza en suelo comunitario. En los Veintisiete Estados miembros hay ya más de 200.000 contagiados. Y las perspectivas económicas no son nada esperanzadoras, al menos en el corto plazo. Con la actividad prácticamente paralizada en Italia o España, las instituciones europeas tratan de consensuar soluciones que mitiguen de la mejor forma posible el impacto del coronavirus. Este jueves, los jefes de Estado y de Gobierno mantendrán una cumbre telemática para intentar acordar nuevas medidas. Lo harán tras el fracaso del último Eurogrupo, en el que volvieron a evidenciarse las diferencias que separan a Norte y Sur. Esta desunión llega en un momento extremadamente delicado y con una ola euroescéptica bien asentada en buena parte de los países miembros. Por eso, algunos expertos consultados por infoLibre alertan del riesgo que supondría volver a cometer los mismos errores que en la Gran Recesión. Porque esta crisis, advierten, podría terminar “reavivando la imagen” del Estado nación. Porque la Unión Europea, en definitiva, se juega buena parte de su futuro en esta guerra.

La expansión descontrolada del coronavirus ha sumido a las economías de buena parte del planeta en el terreno de lo desconocido. Incluyendo, por supuesto, a las europeas. El último informe elaborado por Goldman Sachs, publicado el pasado martes, vaticinaba para 2020 una contracción del PIB de la zona euro del 9%, mientras que situaba la recuperación en el 2021 en el 7,8%. Avisos que también han llegado desde la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el Fondo Monetario Internacional y el propio Banco de España. La primera institución, el llamado club de los países ricos, ya aseguró la semana pasada por medio de su secretario general, Ángel Gurría, que la pandemia “trae consigo la tercera y la mayor crisis económica, financiera y social del siglo XXI tras el 11-S y la crisis financiera mundial de 2008”. De hecho, el FMI también alertó esta misma semana de una recesión tan grave como la de aquellos años. Un escenario complejo en el que, en opinión del Banco de España, las actuaciones nacionales “requieren un respaldo decidido de las políticas económicas supranacionales”.

Si algo se pudo sacar en claro en suelo comunitario de la Gran Recesión fue que se cometieron errores. Pero también que estas situaciones difíciles pueden agrietar el proyecto. Así se desprende de Crisis económica y euroescepticismo (2007-2014), en el que el politólogo Albert Aixalà analiza la evolución de la opinión pública europea en esos años. Una de las conclusiones a las que llega es que “la gestión de la crisis económica y financiera” tuvo como consecuencia “una notable disminución del ‘apoyo efectivo’ y del ‘apoyo utilitario’ a la Unión”. Es decir, una imagen menos positiva, menor confianza en las instituciones y cada vez más preguntas sobre si la pertenencia sigue siendo favorable en términos de coste-beneficio. No obstante, aquel trabajo también ponía de manifiesto que en general los europeos continuaban considerando que era bueno para sus Estados formar parte de la UE. Principalmente, el malestar creció en el Sur, “porque los ciudadanos” vieron “recortados sus derechos e intervenida la soberanía nacional”, y en el Norte, donde se expandió la opinión de que el proyecto europeo podía tener “más costes que beneficios para las sociedades más ricas”.

“Se la juega y debe demostrar su utilidad”

Diez años después, esta nueva crisis se afronta con una corriente euroescéptica bien asentada en gran cantidad de Estados miembros. Ejemplo de ello han sido las elecciones de mayo de 2019, donde los grupos de corte antieuropeo consiguieron incrementar su representación, aunque no de forma tan significativa como para lograr controlar un tercio de la Eurocámara. O el avance de movimientos como la Liga Norte, Reagrupamiento Nacional –el antiguo Frente Nacional– o Alternativa para Alemania (AfD) en sus respectivos territorios. Hasta hace menos de un año, el ultraderechista Matteo Salvini formaba parte del Gobierno italiano. Y hace sólo tres Marine Le Pen estaba disputando a Emmanuel Macron la presidencia francesa y AfD, de corte neonazi, entraba por primera vez en el Bundestag alemán.

Con este contexto, algunos expertos como Ernesto Pascual, profesor de Derecho y Ciencias Políticas en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), consideran que una mala gestión comunitaria de esta crisis podría llevar aparejada una “ruptura” del “proyecto europeo”. En este sentido, avisa de que es necesaria una acción conjunta, avanzar hacia la integración, para evitar que se “profundice” en el camino que han iniciado los movimientos euroescépticos y se avive “la imagen del Estado nación como soberano” en lugar de la de “una internacionalización o globalización de los problemas para encontrar soluciones conjuntas”. “Lo que Europa debería aprender de la crisis de 2008 es que se hizo mal, que se agrandaron las desigualdades y que este no es el camino”, apunta.

A día de hoy, Pascual pone sobre la mesa tres escenarios posibles. El primero de ellos, el ideal para la “construcción de una verdadera Unión Europea”, sería la creación de una suerte de Plan Marshall “interno”, lo que “exigiría evidentemente sacrificios de todos los países, pero principalmente de los más ricos hacia los más pobres”. Si eso no se cumple, sostiene, “habrá tentaciones de romper el proyecto”. En ese caso, explica que una manera de mantener a los países juntos sería un Marshall venido de Estados Unidos, algo que no ve muy factible dada la “situación de la política internacional”. Por ello, también pone sobre la mesa la opción de que pueda ser China la que decida acudir al rescate. Y eso, profundiza, podría tener dos efectos. Por un lado, EEUU tendería a conformar un bloque con Reino Unido. Y, por otro, podría provocar que algunos países miembros aceptasen las ayudas y otros no, lo que “incidiría” en esa posible “ruptura” antes mencionada.

Carlos Carnero, que fue diputado socialista en el Parlamento Europeo durante tres legislaturas y ahora ocupa un escaño en la Asamblea de Madrid, también opina que la Unión Europea tiene una “gran oportunidad” en esta crisis sanitaria y económica para afianzarse. “Se la juega y debe demostrar su utilidad”, apunta en conversación telefónica con este diario. Al igual que Pascual, el también exeurodiputado cree que se debe evitar caer en los mismos errores que durante la Gran Recesión. “La crisis de 2008 demostró que o salimos juntos o no se sale”, asevera quien no quiere ni oír hablar una década después de la palabra austeridad. No obstante, también quiere dejar claro que esta pandemia puede servir para evidenciar las limitaciones de la Unión Europea a la hora de afrontar estas guerras. “No tiene competencias para tomar decisiones que afecten a todos los países más allá del cierre de fronteras exteriores”, desliza el exeurodiputado. “Tiene que actuar evitando el colapso pero también pidiendo más Europa”, completa el también ex director gerente de la Fundación Alternativas.

También Ignacio Molina, profesor de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid, considera que “se juega mucho en este momento”. No obstante, quiere subrayar que ahora el problema no se encuentra en la Unión Europea como institución, sino en las discrepancias entre los Estados miembros, por lo que sería más conveniente poner la vista sobre las Veintisiete capitales. Dicho esto, señala como punto positivo que “ahora mismo no está siendo el momento para los grandes populistas”. “La gente, como ocurre en las grandes crisis, parece confiar más en el saber experto, en el Gobierno y en la administración. También es verdad que hay muchas divisiones dentro de la sociedad y hay muchos que creen que se está haciendo muy mal, lo que puede acabar rebotando sobre las autoridades nacionales e, indirectamente, sobre todo lo que significa la Unión Europea en forma de desconfianza. Cuál de las dos narrativas se impongan es lo que habrá que ver, y depende mucho de que los países del Sur puedan convencer a los del Norte para una respuesta a la altura del desafío”, sentencia.

De la flexibilización del gasto público al Mede y los 'coronabonos'

De hecho, los tres politólogos consultados por este diario coinciden que las instituciones comunitarias están dando pasos en la buena dirección. “Parece que hemos aprendido. […] Desde el primer momento el relato político está siendo muy distinto al de 2010”, sostienen. Tras unos primeros titubeos, el Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo (BCE) decidió la semana pasada sacar buena parte de su arsenal y lanzar un programa de emergencia para hacer frente a la pandemia a través de la adquisición de activos públicos y privados –durante todo 2020– con un alcance de 750.000 millones de euros. Y el pasado lunes, los ministros de Economía y Finanzas de los Veintisiete aprobaron la activación de la cláusula que suspende de forma temporal la aplicación de las reglas comunitarias que exigen un control total del déficit y de la deuda, lo que proporciona barra libre a los Estados miembros para que puedan incrementar el gasto público a fin de hacer frente al impacto derivado de la crisis sanitaria. Medidas que se suman, además, a la movilización de 37.000 millones en inversiones a cargo de los fondos estructurales.

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Sin embargo, la unidad se quebró durante la reunión del Eurogrupo del martes, de la que ni siquiera salió un comunicado conjunto. Hubo un “amplio apoyo”, en palabras de su presidente, Mário Centeno, sobre la utilización de una línea de crédito del fondo de rescate europeo –el conocido como Mede– para que los países puedan recibir fondos equivalentes hasta el 2% de su PIB sujetos a condiciones. Sin embargo, no fueron capaces de ponerse de acuerdo sobre el proyecto de emitir los famosos coronabonos, es decir, deuda respaldada por todos los Estados, una idea que ya fue rechazada durante la última crisis económica por el fuerte rechazo alemán. A pesar de ello, Bélgica, Eslovenia, España, Francia, Grecia, Irlanda, Italia, Luxemburgo y Portugal han insistido por carta al presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, de la necesidad de poner en marcha “un instrumento de deuda común emitido por una institución europea”: “Nos enfrentamos a un choque externo simétrico, del cual ningún país es responsable, pero cuyas consecuencias negativas son soportadas por todos”.

Para quien fuera entre 2004 y 2006 director general de la Oficina Económica del presidente del Gobierno, Miguel Sebastián, el objetivo de las medidas que se adopten, además de combatir el virus y derrotarlo, debería ser “que no haya una crisis de deuda” como consecuencia de las decisiones que se tomen. “Por eso, la mejor medida, para mi gusto, hubiera sido que no haya deuda. Es decir, que todo el gasto extra se hubiera financiado directamente con dinero creado por el BCE. Es cierto que esto no se lo permiten los estatutos, pero se pueden cambiar”, apunta el también exministro de Industria. Con esta medida descartada, sostiene que la segunda mejor opción pasaría por financiarlo “con deuda”, que no sería de cada Estado sino “de todos”. “Es decir, en nuestro caso los eurobonos”, recalca. Pero ante la dificultad de que esto también salga adelante, la posibilidad que queda es que “la deuda sea de cada país” pero el BCE se comprometa a “comprarla”. “Esto a corto plazo es una solución pero los países van a quedar cargados con esa deuda y tendrán problemas en el futuro para acceder a los mercados”, sostiene.

El economista Javier Santacruz, por su parte, afirma que la prioridad máxima de la Unión Europea tiene que pasar por “poner todo el empeño, esfuerzo y medidas” para que “la liquidez concedida a empresas y familias” llegue “cuanto antes”, ahorrando en la medida de lo posible “trámites, plazos o burocracia”. “Lo más realista es usar el Mede. Otra cosa es que luego, en otro momento, haya que discutir sobre los eurobonos”, asevera. También para el economista José Carlos Díez lo más “viable” es el Mecanismo Europeo de Estabilidad, con una potencia de fuego que supera los 400.000 millones de euros. Eso sí, dice, con una condicionalidad “positiva”, no la “negativa” de la “austeridad”. En este sentido, España o Italia, entre otros, abogan por que se despliegue el fondo de rescate europeo cuanto antes y que las únicas condiciones pasen por destinar estos fondos a la emergencia. Holanda, sin embargo, considera que el Mede tiene que utilizarse como último recurso. Habrá que ver si este jueves, frente a una pantalla, los líderes europeos logran salvar las diferencias o si la tan reclamada acción conjunta queda atascada.

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