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Apuntes de (re)campaña

No basta con un #Rajoyexit

Un poco de calma. Este ‘viernes negro’, el desplome de los mercados y todos los elementos de la ola de pánico inmediata pasarán más pronto que tarde. Como se habría esfumado en unos días la descontada euforia en las bolsas si el resultado del #Brexit hubiera sido el contrario. A corto plazo los genios de la especulación hacen negocio de cualquier manera. Lo grave, lo trascendente son los efectos políticos del #Brexit, que tienen relación directa con las causas que nos han llevado a esta situación en Europa y que deberían marcar también el resultado de las elecciones de este domingo en España y la formación de gobierno.

Vayamos por partes.

¿Por qué se van los ingleses?

En primer lugar porque nunca estuvieron del todo. No quisieron entrar en el euro y hace décadas que la cuestión de la salida de la Unión Europea divide a los conservadores británicos, empujados en la etapa más reciente por la aparición del UKIP populista y ultranacionalista. Ese arraigado nacionalismo británico se ha alimentado del rechazo a la inmigración, no sólo de personas extracomunitarias sino (tanto o más) de la llegada al Reino Unido de trabajadores de otros países europeos.

El #Brexit no habría ganado contando exclusivamente con el voto del UKIP o del ala más nacionalista de los conservadores. Si se analizan las sucesivas encuestas de los últimos meses, otros factores han condicionado también la tendencia de voto: a mayor edad, más favorables a la salida de la UE; a menor nivel de estudios, también más proclives al #Brexit; los jóvenes con estudios universitarios, los más entusiastas de la permanencia en la UE (a saber si esta u otra UE); y, por último y no menos importante: ciudadanos con menor nivel de renta, de clase trabajadora y más penalizados por la gestión de la crisis económica, también han apostado por la salida de la UE.

En el caso de los británicos hay votantes contra Europa que son antes que eso votantes contra el establishment, contra una clase dirigente que, más allá de la cuestión ideológica, ha representado la permanencia en la UE arropada por llamamientos de la gran banca, las multinacionales, el FMI, la OCDE, la OTAN… El voto de castigo desde sectores de las clases populares se ha sumado al de quienes realmente rechazan la pertenencia a Europa y además se guían por una indisimulada xenofobia. Han votado contra Europa, pero también contra (o por) las consecuencias de la globalización.

Las muchas peculiaridades del Reino Unido no evitan que el #Brexit sea una mecha que encenderá sucesivos polvorines, de modo que surgirán intentos de celebrar referéndums para la salida de la UE en Francia, Italia, Suecia, Dinamarca… Sobre la propia formulación del referéndum es lícito también abrir otro debate. Han ganado los antieuropeístas por un 51,9% frente a un 48,1% de apoyo a la permanencia, con una participación del 72%. No hay discusión sobre el carácter democrático de la herramienta y del resultado; es más, resulta conveniente dar cauce a una mayor participación ciudadana en las decisiones políticas más allá de optar en las urnas por una opción concreta cada cuatro años. Sin embargo, cuando se trata de elegir un camino que marcará el futuro de un país y de varias generaciones, ¿no debe un referéndum incluir condiciones que eviten la fractura de un pueblo por la mitad? Hay fórmulas (también discutidas) para hacerlo, estableciendo un mínimo de participación y unas mayorías más amplias. No ha sido el caso del Reino Unido ni es el más habitual en las reivindicaciones nacionalistas de cualquier signo.

¿Por qué hemos llegado hasta aquí?

La decisión británica, con todos sus matices particulares, es un misil contra el ya muy dañado buque europeo, que hace mucho tiempo se desvió de su ruta original, la idea de una unión política basada en una Europa social y de derechos, para convertirse en una Europa de los mercaderes en la que todas las decisiones comunes aparecen condicionadas por los intereses del poder económico-financiero global. No es que esa Europa de los ciudadanos, guiada por el progreso social, apasionara desde su origen a los británicos, pero lo cierto es que la incapacidad de la UE para afrontar los graves problemas derivados de la crisis desde 2008 ha alimentado todos los fenómenos antieuropeístas. Se ha impuesto la ideología neoliberal en el núcleo de poder institucional de la UE, y el enorme daño provocado por sus recetas ha demostrado, además de su injusticia, la inutilidad de las mismas.

Dos ejemplos meridianos de esa incapacidad: por un lado Grecia. Pese a que solo supone el 2% de la economía europea, sus sucesivos “rescates” sólo han servido para multiplicar el empobrecimiento de los griegos sin solucionar su crisis de deuda ni garantizar un futuro mínimamente digno. Por otro, los refugiados que huyen de las bombas y las violaciones de derechos humanos. La reacción de la UE ha consistido en saltarse su propia legalidad sobre asilo y derechos humanos y en un intento de externalizar la protección de fronteras a base de pagar a terceros países como Turquía para que ejerzan de muro de contención. Los datos (2.800 ahogados en el Mediterráneo entre enero y junio) demuestran que, además de injusta e inhumana, la “solución” europea sólo provoca la multiplicación de la tragedia humanitaria y la apertura de nuevas rutas para la migración en manos de las mafias que trafican con personas.

Se han escuchado este viernes múltiples voces que sugieren utilizar el #Brexit como una oportunidad y no como un problema. Y tienen razón, si no fuera porque muchas de esas voces son las mismas que nos han traído hasta aquí. Por supuesto que hace falta más Europa, más política, más unida, pero sobre todo más social, más eficaz, más cercana a los ciudadanos y mucho más alejada de los intereses del establishment internacional de las finanzas.

¿Por qué urge un #Rajoyexit y mucho más?

Lo primero que hizo Mariano Rajoy esta mañana de ‘viernes negro’ fue una declaración institucional como presidente del Gobierno en funciones. Nada que objetar a su llamamiento a la calma y a su mensaje de tranquilidad sobre los largos plazos (dos años al menos) establecidos para la salida real del Reino Unido (aunque Juncker, más tarde, ha manifestado la intención de la Comisión Europea de acelerar al máximo esos plazos). No pudo Rajoy resistirse, sin embargo, a confundir por enésima vez la función de presidente de todos los españoles con la de candidato electoral del PP. Y deslizó el mensaje de que ahora podemos estar tranquilos gracias a él: “Una contingencia como esta hace años podría haber precipitado a España a la quiebra”. Lo cual es simplemente una fabulación y un ejercicio de puro electoralismo. (Mejor no especular ahora, por cierto, con la placidez que puede inspirar a los españoles radicados en Reino Unido contar como responsable de sus intereses con un embajador tan fiable, diplomático y experimentado como Federico Trillo).

Estaba cantado y hasta anunciado que el PP intentaría aprovechar el #Brexit para dar un empujón en el último día de campaña a su monocorde y fructífero discurso del miedo. Pedro Sánchez, por su parte, ha advertido contra los riesgos de “confluencia entre el populismo y una derecha irresponsable”. Albert Rivera ha abundado en la misma línea al declarar su preocupación ante “el miedo y el inmovilismo, porque no cambiar nada da alas al populismo”. Pablo Iglesias ha insistido en la necesidad de cambiar de rumbo: "de una Europa justa y solidaria nadie querría irse”.

Lo cierto es que el trasfondo del #Brexit y su riesgo de contagio, es decir el fracaso rotundo de una Europa guiada precisamente por las políticas neoliberales representadas por el PP aquí, por Merkel en Alemania, por Cameron en Reino Unido, tendría que haber constituido uno de los ejes de esta (re)campaña electoral si de verdad se buscan soluciones a los problemas que agobian a la inmensa mayoría de los ciudadanos y muy especialmente a las clases medias y a ese 29% de la población que sobrevive al borde de la pobreza.

El surgimiento de fuerzas ultranacionalistas, xenófobas y populistas en los principales países de Europa no se puede entender sin la debilidad que ha caracterizado a la izquierda europea a la hora de ejercer una oposición firme y radical a las recetas neoliberales que han ido destrozando la Europa de los ciudadanos para ceder los mandos a los intereses exclusivos del capitalismo financiero. De hecho, el discurso de la ultraderecha francesa, holandesa o alemana, como el del UKIP británico, se nutre también de mensajes usurpados al de la tradición socialdemócrata, buscando el apoyo de los trabajadores y de los sectores más castigados por la crisis y más sensibles al discurso del miedo. La demagogia, la manipulación mediática y el sensacionalismo informativo ayudan a que ese discurso cale en la población.

Son conocidos los sólidos argumentos que para cualquier ciudadano progresista exigen la salida de Mariano Rajoy de la Moncloa. De hecho hay elementos como la gestión de la corrupción o el desprecio a las propias reglas de la democracia (evidente en el conocido como caso Fernández Díaz) que en cualquier país avanzado habrían supuesto la dimisión inmediata del presidente de un partido imputado además en los tribunales por financiación ilegal. Aquí las encuestas (prohibidas absurdamente en los últimos días de campaña pero igualmente conocidas por ciudadanos democráticamente mayores de edad) siguen dando la victoria a Rajoy, y no descansan quienes patrocinan la posibilidad de un futuro acuerdo de gobierno que pase por el “sacrificio” político de Rajoy con tal de que se garantice la continuidad de sus políticas. Y ahí radica la trascendencia de la cita de este domingo en las urnas: no basta un #Rajoyexit para cambiar el rumbo que aquí y en el núcleo de Europa nos está conduciendo desde hace años a un desastre colectivo. Es urgente la suma generosa de apoyos entre fuerzas progresistas que garanticen un freno a ese disparate del que (para más inri) intentan aprovecharse electoralmente quienes tanto han contribuido a alimentarlo.

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