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Guerra sucia

Villarejo, el BBVA y los "luctuosos acontecimientos": ¿la gran traca o una maniobra de distracción?

El excomisario José Manuel Villarejo (archivo).

El jueves 17 de enero, cuando al excomisario José Manuel Villarejo ya lo llevaban de vuelta a la cárcel madrileña de Estremera tras declarar durante dos horas por la Operación Tándem, su abogado habló con los periodistas frente a la Audiencia Nacional. Y remitiéndose a lo que su cliente acababa de transmitirle al juez, dijo literalmente lo que sigue: "Ha manifestado un especial interés en declarar en el caso del BBVA y [lo] ha manifestado por la gran trascendencia que tiene en luctuosos acontecimientos acaecidos en la vida española. Y que él necesita aclarar esa situación, que nada tiene que ver con lo que se ha publicado pero que [esos hechos] tienen una gran relevancia y que él cree que deben ser conocidos por todos los españoles".

Los documentos publicados por las webs moncloa.com y elconfidencial.com y a los que la trayectoria del policía como –supuesto– espía y extorsionador para clientes privados otorgan una cierta presunción de veracidad, al menos en el sentido de que realmente fueron elaborados por el policía, indican esto: que Villarejo fue contratado por el BBVA tras una petición formal efectuada el 1 de diciembre de 2004. Y que el objetivo era desactivar la entrada de Sacyr en el accionariado del banco.

La constructora fracasó en el intento. Pero, desde luego, en ningún caso cabría definir como "luctuosas" las maniobras desplegadas en el llamado Proyecto Trampa por Villarejo y su red, incluida la interceptación de llamadas en Moncloa durante los primeros meses de gobierno del entonces recién elegido presidente Zapatero. Entre los espiados figura el exministro Miguel Sebastián.

¿Se refería entonces el abogado Antonio García Cabrera a los atentados del 11-M? Cuando uno de los informadores preguntó si estaba hablando del 11-M, el abogado y portavoz del policía cruzó los brazos y se remitió a la nueva declaración que su defendido prestará este lunes por la mañana. Entre algunos de los informadores que siguieron en directo sus palabras quedó la certeza de que, en efecto, García Cabrera las había elegido cuidadosamente. Y de que al utilizar el adjetivo "luctuoso", que es tanto como triste, fúnebre y digno de llanto, Cabrera apuntaba a la matanza de Atocha. Pero que lo había hecho como quien dispara al aire un cohete sin la seguridad de que dentro haya una monumental y ruidosa traca de gran alcance o solo unos coloridos fuegos de artificio. 

Los papeles difundidos por moncloa.com y elconfidencial.com como copia de los informes originales que Villarejo fue elaborando para el BBVA para abortar el desembarco de Sacyr en el banco presidido entonces por Francisco González aportan una fecha relevante sobre la relación entre el comisario y el banco: "Después de varios contactos preliminares –se lee en uno de los sedicentes informes–, en reunión mantenida el 1.12.04, se solicita formalmente por parte de K, una colaboración profesional de este GIA". GIA son las siglas con que Villarejo definía de manera ampulosa su equipo, Grupo de Inteligencia y Análisis. A quién identifica la letra K es una incógnita para este periódico.

Pero si la situación que, según su abogado, "necesita aclarar" Villarejo "nada tiene que ver con lo que se ha publicado", la pregunta regresa al primer plano: ¿cuál es realmente, o cuál dice Villarejo que es, el nexo entre el BBVA y los "luctuosos acontecimientos" acaecidos en España? 

Acorralado por la investigación

Salvo viraje inesperado, este lunes resolverá la incógnita el hombre que durante al menos dos décadas acumuló un poder casi omnímodo dentro de la Policía y a quien la Audiencia ha denegado su excarcelación en 12 ocasiones desde que en noviembre de 2017 adquirió la condición de preso preventivo.

Cada vez más acorralado por sus investigaciones para particulares y por sus operaciones al servicio de las cloacas del Estado, categoría en la que se encuadra el proyecto Kitchen, destinado –supuestamente– a robar a Luis Bárcenas documentos potencialmente incriminatorios para el PP, Villarejo ha visto hasta ahora fracasar lo que políticos y operadores jurídicos consideran intentos de chantajear al Estado.

¿Está realmente dispuesto el expolicía a desvelar ahora alguna información de importancia y, sobre todo, verificable, o se limitará a lanzar un vistoso anzuelo como maniobra de distracción?

A diferencia de lo sucedido con las grabaciones a Corinna zu Sayn Wittgenstein y sus acusaciones contra el rey emérito, se supone que lo que Villarejo diga sobre el BBVA, si finalmente lo hace, tendrá en principio la categoría de información de primera mano: la suya.

Pero tampoco eso ofrece garantías de veracidad. Incluso en el entorno de sus antiguos socios y colaboradores prospera hoy la tesis de que Villarejo es un "mentiroso compulsivo". Un "fabulador", resume una fuente jurídica. Todo lo que cuente pasará, por tanto, a una fase de cuarentena a menos que aporte pruebas sólidas. O pistas capaces de conducir a ellas. "Toca la flauta como el flautista de Hamelín y todos los ratoncitos bailan tras él", se quejaba días atrás – y en alusión a la repercusión mediática de todo lo tocante a los trabajos de Villarejo– alguien que conoce el caso desde otro ángulo.  

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Que Villarejo se ha convertido -o lo era ya- en un experto en cebos mediáticos parece fuera de duda. Por ejemplo, si realmente lo que quiera desvelar sobre el BBVA en nada se relaciona con el 11-M, su abogado podría haber respondido con un simple "no" cuando recibió la pregunta. No lo hizo. Y su silencio alimenta así y de nuevo ceba la expectación sobre si acaso el policía posee datos respecto de algún aspecto relacionado con la peor masacre terrorista sufrida por España. Aquella cuya autoría intentó primero endosar a ETA el Gobierno de José María Aznar tres días antes de las elecciones generales de 2004 y pese a que desde el primer minuto todo descartaba la intervención de la banda. Aquella masacre también derivó luego en una larga y dilatada serie de insinuaciones contra el PSOE alimentadas por medios afines al PP y colectivos como los llamados "peones negros".

A punto de terminar aquel año, y durante su comparecencia en el Congreso ante la comisión de investigación del 11-M, el propio Aznar demostró el 29 de noviembre de 2004 no solo que no estaba dispuesto a admitir un solo error sino que, pese al abrumador alud de pruebas, planeaba seguir cuestionando quiénes y por qué estaban tras la matanza. El Diario de Sesiones de la Cámara guarda sus palabras de aquel día: "Sinceramente, no creo que los autores que usted llama intelectuales de esos atentados, los que hicieron esa planificación, los que yo antes he preguntado cuándo, quién y por qué deciden ese día, precisamente ese día, anden en desiertos muy remotos ni en montañas muy lejanas, no lo creo. Creo que sí hubo esa planificación estratégica y creo que hay algunos que la aprovecharon al máximo. Pero con el tiempo todo se sabrá, estoy seguro, y en la medida de mis posibilidades estoy a su disposición para contribuir a que se sepa". 

 

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